"Piedras madre y memorias heridas"
Dos años de viaje por las vidas y muertes de San Miguel de los Reyes
El creador escénico Antoni Tordera ofrece en un libro y una exposición con imágenes de Rafael Bellver su relato personal por la historia del antiguo monasterio que nació para ser panteón y que acabó siendo prisión, colegio y refugio de mendigos

San Miguel de los Reyes. / Rafael Bellver

Antoni Tordera tiene ciertas reticencias a que el titular de este reportaje tenga algo que ver con la reencarnación. «No está mal -concede-. Explica la evolución cambiante de un lugar o un cuerpo. Como tal es ilustrativo, pero convendría ir con cuidado porque, por ejemplo, la reencarnación en las religiones orientales es la creencia de que uno se reencarna en otra vida según la vida que ha llevado en ésta. Lo que veo un poco difícil de aplicar a San Miguel de los Reyes».
Efectivamente, si fuera así, la actual tranquilidad, la cierta elevación intelectual e incluso algo cercano a la satisfacción que transmite el complejo monumental que hoy acoge conciertos, exposiciones, teatros, la Biblioteca Nicolau Primitiu o la Acadèmia Valenciana de la Llengua casan mal con su pasado como prisión, almacén de artillería o incluso campo de concentración.
Pero, reencarnadas o no, esto que fue originalmente un monasterio cisterciense ha pasado por varias vidas. Y por esas vidas, y también unas cuantas muertes, transita Tordera en Piedras madre y memorias heridas, un libro editado por la Universitat de València que este profesor, creador escénico y ex director del Centre Dramàtic de la Generalitat ha escrito acompañado de las imágenes del fotógrafo especialista en «paisajes humanizados» Rafael Bellver.
«He viajado durante dos años, rebañando el plato de la Historia hasta donde mi intuición y el azar y los estudios me han llevado», explica el autor que, al final, tiene la sensación de haber salido de allí con «una caja con gotas de mercurio entre las manos: brillantes, escurridizas y elocuentes».
Así pues, este libro que presentará el lunes por la tarde en la Nau y que también trae consigo una exposición es un relato con palabras y fotos de lo recorrido y de todo lo aprendido durante estos dos años por Tordera. «Como si el edificio hubiera hablado con sus piedras madre y memorias heridas», subraya.
La primera impresión que produce San Miguel de los Reyes, asegura, es la de un edificio bello, hierático, algo afeado por su entorno de almacenes semiabandonados, una carretera muy transitada y, además, con una finca a su puerta que degrada este monumento. En su interior, cuenta a continuación, domina el vacío y una amalgama de huellas semiborradas por el tiempo y la desidia, o maquilladas por la restauración con la que se le intervino a finales del siglo XX.
«Sin embargo, allí ha habido vida, o vidas -recuerda-. Las más evidentes son las religiosas y las políticas. Otras vidas son menos visibles, aunque forman una especie de receta de muchas capas, cocinada durante siglos, que el viajero solo puede morder a trozos, mordiscos en cuadros, cantorales y libros valiosos, pero también en los objetos íntimos y recuerdos personales de prisiones oscuras».

Detalle de la fachada de la iglesia de San Miguel de los Reyes. / Rafael Bellver
Piedras, fiestas y sangre
La primera vida, la primera encarnación, el primer mordisco es el de las «piedras madre» que dan título al libro de Tordera, los sillares con los que se levantó el edificio. Aunque los estudios más recientes sitúan la procedencia de estas piedras en las canteras de Godella o Riba-roja, a Tordera le atrae más la hipótesis de los antiguos viajeros como el historiador valenciano Antonio Ponz (1789), quienes aseguraban que para construir el convento del Císter se usaron piedras de los monumentos romanos de Sagunt. «Esa posibilidad me seduce, ya que me consiente imaginar la esencia ritual del teatro como un claustro materno para construcciones posteriores».
La siguiente capa es la del monasterio de los Jerónimos que fundaron los duques de Calabria. En su libro, Tordera evoca los valiosos libros de la Biblioteca del duque que hoy se conservan en la Universitat de València, los ricos cantorales del coro y liturgia que ahora están en la Catedral y las pinturas de la Iglesia que hoy permanecen en su mayoría en el Museo de Bellas Artes.
Cuenta Tordera que ahí, en el museo, se sienta muchas veces ante Preparativos para la crucifixión de Cristo, el cuadro que el joven Juan de Ribalta realizó para San Miguel, y elecubra sobre una pequeña gota de sangre «que está cayendo y ha caído sobre el madero». «Todo el cuadro queda suspendido por ese quantum en el que el tiempo es tan mínimo que se funde en el no tiempo».
Como el de los cuadros, libros y santorales, el otro viaje que Tordera propone también está algo lejos del recinto monástico. Las piedras madre nos conducen ahora hasta las fiestas, bailes y teatros que aquellos duques que concibieron el monasterio como un panteón similar a El Escorial celebraban en el hoy destruido Palacio Real, actualmente Viveros. «Por la razón que sea, en la que no entro, los virreyes tuvieron un proyecto desdoblado, o encuadernado en el mismo programa, el uno SMR y el otro ahora enterrado en la calle del General Elio de València. Piedra y silencio, allá en Rascanya; asfalto y tráfico, aquí, ahora», escribe Tordera.

«Preparativos para la crucifixión de Cristo» que Juan de Ribalta pintó para San Miguel de los Reyes y que hoy se puede visitar en el Museo de Bellas Artes de València. / Museo de Bellas Artes de València.
Los ásperos parentescos
Dice Tordera que San Miguel de los Reyes es «un lugar de habitantes con áspero parentesco. Fue -resumo atrevidamente- recinto -y casi por orden cronológico- de monjes, mendigos y prisioneros». Efectivamente, una de las «vidas» más estudiadas en los últimos tiempos es su uso durante décadas como cárcel de hombres. «Había en San Miguel de los Reyes / Un patio con tres palmeras / Donde se mueren los hombres / De sentimiento y muchísima pena», cantaba Carmen Amaya.
Pero poco se ha hablado de su papel como prisión de mujeres «deshonestes, mundanes, escandaloses i de mal viure, així como les terceres i alcabotes de la present Ciutat i Regne, i totes les dones vagabundes». Tal como señala el autor, la «Galera» funcionó apenas dos años (1859 y 1860) en San Miguel y de estas mujeres se sabría poco si no fuera por el archivo parroquial de Tavernes Blanques donde se consignan varios documentos que Tordera ha localizado con datos, causas y fecha de enterramiento de las prisioneras. «Catalina, Pascuala o Silvestra fueron las primeras víctimas allí enterradas, y así -entre febrero y diciembre de 1859- hasta un total de 10 mujeres y 14 niños, consignándose en algunos casos la tuberculosis como causa mortal», señala el escritor.
Las «reencarnaciones» negativas de SMR siguieron en el siglo XX, sobre todo en la posguerra, cuando la cárcel fue también campo de concentración para los derrotados en la guerra civil. Tordera relata en su libro que, a falta de otros modos de contacto, los presos hacían sortijas o pendientes para regalar a las novias y seres queridos que tallaban con los huesos de las escasas piezas de fruta que les daban. «2021. Una vecina un día me visita. En silencio, extiende su mano y en la palma muestra un zapatito de charol, negro brillante, apenas 2 cm. Lo había descubierto, me dicen, entre la ropa íntima de su madre. ‘Este zapatito negro es lo que queda de mi padre, encarcelado en SMR».

Campana «laica» con la inscripción que hace referencia a cuando San Miguel de los Reyes se convirtió en cárcel tras la desamortizacion del siglo XIX. / Rafael Bellver
Niños en el patio de la cárcel
Y ya en plena Transición, una nueva vida para San Miguel y algo de luz tras la oscuridad: el colegio público Reina Doña Germana. «Allí acudían -entre barro, calor o automóviles peligrosos- los niños de Orriols, barrio tan histórico en sus orígenes islámicos y huertanos, y hoy degradado al quedar en un arrabal descuidado por la capital», escribe Tordera.
Cuenta el autor que ha conocido la historia de este colegio, que cerró en 1986, por los testimonios de sus antiguos alumnos recogidos en el libro Educar en tiempos difíciles. «Los niños de Orriols juegan a todo. Menos al escondite, imposible allí por sus altas paredes y ventanas enrejadas -escribe Tordera-. En la explanada, las aulas y los barracones, y en el patio, el recreo. El resto del edificio lo imagino cerrado, solo almacén, y trastero».
De esa época data el del robo en aquel almacén de un valioso San Dimas, atribuido a Juan Ribalta. Otro de los misterios de San Miguel de los Reyes aún por desvelar si el «detective» «indaga bien o sabe hacerles hablar a los gatos de SMR, los únicos que se han turnado día, noche y años».
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