Fuera de compás

Fish and chips

The Rolling Stones y sus fish and chips previos a la sesión de fotos.

The Rolling Stones y sus fish and chips previos a la sesión de fotos. / L-EMV

Fernando Soriano

Fernando Soriano

Culpable, señoría. Monté un fin de semana con mi hijo de 10 años en Benidorm para hincharme a fish and chips. Como no tenía guita para irme a Londres secuestré al nano alegando no sé qué delirio sobre reforzar nuestros lazos paternofiliales. Alquilé un chamizo, lo recogí del cole y tiré para Old Town con el loro petado de Siniestro Total, Nikis, Ilegales y Un Pingüino En Mi Ascensor para congraciarme con el chavea. Nuestros planes incluían una travesía hasta la islita en un barco con visión submarina, playa a tutiplén y una ascensión al mirador del hotel Bali para contemplar las impresionantes vistas. Con toda mi poca vergüenza.

Un temporal del carajo nos dejó sin barco, playa ni subida al rascacielos. Y el pobre Martín, de natural intensito, desató sobre mí toda su ira, llamándome más que a un perro y amenazando con escaparse para volver a València. La cosa pintaba culeramente hasta que le propuse gastar todo nuestro presupuesto en unos recreativos, a cubierto entre bolos, videojuegos y birras de medio litro. Y finalmente, llegada la temprana hora de la cena, nos alargamos hasta el Northern Sole.

Maravilloso. Un oasis. Y va con doble intención musical, como el nombre del establecimiento, porque su dueña, Caroline, es de Mánchester y hace gala de ello en la decoración de su bar. A la primera pinta de rubia cruzamos cuatro nombres de grupos mancunianos y, después de confesarme que pasó en The Haçienda tanto tiempo como las legendarias columnas que estorbaban en la pista de baile, me ambientó la cena con Charlatans, New Order, Smiths, James, Stone Roses, Inspiral Carpets y demás luminarias. Y llamó dickhead a Liam Gallagher, ganándose al instante mi cariño y mi respeto.

Oigan, en la gloria. Suavecitos, mi nano y yo, envueltos en la glotona mansedumbre que nos procuró aquel magnífico pedazo de bacalao, tierno, jugoso, de vistosas lascas, envuelto en un rebozado crujiente y sabroso. Las patatas eran las clásicas inglesas gruesas, ricas y doradas, pero algo blandas, que ganaban mojadas en el vinagre de malta. Completaba el plato una buena cucharada de exquisito puré de guisantes. Había que vernos al rato: dos tronados gritándole burradas al embravecido mar desde el Balcón del Mediterráneo, felices y satisfechos, comentando la estupenda cena.

La próxima vez que tenga antojo no montaré tamaña película. En Russafa tengo Metropolis, bistró regentado por las hermanas Riona y Fiona, irlandesas de Belfast. Poca broma. Después de un periplo en Boston y cuatro años en Xàtiva, se lo trajeron a València. Su manduca está muy alejada de la del típico chippy. Qué finor, señora. El bacalao, que viene de Islandia y Noruega, está firme y tiene un sabor suave y delicado. La masa del rebozado es casera, con bastante cerveza, lo que le da un mordisco ligero, seco y quebradizo. Y está frito con tanto arte que no deja aceite en el plato. Una golosina.

Riona también hace una salsa tártara y una coleslaw de lombarda que te dejan al borde del orgasmo. Pero es que las patatas, variedad agria española, están absolutamente espectaculares. Las mejores de mi vida. Como si vinieran rebozadas en hojaldre. Para llorar de emoción. Metropolis es un trocito de Irlanda. Lo constatan ellas, sus pintas de Guinness y la celebración del Bloomsday este domingo en colaboración con la VICA (Valencia Irish Cultural Association). En el día mundial del “Ulises” de James Joyce allí nos ofrecen poesía, lecturas, música y su estupendo Sunday roast, otra de las maravillas gastronómicas de la isla Esmeralda.

Y finalmente, tres historias de fish and chips con mis bandas favoritas, que esto todavía es una columna sobre música. Los Kinks estaban cenando entre bastidores antes de un concierto en Altrincham y el sieso del empresario les suspendió la actuación porque lo pusieron todo perdido. Durante la grabación del clip de “I feel fine”, los Beatles atacaron sus raciones con tal ferocidad que Brian Epstein ordenó que esa filmación jamás viera la luz porque dañaba la pulcra imagen de sus pupilos. En las sesiones fotográficas del “Sticky Fingers” los Stones renegaban sin parar, así que David Montgomery decidió llevarlos a un chippy de King’s Road para relajar el ambiente. Aquello les sentó tan bien que acabaron posando semidesnudos en medio de un buen rollo tremendo. Y es que no hay mejor plan en el mundo: fish, chips y culos al aire.

The Beatles poniéndose finos de fisch and chips.

The Beatles poniéndose finos de fisch and chips. / L-EMV