Fuera de compás

Cartas de amor

Pedro Sánchez y Begoña Gómez.

Pedro Sánchez y Begoña Gómez. / Jorge Zapata (EFE)

Fernando Soriano

Fernando Soriano

Pues a ustedes no sé, pero a mí me gusta pensar que las cartas que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, nos ha dirigido denunciando la máquina del fango puesta en marcha por la fachosfera para socavar los valores democráticos a base de denuncias contra su entorno son, en el fondo, maravillosas pruebas del amor que siente por su mujer. Será que estoy romanticón, pero esos arranques pasionales en defensa del honor y el inmaculado proceder de Begoña Gómez que mezclan rabia, pena, confusión, dolor y maniobras de despiste me ponen bastante.

Que hayan aparecido en el marco de dos citas electorales con la posible intención de influir en la voluntad de los votantes me ha parecido normal. Con una carta de amor intentas llevarte al huerto al destinatario. En el instituto yo las enviaba de manera anónima. Dejaba que aquel misterio causara revuelo y después procedía a pulsar el ambiente, a sondear el grado de incidencia que la cartita tenía en la susodicha. Y si, con la ayuda de una confidente, la maniobra de agitación y propaganda me resultaba favorable, me quitaba la careta. Jamás me comí un torrao.

Cuidado, porque a veces escribirlas pone en un compromiso a su receptor. El que la envía se queda descansado, pero descarga en el otro la responsabilidad de contestar cuando, a lo mejor, no le interesa o no lo desea lo más mínimo. Ahí tienen “La carta”, de Héroes del Silencio, que deja al pobrecico Bunbury tan chafado por el tiempo, la distancia, la desconfianza y el miedo que lastran su relación que renuncia a mantener correspondencia. Por el contrario, otras veces es abrir el buzón y dejarlo todo por acudir a los brazos de quien la escribe, como le pasa a Alex Chilton en “The Letter”, con aquel vozarrón que se gastaba a los 17 años en Box Tops.

Cartas de amor sencillas y tiernas, que envejecen en una cajita de zapatos, tornándose amarillas víctimas del tiempo y la ausencia y que, releídas al cabo de los años, todavía remueven el corazón de los melancólicos como en aquella chopiniana canción del coloso Nino Bravo. Epístolas que, cuando salen a la luz, pueden acabar valiendo un dineral, como las del triángulo amoroso George Harrison-Patty Boyd-Eric Clapton. La razón por la que la dama ha decidido venderlas es porque las que Eric le escribió eran tan hermosas que le duele seguir leyéndolas, así que más vale deshacerse de ellas y escapar de la tentación, previo paso por caja.

En ocasiones, las cartas que aparecen en las canciones van destinadas a nuestros dirigentes. Esos que, como el presidente Sánchez, suelen ser los remitentes habituales, apelando en ellas a la inteligencia, responsabilidad, comprensión y capacidad de sacrificio del votante. Yo no puedo, como cantaba Elvis en “Return to sender”, devolvérselas, pero sí que me permito enviarle un par de ellas para que se aplique el cuento. El 20 de abril de 1981, Joan Manuel Serrat escribía “A quien corresponda”. En ella, combinando su magnífica y habitual poesía certeramente sencilla con las estrictas, grises y encorsetadas normas formales de los despachos oficiales, Serrat alerta sobre la soledad de los mayores, la desconfianza entre ciudadanos, la deshumanización de nuestra sociedad y la posibilidad cada vez más cercana de que este planeta se vaya a la mierda ante la inacción de nuestros políticos. Una llamada al orden en toda regla, vamos.

Y como Pedro habla tan bien en inglés, no le costará comprender las palabras de “Dear Mr. President”. Quizá le resulte inspirador el imaginario paseo que Pink propone en su misiva al nefasto George W. Bush para enseñarle las duras condiciones de vida de tantos compatriotas ahogados por la pobreza, los desahucios, la enfermedad, la infelicidad y la indignidad provocada por la falta de derechos. Problemas que hace 20 años parecían exclusivos de la ultracapitalista sociedad estadounidense, pero que ahora padecemos bien cerquita. Y en lo de enviar cartas a la ciudadanía que parecen mensajes de socorro, que tenga en cuenta lo que le pasó al náufrago de “Message In a Bottle” de The Police cuando tiró al mar aquella botella con su lamento de soledad y desesperación y recibió como respuesta millones de botellas quejándose de lo mismo, cuando no de cosas mucho peores.