Los Alvises

Los predicadores del odio van a seguir a la suya allá donde se encuentren. La derecha y la extrema derecha se necesitan entre ellas.

Alvise Pérez

Alvise Pérez / Efe

Alfons Cervera

Alfons Cervera

 La resaca. Ahí andamos después de las votaciones. La votá, como llama mi hermano a eso de meter una papeleta en las urnas. Es un día lleno de cosas raras. Hay gente que cuando deja caer la papeleta en la urna lo que está votando en realidad es que no haya más urnas a partir de ese día. Como si en vez de una papeleta, metiera en la urna un aviso de bomba para la democracia.

No seguí la jornada del recuento el domingo pasado. Nunca lo hago. Me aturde tanta cifra bailando en la televisión. Como el juego de la Oca: palante y patrás y poniéndole al corazón un marcapasos comprado en internet. Con tanta amenaza de la extrema derecha en el horizonte, me temía lo peor, aunque nunca me dejo llevar por el pesimismo. Dejarnos caer en sus manos, digo de las del pesimismo, es peligroso. De ahí pasamos al nihilismo, a no creer en nada, a pensar que no importa quién gobierne porque todos los políticos son iguales: unos chorizos. Así que, con ese convencimiento, llega el día de la votá y metemos en la urna la papeleta de la extrema derecha. Esta vez había dos: VOX y un tipo estrafalario llamado Luis Pérez, conocido en el mundo de la farándula internauta con el nombre artístico de Alvise. El único punto de su programa electoral era construir una cárcel para Pedro Sánchez y su currículum es el del mayor propagador de bulos de la historia. Una joya el tío.

No me muevo por las redes y leo que ese individuo sólo se comunica por Instagram, Telegram y canales de You Tube. Me viene a la cabeza que es como un iluminado recién salido del Palmar de Troya. Parece que lo tuvo de ayudante Toni Cantó cuando ejercía de jefe de Ciudadanos en València y eso ya me aclara algo sobre el personaje. Estar un tiempo al lado de Cantó debe marcar para toda la vida. El caso es que poco a poco la extrema derecha ha ido creciendo en todas partes. Sobre todo entre la gente más joven. La precariedad en los trabajos -cuando se tienen- hace estragos y encontrar un sitio para vivir es cada vez más una película de ciencia ficción. De eso se aprovechan los predicadores de extrema derecha. Se presentan como los salvadores que acabarán con los problemas de quienes más sufren. No saben quienes más sufren que esos predicadores sólo quieren hacer más ricos a los ricos y a los pobres volverlos cada día más pobres que las ratas. Venden en sus discursos incendiarios productos caducados a los que les han cambiado en la etiqueta la fecha de caducidad. Son productos que vienen de muy lejos, del tiempo en que el odio movía multitudes y convertía en ruinas los valores más nobles de lo humano.

“Quién puede calcular hasta qué punto ha aumentado la tensión interior, la derrota exterior"

Victor Klemperer

“Quién puede calcular hasta qué punto ha aumentado la tensión interior, la derrota exterior”, escribía Victor Klemperer el 12 de enero de 1942, recluido en su propia casa alemana el tiempo del nazismo, sufriendo el horror nacionalsocialista en la vida cotidiana, leyendo en los recodos de la lengua del Tercer Reich todo su cinismo y todo el despiadado culto a la mentira. Sentimos por dentro el runrún del desasosiego, claro que sí, pero la resaca del último domingo no ha de nublar nuestro entendimiento de lo que pasa. La extrema derecha está ahí, nadie puede negarlo. Y como el PP no quiere perder votos, ahí estará también, en pie de guerra, cada día más vocinglero contra los más imprescindibles valores democráticos. Un único punto en su programa político: que se vaya Sánchez. Sólo eso. Y los inmigrantes. Ahí Núñez Feijóo. Como Abascal. Como Luis Pérez. Ya tenemos conjunto musical en las verbenas del verano: Los Alvises. Por vocalista, que no se preocupen. Hace unos años su colega y presidente de la Generalitat, Carlos Mazón, fue aspirante a Eurovisión con su grupo Los Marengos. Igual pueden inventarse una versión racista para el Benidorm Fest de Immigrant Song, de Led Zeppelin, con Milei, Díaz Ayuso y Giorgia Meloni a los coros. Es una sugerencia.

Los predicadores del odio van a seguir a la suya allá donde se encuentren. Las redes y los medios que poco tienen que ver con el periodismo son el desagüe por el que se cuela el agua turbia de sus cloacas informativas. Cada vez van a ser más iguales la derecha y la extrema derecha. Se necesitan entre ellas, aunque, como dice Orson Welles en La dama de Shanghai, los tiburones acaben devorándose unos a otros para marcar su territorio. Pero sea lo que sea, ya lo dije antes: nada de pesimismo. De momento tenemos un gobierno de coalición con tres años de vida por delante. Que ese gobierno sea de verdad el que se curre a lo bestia el derecho a la vivienda, a la libertad de expresión sin leyes que la amordacen, a una Justicia que no sea una vergüenza, a la igualdad en todos los órdenes de la vida, a la apuesta sin condiciones por lo público, a intervenir en serio para que el frío y el calor, la lluvia y el cielo calmo, no vuelvan loco al mapa de la tele. O sea, aquello del “punto y aparte” que decía el presidente en su retiro espiritual, ¿se acuerdan? Pues a ver si es verdad, ¿vale? A ver si es verdad.