Entrevista
Rosario Raro: "Siento que me he quitado un peso de encima"

Rosario Raro, la noche del jueves tras ganar el premio de novela. | PILAR CORT
Juan Fernández
¿Qué sintió al escuchar su nombre como ganadora del Premio Azorín?
Una alegría enorme, fue como quitarse un peso de encima. Esta es mi sexta novela y me presenté con pseudónimo porque, si no ganaba, no quería que se supiera que era yo. Sería como quemar una obra. En otras circunstancias hubiera disfrutado mucho de las actuaciones de la gala, que eran de altísimo nivel, pero estaba algo tensa. Sabía que era finalista desde el lunes, pero hasta que no me vi en el auditorio, no tuve esas palpitaciones. Fue como el microrrelato de Augusto Monterroso: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Hoy me he despertado y la escultura de la diosa Tanit estaba a mi lado.
Mencionó en su discurso el prestigio que otorga el premio.
Solo hay que pensar en la lista de autores que se han alzado con este galardón, como Torrente Ballester o el periodista Fernando Delgado, a quien yo apreciaba muchísimo. Haberlo conseguido a los 54 años, a esta relativa juventud, me alegra muchísimo.
Eslava Galán dijo que hacía tiempo que no leía una novela tan buena. ¿Qué cree que tiene de especial «La novia de la paz»?
Las palabras de Eslava Galán fueron un premio añadido. Cuando lo escuché decir aquello, me abrumó. En este oficio es inevitable tener inseguridades, porque no puedes ver más allá del presente. Esta novela la empecé a escribir en 2018 y, cuando terminó el curso del año pasado, me puse manos a la obra para llegar a la convocatoria a tiempo. Soy muy exigente conmigo misma. He vuelto a leerla, sin exagerar, cinco veces, y ver que al jurado le ha gustado tanto es balsámico para mí.
En su anterior novela, «Prohibida en Normandía», relataba la vida de la reportera Martha Gellhorn. Ahora aborda la figura de la activista británica Emily Hobhouse. ¿Se ha propuesto rescatar del olvido a grandes mujeres?
Me hice la misma pregunta cuando estaba trabajando en esta novela, porque sentía que había bastantes parecidos entre Martha Gellhorn y Emily Hobhouse. Antes de plantearme quién va a protagonizar la historia, pienso en la trama que quiero contar. Emily Hobhouse denunció la campaña del ejército británico en el sur de África, lo cual trajo a primer plano temas actuales, como el supremacismo o el imperialismo. En un momento de la novela, la protagonista dice que ciertos imperialismos nacen de complejos de inferioridad y no suelen tener límites, sobre todo morales.
Estas novelas tienden a demostrar que lo que somos no está tan lejos de lo que fuimos.
Y, casualmente, esta historia llega en plena carrera armamentística. Emily Hobhouse, además de involucrarse en las guerras de los bóeres en el sur de África en 1901, quiso detener la Primera Guerra Mundial. Así que no quiero ni pensar en lo que le habrían producido los horrores de la Segunda Guerra Mundial o lo que sentiría hoy. Parece que tengo cierto don de la oportunidad, porque mi anterior novela coincidió con el 80 aniversario del desembarco de Normandía. No me gustaría que esta novela fuera oportuna, sino más bien anacrónica, porque aún no podemos llamarnos ‘civilización’ con todas las letras. Vivimos en un estado de barbarie. Estamos muy evolucionados, con mucha tecnología, pero de repente volvemos a atrocidades, lo que deja mucho que desear de nosotros como especie. Han pasado 124 años desde que Hobhouse escribiera sus diatribas contra la guerra, y que sigan tan vigentes a día de hoy es lamentable.
Habla de campos de concentración mucho antes del surgimiento de los nazis.
De hecho, la primera vez que se utilizó esta táctica tan cruel fue en Cuba, por parte del militar español Valeriano Weyler. En el caso de Gran Bretaña, este tipo de tácticas se vendían como heroicas. Los propios soldados escribían a casa y contaban las atrocidades cometidas contra la población civil. Emily Hobhouse fue capaz de levantar la voz para criticar lo que estaban haciendo los británicos en el sur de África. Por ello, a ella le hicieron un funeral digno de una princesa en Bloemfontein, mientras que en su país no salió ni una sola necrológica en los diarios. La consideraban una traidora por ayudar a mujeres y niños bóeres.
Quien haya leído sus novelas sabe que el ritmo casi cinematográfico es una de las premisas que la caracteriza. ¿ «La novia de la paz» tendrá el mismo dinamismo que sus predecesoras?
Por supuesto. El gran riesgo de las novelas ambientadas en otra época es que se conviertan en ensayísticas, porque en el siglo XXI ya no leemos sin un móvil delante. Ahora se buscan en Google cosas para ver si son reales o inventadas. Tenemos que asumir que la lectura ha cambiado y no podemos permitirnos describir un palacio durante dos páginas; eso sería un acto de soberbia. Prefiero ser más impresionista, dar unos trazos mínimos, algo que tiene mucho que ver con la técnica cinematográfica. Desde la invención de la fotografía y el cine, ya no se puede escribir al estilo decimonónico.
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