Carolina Durante me espía. A tenor de su último single, “Casa Kira”, yo diría que tienen cámaras instaladas en mi keli. Y micrófonos.

O que mandan a alguno de sus secuaces para que me vigilen en los festivales a los que asisto y en mis saliditas nocturnas.

Tiparracos que se ponen detrás de ti y, cuando estás en pleno subidón narcodionisíaco, toman nota de todos los delirios que balbuceas y se los pasan al grupo por Telegram, o lo que usen este año para comunicarse, para que escriban sus magníficas, rabiosas y crueles canciones.

Envidio su insultante juventud, su falta de responsabilidad, el descaro de sus personalidades liberadas, sus acertadas provocaciones o la ausencia de remordimientos que aparentan cuando terminan 'Cayetano'

Con “Vigilantes del espejo”, que grabaron junto a Triángulo de Amor Bizarro, empecé a olerme la tostada. Cuando escuché “Granja escuela” empecé a investigar detrás de los cuadros y a husmear en las lamparitas de casa.

Obviamente, no me espían. Tendrán mil cosas mejores que hacer que seguir a un aburrido cuarentón para ver cómo se queda moñeco en un rincón de algún garito con otros puretas.

Mi vida no es tan interesante. Es el arte que tienen para escribir, para vociferar los secretos más sucios y vergonzosos, tuyos y de otros que conoces, introduciéndote en esa dinámica tan celestial y dañina a la vez: todas las canciones hablan de mí.

¿Por qué me siento identificado con himnos generacionales a los que he llegado 25 años tarde hasta el punto de sentir anemoia, término griego que define la nostalgia de algo que jamás he vivido?

El público se volcó con el grupo durante todo el 'show'. Guido Alessandro

Será porque envidio su insultante juventud, su falta de responsabilidad, el descaro de sus personalidades liberadas, sus acertadas provocaciones o la ausencia de remordimientos que aparentan cuando terminan “Cayetano”, “Nuevas formas de hacer el ridículo” o las piezas arriba mencionadas.

Canciones que tú recoges con el culo torcido, incómodo, con tu síndrome de Peter Pan, con las secuelas de haber tenido una adolescencia menos inflamada e interesante que la suya y con un saco de bofetones vitales que siempre está a medio llenar, por mucha luz al final del túnel que quieras ver.

No es mi caso, pero el peligro de ver a alguien más joven crecer en público de manera exultante y triunfal es que puedes acabar odiándolo, porque tú, ajado, marchito y decrépito, sales tan malparado de la comparación como la madrastra de Blancanieves.

Y los espejos de los bares parecen hechizados por tu peor y más mortal enemigo, aquel sabio Frestón, o Muñatón.

Y tú, imbuido de la magia de la música de esta, tu nueva banda favorita, sales a buscar pendencias en lugar de estarte pacífico en casa, loco por encontrar pan de trastrigo y volviendo, las más de las veces, trasquilado.

El vocalista del grupo Carolina Durante. Guido Alessandro

Ajenos por razones obvias a todo este laberinto de angustias existenciales de un postadolescente con un pie en el geriátrico, Carolina Durante subieron al escenario de Republicca a matar o morir, como es habitual en ellos.

Presentaban su segundo elepé, ‘Cuatro chavales’ delante de una abarrotada sala en la que los asistentes se apretaban como sardinas en lata y que comenzó a palpitar como el corazón de una poderosa bestia mitológica en cuanto sonaron los primeros compases de ‘Así me gusta a mí’ de Chimo Bayo.

La masa se agitó con virulencia ante el primer acorde de ‘10’, con la Gibson SG hipervitaminada de Mario, el aporreamiento incansable de Juan, el bajo tridimensional de Martín y la garganta hipohuracanada de Diego.

La masa se agitó con virulencia ante el primer acorde de ‘10’, con la Gibson SG hipervitaminada de Mario, el aporreamiento incansable de Juan, el bajo tridimensional de Martín y la garganta hipohuracanada de Diego

Comenzaron los pogos, que llegaron a ponerse tan comprometidos que la banda tuvo que poner orden un par de veces entre canciones.

Vamos a pasarlo bien, un poco de control, no vale la pena que nadie pase un mal rato, el que se encuentre muy mal que lo diga, se le saca del mogollón, se le da agua.

La peña cantaba y brincaba sin parar encajando con placer la potente, intensa, abrasiva, vertiginosa y excitante música punk que los Carolina volcaban sobre ella.

Una tralla mollar, con la melodía y el ruido en un frágil equilibrio. Sonido y actitud de banda experimentada y profesional, que en la noche del sábado contaron con la ayuda de Carlos Hernández en la mesa de sonido.

El productor, que ha trabajado con Los Planetas, La Habitación Roja, Deluxe, Cooper, Viva Suecia o Señor Chinarro, entre otros, hizo volar hasta la estratosfera a estos pájaros de cuenta mientras voceaban sobe la angustia vital, el aburrimiento, los veranos cagones en la ciudad, ponerse ciego, cortar con la novieta, el pesimismo, el vacío de su generación o las penas y alegrías de la fiesta y sus adicciones.

Volaban hacia el techo de la sala garbosos los cubalitros, con restos de cerveza, con lo cara que va, remojando al personal enfervorizado que, durante unos vehementes 70 minutos, se dejó aplastar por canciones perfectas repletas de humor negro y vitriolo como ‘Joder, no sé’, ‘Urbanitas’, ‘Cayetano’, ‘La noche de los muertos vivientes’, ‘Las canciones de Juanita’ o esa fantasía de versión de Marcelo Criminal, ‘Perdona (ahora sí que sí)’, que ya es para siempre de Carolina Durante.

La banda apagó su apisonadora de distorsión y estribillos con ‘Famoso en tres calles’, con la que, una vez más, reventaron el molómetro del Dragón Suertudo.