Pan y toros

Fernando Soriano

Fernando Soriano

El titular es el nombre de un juguetón pasodoble que suena en el coso de la calle Xàtiva al inicio de cada festejo taurino. En realidad, ‘Pan y toros’ es el título de una zarzuela que cuenta entre sus números con la citada pieza, cuyo auténtico nombre es ‘Al son de las guitarras’. Confusos, imagino. Pues yo ni les cuento, porque hoy vengo a este diván a confesarles, en medio de un tremendo sentimiento de culpa y presa de unos horribles remordimientos derivados de una incomprensible contradicción, que me gusta la tauromaquia. Y con esto del chupinazo, los encierros y los sanfermines les traigo una serie de consideraciones y también algo de rock, obviamente. Y se lo cuento ya, antes de que comiencen las corridas de la Feria de Julio, no sea que me pille el toro.

Me gusta la lidia, sus códigos, su ceremonial y su lenguaje. He asistido a corridas en València, Las Ventas y la Maestranza. Me fascinan las crónicas periodísticas sobre el tema. Me emocioné viendo faenas de Enrique Ponce, los Manzanares, Esplá, Juli, Fandi, Espartaco, El Cid y otros. Hasta el actual conseller de Cultura me procuró minutos sobrecogedores, aunque me repugne su ideología y su acción de gobierno. Me encantan las faenas prolongadas y llenas de temple, con pases que paran el reloj y una profunda y certera estocada a volapié que cuaje una gran corrida entre jadeos, gritos y aplausos. Y aunque durante años el ganado era muy malo y supino el aburrimiento, todavía me dejo conmover por un par de verónicas perfectas ante un enérgico morlaco de grandes y puntiagudos pitones. Porque seguimos hablando de toros, ¿no?

Empecé a comprender la barbaridad que suponía torturar de aquella manera al animal cuando adopté a una perrita que me procuró una especie de empatía con aquellos mugidos agonizantes en medio del incesante manantial de sangre. También advertí una futbolización del respetable, gente horrible con unas actitudes desagradables que emitía unos comentarios despreciables y perturbadores. El hedor, la incomodidad, las casposas consignas políticas, la mala educación y, en ocasiones, las borracheras de la peña, me apartaron definitivamente de las plazas en 2009. Aun así, me continúan estremeciendo, cuando se ejecutan con verdadero arte, un tercio de quites, un par de banderillas o una serie de exquisitos naturales rematados con finura. Y al mismo tiempo tengo la sensación de que si mañana no quedara ni el recuerdo de todo esto, no me iba a doler demasiado.

Sobre toreros cantaron Gabinete Caligari. “Sangre española” pone el corazón en un puño con sus versos sobre Juan Belmonte, protagonista de una de las mejores biografías literarias de la historia, firmada por mi adorado Manuel Chaves Nogales. Figura revolucionaria, culto y fascinante ser humano, admirado por Valle-Inclán y otros literatos e intelectuales, se suicidó en 1962 sin haber encontrado la muerte en el ruedo, contra todo pronóstico. Jaime Urrutia, hijo de un célebre periodista taurino, firmó también la siniestramente chirriante “Que Dios reparta suerte”, otra joya del after punk español, costumbrismo oscuro en el callejón del coliseo. Vainica Doble dedicaron “Juncal” a un imaginario maestro retirado interpretado por el inconmensurable Paco Rabal en una magnífica serie de televisión.

Contra este atroz y cruel espectáculo también se ha cantado mucho, poniendo el punto de mira de los cornúpetas en el pecho de los matadores, literalmente. En “Alégrame el día” Siniestro Total usan muy acertadamente el léxico taurino con inquietantes intenciones. En “The Bullfighter Dies” Morrissey es víctima de la misma obsesión, deseando la mortal cogida en dos minutos de insulsa coplilla. Ska-P tachan al torero de asqueroso asesino vocacional en “Vergüenza”. En “De grana y oro”, Reincidentes subrayan el sadismo practicado contra el animal. Los De Marras critican el morbo de una tradición que cambia sangre por dinero en “Los Toros”, mientras que El Reno Renardo quiere ver al diestro “ruin, cobarde y farlopero” destripado en medio de la plaza, según cantan en “Toroturadores”.

Volviendo a los sanfermines, el chupinazo musical lo dio hace cinco años el profesor de jotas Santi Urtubia con “Besos de almohada”, una balada sobre la tristeza y el vacío emocional que se te queda tras dejar Pamplona después de entonar el “Pobre de mí”. Una canción perfecta para llorar la resaca después de una semana de fiesta, música, vino y toros que, seguramente, hará más llevaderos los titánicos esfuerzos de los servicios de limpieza de la capital navarra.