Fuera de compás
Verbena
La normativa municipal otorga el mismo volumen decibélico a una disco móvil para 25 personas a las tres de la madrugada que a un festival en un espacio gigantesco deshabitado con 10.000 asistentes y una hora de cierre absurdamente temprana

Imagen de archivo de una verbena en València para celebrar la noche de San Juan. / Fernando Bustamante

“Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas…” cantaba Serrat en la mejor canción del mundo, una oda a la igualdad humana propiciada por ese invento del demonio que son las verbenas. En especial, y tal y como señala el bardo de Poble Sec en “Fiesta”, la de la noche de San Juan que se celebra esta misma noche. Durante dos fines de semana hemos tenido bombillas, orquestas, calles cortadas sin posibilidad de aparcamiento, petardos, hogueras, cuchipandas, castillos hinchables y globos de agua por un tubo, en muchas ocasiones para que muy poquitas personas disfrutaran de estas fiestas organizadas por las fallas. Al menos se han turnado y han evitado colapsar la ciudad el mismo día.
El franquismo le censuró a Serrat las connotaciones sexuales de la copla y el lila de las banderas de papel republicanas adornando las calles. Eso de que una buena fiesta repleta de alcohol y baile sirva para limar asperezas entre estamentos sociales tampoco les vino muy bien, pero es que siempre hubo clases. Un ejemplo. La normativa municipal otorga el mismo volumen decibélico a una disco móvil para 25 personas a las tres de la madrugada con los altavoces atronando en una calle estrecha a cuatro metros de un balcón que a un festival en un espacio gigantesco deshabitado en la Marina Norte con 10.000 asistentes y una hora de cierre absurdamente temprana. Sale a cuenta montarte una falla en lugar de un ciclo de conciertos con presencia internacional. Y por eso, el prestigio musical de la ciudad se marcha por el sumidero de un polyklyn.
En esta noche mágica muchos de ustedes soportarán largas colas de vehículos a cambio de hacer botellón en la playa, saltar las olas y las llamas o pisar con garbo y valentía las brasas como marca la tradición. Me lo recogen todo, no sean guarros. Además de llevar el altavocito petado de reguetón podrían meter, entre otras, la versión de la citada “Fiesta” que hicieron los nunca suficientemente reivindicados Tahúres Zurdos, con Aurora Beltrán al frente. Incisiva, eléctrica, potente y respetuosa con la obra maestra original.
Mago de Öz recordaron el origen ancestral de esta festividad que se celebra en el solsticio de verano con el ritual purificador del fuego. “Fiesta pagana” tiene su punto, la verdad. Incide en el carácter igualador de la combustión que todo lo arrasa, dejando el ambiente listo para un nuevo inicio. En esta noche de meigas también se pueden poner románticos, como el siempre fantástico Xoel López en “San Juan”. Qué maravilla de letra, esa pareja de leyenda en la que ella acaba con el maleficio de él, poeta cenizo de versos pop, con un beso y con el agua del mar que los acoge desnudos. Más hogueras y más magia galáctica en la delicada “Nit de Sant Joan” de Jaume Sisa, una preciosidad de poesía psicodélica con un geniecillo juguetón que inflama las pasiones humanas en la noche más corta del año.
Con la llegada del verano también habrán notado que el colegio terminó. Habrán asistido gozosos a los bailes, conciertos y verbenas que los churumbeles y sus profes les prepararon con tanto cariño. Ya saben que los bailes de fin de curso son una institución en Estados Unidos, un rito de paso que ningún adolescente normativo se quiere perder y que ha sido material para cientos de películas, canciones y otros artefactos pop, desde “Carrie” hasta “Regreso al futuro” pasando por “Pretty in Pink”, “Footloose” o “Diez razones para odiarte”, todas magníficas.
Bueno, pues resulta que el 28 de junio de 1997 se celebró en Grand Forks, Dakota del Norte, un prom muy especial. Los institutos de la localidad habían quedado destruidos por las devastadoras inundaciones provocadas por la crecida de Red River dos meses antes y por el terrorífico incendio que asoló la ciudad simultáneamente. Compuesta y sin baile, la comunidad educativa aunó esfuerzos y organizó sus fiestas de manera conjunta en un gigantesco hangar cedido por una base aérea cercana. El grupo musical elegido para la ocasión fue ni más ni menos que Soul Asylum, que actuó de forma benéfica y se comportó como toda banda al uso en estos menesteres, con profusión de versiones de clásicos americanos para que la chavalada pasara el disgusto lo mejor posible, dadas las circunstancias. Oigan, y me apuesto un huevo y tres partes del otro a que ningún chupatintas legalista fue a joderles la marrana con lo de bajarles el volumen.
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