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Iturbi y la música USA

En 1957, Iturbi impulsó la creación de un Festival Hispano-Americano junto a la Orquesta Municipal y la soprano madrileña Consuelo Rubio. El maestro quería dar a conocer en València la música del país que, profesionalmente, lo acogió

José Iturbi

José Iturbi / Levante-EMV

José Doménech Part

València

En la primavera de 1957 se inauguró en València el Centro de Estudios Norteamericanos(CEN) con asistencia de John Lodge, Embajador de los Estados Unidos en Madrid y Tomás Trenor Azcárraga, Marques del Turia y Alcalde de Valencia. Iturbi, quién si no, sería el organizador de un Festival Hispano-Americano junto a la Orquesta Municipal y la soprano madrileña Consuelo Rubio, celebrado en el Teatro Principal, la noche del 10 de mayo, con el reclamo de «Un saludo musical de Valencia a la Ciudad de Santa Bárbara,California».

Cartel del concierto

Cartel del concierto / Levante-EMV

Sería la ocasión perfecta para que el maestro presentara, junto a partituras de Rodrigo, Palau, Garcés, Albéniz y Turina, estrenos absolutos de un escogido grupo de músicos USA. Para la segunda parte, Iturbi eligió cuatro obras escritas en el siglo XX: In Old California, de William Grand Still; Five Miniatures, de Paul White; Rodeo, de Aaron Copland y Spanish Harlem, de William Reddick finalizando con tres espirituales negros. Todo un gesto de gratitud y generoso reconocimiento del maestro para dar a conocer, en su patria, la música del país que tan bien lo habia recibido y que habia cambiado, radicalmente, su vida profesional.

Debut en Nueva York

Cuando en el otoño de 1929 José Iturbi debutó en Nueva York, el público norteamericano, admirador de Rubinstein, Rachmaninoff o Horowitz, descubrió un fenómeno llegado de un país prácticamente desconocido para la mayoría. Por su manera de tocar no se asemejaba a ninguno. Su sonido perlé, -resultado de sus años en París con Wanda Landowska- y su temperamento mediterráneo, sorprendieron a los críticos y deslumbraron a los públicos. Los managers lo reclamaban temporada tras temporada y, desde el Carnegie Hall o el Metropolitan Opera House hasta el Hollywood Bowl y el estadio Lewisohn, debían esperar turno para incluirlo en sus temporadas de conciertos. 

José Iturbi

José Iturbi / Levante-EMV

Desde el principio, el pianista valenciano fue consciente de que competía en una liga mayor y debía que jugar bazas distintas si quería medirse a otros colegas de renombre. Cierto que él construía sus versiones de Mozart, Chopin o Liszt con otros moldes y colores lo cual, desde el principio, constituyó su marca de fábrica. Pero donde no iba a tener rival era en la música española. 

Caricatura

Caricatura / Levante-EMV

Antes que él, sólo el madrileño Alberto Jonás, buen concertista y mejor pedagogo, había dado a conocer algunas piezas españolas en Estados Unidos. Aunque obras como Goyescas, El gato montés o La vida breve ya se habían presentado en Manhattan , Iturbi siempre encontró la ocasión para interpretar a Granados, Albéniz, Falla, Infante, Palau, Asencio, López-Chavarri o José Báguena Soler. 

Pero, además de prodigarse en el repertorio standard centro-europeo, la vanguardia francesa o dejarse tentar por las novedades de la «belle epoque», Iturbi era consciente del acerbo musical de su país de acogida. Sin embargo, su primera aproximación no esperó a 1929, cuando el pianista valenciano llegaría a la gran manzana. Sería en Ginebra, donde formó parte del claustro del Conservatorio de la capital suiza. Allí había llegado,en 1918, después de unos años en Zúrich, contratado como profesor de virtuosismo además de prodigarse en recitales y conciertos en aquel país. Hizo amistad con músicos jóvenes como Ansermet, Stravinski, José Porta, Paul Paray, Edmond Allegra y otros que comenzaban su carrera, una vez terminada la I Guerra Mundial. 

Cartel anunciador del concierto

Cartel anunciador del concierto / Levante-EMV

Y fue en Suiza donde conoció al compositor George Templeton-Strong (Nueva York, 1856-Ginebra 1948), músico rico de cuna, autor de un vasto catálogo sinfónico, música de cámara, voz e instrumentos varios. En la gran sala del Conservatorio de la capital del cantón de Vaud, Iturbi estrenó To the Land of the American Indians, una suite de cinco movimientos y unos doce minutos de duración, con carácter nacionalista y muy exigente desde el punto de vista técnico. Templeton supo muy bien a quién le encargaba el estreno. Aquel fue el primer contacto de nuestro pianista con la producción de artistas de Norteamérica.

La siguiente ocasión fue a su llegada a Nueva York en septiembre de 1929. En la primera noche pidió ser llevado a Harlem, para comprobar in situ los ritmos y melodías que había conocido en París gracias a una jovencísima Josephine Baker el período de entreguerras como el charleston o el jazz.

Rhapsody in Blue

Pero sería la Rhapsody in Blue, de George Gershwin, la partitura que lo lanzaría al gran público norteamericano y que él difundiría tanto en Europa como en Iberoamérica. Estrenada en su versión original en 1924, Iturbi hizo un arreglo para piano sólo así como otra para dos pianos que él y Amparo interpretarían tanta veces en directo, en televisión y, por supuesto, en el cine. A la muerte de Gershwin, se organizó un concierto en su memoria en septiembre de 1937 y fue Iturbi el encargado en interpretar esa obra que llegó a millones de estadounidenses a través de la radio, desde el Hollywood Bowl.

En 1950 harían una segunda grabación para la RCA junto a obras de Debussy, Infante y de Clarence Chambers, médico y músico de vocación. Los Iturbi popularizarían su All American Suite, escrita en 1948, con todo un derroche de humor en sus cuatro movimientos, en los que junto a la ingenuidad afloraba espontaneidad y complicidad entre los dos hermanos. 

En 1947, a su regreso a Europa, fue recibido como el héroe absoluto del American Dream

Pero años antes, en su debut en el cine, con «Thousands Cheer» (1943), de George Sidney, Iturbi dirigió American patrol, una marcha escrita en 1885 por Frank Meacham. En el mismo film, acompañaría a una jovencísima Judy Garland en The joint is real y jumpin´. Y en «Levando anclas» (1945) junto a Frank Sinatra y Gene Kelly, la brillantez técnica de The donkey serenade no tendría nada que envidiar a cualquier estudio de Liszt o Chopin. Y por último, en «Holyday in México» (1946) llega a acompañar a sus dos nietas, Antonia y Teresa, en la canción de André Previn, Three blinde mice, para finalizar con un espectacular boogie-woogie a dos pianos junto a su hermana Amparo. 

Pero en 1947, terminada la II Guerra Mundial y dadas las circunstancias familiares, Iturbi, después de 15 años de ausencia, sintió que debía regresar a Europa,siendo recibido como el héroe absoluto del American Dream en su ciudad natal. Llevó a la orquesta en gira por Gran Bretaña y Francia. Y entre 1956 y 1958, Iturbi es contratado como director de la Orquesta Municipal aportando disciplina y nuevos repertorios a los profesores locales que no estaban acostumbrados a la seriedad y rigor tanto en ensayos como en los conciertos.

Acercó el piano a los no iniciados sin rebajar la calidad del producto que ofrecía: la música

Los años fueron pasando y los Iturbi no dejaron de tocar, como solistas o en dúo, en todos el mundo, desde Sidney hasta Buenos Aires, pasando por Lima y Hawai. Amparo, la gran pionera del piano femenino en nuestro país, murió en 1969 pero el maestro siguió viniendo a su querida Valencia y a su finca de naranjos de Burriana y colaborando con cualquier causa benéfica que le propusieran en Castellón, Alcoi, Alzira, Burriana o los Viveros dejando patente que no por haber triunfado «en tierra extraña», jamás habia olvidado a los suyos. ¡Bravo, Maestro!

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