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Crítica

Un refugio para la sutileza

El pastor SANDEC

 La Inestable sigue siendo hogar para la danza en la ciudad. Recién acabado el ciclo Migrats, la sala ha recibido estos días a dos de los artistas más perseverantes de la escena: Carmen Werner al frente de la compañía madrileña Provisional Danza desde hace más de tres décadas, y Roberto Torres, creador, gestor y dinamizador de las artes del movimiento en Tenerife. Cada uno ha ofrecido un solo en un programa compartido que dice mucho de un panorama en el que las compañías, por mucha trayectoria, calidad o rigor que aporten, se enfrentan a una realidad poco halagüeña. Platea a un tercio para ver a una artista de referencia que, aunque visita con cierta frecuencia la ciudad, merece el patio de butacas lleno.

La coreografía de Torres resuelve mejor la evocación del cuerpo animal que la del hombre actual.

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De su cuerpo fibroso y delgado deducimos su férrea dedicación a la creación en danza, de la sencillez de sus pasos, la sabiduría de extraer el máximo del movimiento justo. Está comedida, serena, sutil en este solo de 40 minutos en el que cuenta con una escueta escenografía de sillón, cuadro, silla y dos telas blancas. Con vestido negro y tacones enciende el sempiterno pitillo, aquel que usa como pausa o para dar información concisa sobre una mujer en tránsito, que reflexiona o se para a observar. Por eso no hay velocidad, sino pausa, hay gestos delicados, con brazos que se estiran hacia arriba, piernas en escorzos leves, poses ligeras de breve contemplación. En cada movimiento hay poesía; mira en el cuadro una figura que podría ser ella misma, o una proyección de su yo posible, e imita la posición para luego continuar con su danza. Sigue su propio ritmo, nadie más que ella dibuja el trazo. La composición musical añade belleza y profundidad, mientras que la austeridad del atrezo (silla, telas) resta efecto a la puesta en escena. El texto final, que se refiere a días de despreocupación y felicidad, remata una pieza que luciría más con ligeros ajustes escenográficos.

La creación de Roberto Torres arranca con una energía que deja claro tanto el tema como las conclusiones. De discursos y líderes frente a ciudadanos serviles va la cosa. Por eso hay agresividad verbal, un personaje pastor y uno cordero. Con cuatro momentos que permiten diferentes tipos de dibujo, la coreografía de Torres resuelve mejor la evocación del cuerpo animal que la del hombre actual. Su madurez resulta más útil en el trazo abstracto que en el preciso. Una estética actualizada reforzaría la propuesta.   

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