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Adiós sin el corazón

No se ha ido por decisión propia, sino porque desde el 29-O las calles han exigido a gritos de dolor que se fuera.

El adiós de Mazón

El adiós de Mazón / Levante-EMV

Alfons Cervera

Alfons Cervera

València

Una torpe escultura tallada en piedra. Sin rasgos que le concedieran algo de vida. Sólo la hueca verborrea que anula el sentimiento. No sentir nada. Ser eso: un pedazo de piedra sin nada dentro. El micrófono era parte del utillaje en la representación. Cómo podía cantar cuando era joven si apenas le salen de la boca gotas de saliva, ni la más mínima capacidad de emocionar a quien lo escucha.

El lunes pasado se puso delante de ese micrófono y fue como hablarle a un público que había abandonado hace un año el patio de butacas. En estos doce meses habíamos cambiado el patio de butacas por las calles y las plazas. Ya no tenía a nadie que lo escuchara. El aguante para escuchar a todas horas la obscenidad de sus excusas tenía un límite. Y se empezaron a llenar cada mes las calles y las plazas. No caer en las emboscadas del olvido. Abrazar la memoria de 229 personas y ni se sabe cuántos sitios destrozados por la barrancada. Aislar la indecencia, hacerla visible, ponerle nombre porque si no la nombrábamos dejaría de existir con el paso del tiempo. Ponerle nombre a la indignidad y al cinismo, ese cinismo que todo lo convertía en una burla para el dolor de las víctimas y sus familias, un dolor que aumentaba conforme aumentaban las versiones falsas de dónde había estado el día de la tragedia.

Hablaba y hablaba Carlos Mazón como si fuera un autómata, como si a escondidas alguien le moviera la floja musculatura de la boca, como si sólo hubiera allí una masa endurecida sacada de una película de monstruos deformes, pero sin la nobleza que la deformación concede a lo más profundo de lo humano. Lo único que se le entendía era la rabia, negarse a la evidencia de tanta desgracia acumulada por encima y por debajo del barro, buscar culpables al otro lado de su cobardía. Como aquella degolladura que en los versos de León Felipe afilaba el rencor. La única maldad es la de los otros. Eso decía. La maldad del enemigo, en él sólo la inocencia del pobre diablo no sé si enamorado de la bella Biondetta, como en una novela francesa del siglo XVIII. Palabras frías, dichas sin ninguna emoción, cuando tanta muerte se enseñoreaba de las casas y desde la primera noche sigue llenando el insomnio de fantasmas.

Después de un año nada ha cambiado en su manera de enfrentarse al drama de aquel día. En nada ha cambiado su lejanía afectiva y moral de tanto sufrimiento. La vicepresidenta y fiel escudera Susana Camarero pide respeto para él: y no se le cae a la mujer la cara de vergüenza. Respeto para quien se lo estaba pasando pipa en las horas más terribles de la torrentera, respeto para quien no ha tenido la más mínima palabra de afecto para las familias de las víctimas, respeto para quien nunca ha contado la verdad sino que hasta la misma mañana de su despedida siguió instalado en la enfermiza repetición de sus mentiras.

Respeto, nos pide la señora vicepresidenta para el jefe. Y se queda tan ancha. El respeto que se ha ganado durante doce largos meses ignorando el dolor de tanta gente que lo ha perdido todo, menos la dignidad y los recuerdos hermosos que nunca se irán de su memoria. En la comparecencia de las familias de las víctimas en el Congreso, los únicos que se quedaron impasibles fueron PP y Vox. ¿Y qué dijeron para justificar esa actitud despectiva? Muy sencillo: callaron «por respeto» a las víctimas. El mejor respeto que tendría que salir del PP y Vox es el respeto a la verdad, a esa verdad que Susana Camarero, Vicente Mompó, Juanfran Pérez Llorca y el mismísimo Carlos Mazón han excluido de su diccionario político y moral desde el fatídico día de la dana hace un año.

Ahora, si no hay elecciones, vamos a tener hasta 2027 un presidente de la Generalitat elegido directamente por Vox. Gobernará aquí la ultraderecha, como lo viene haciendo desde el mes de julio de 2023. Mientras tanto, Carlos Mazón seguirá de diputado en el Parlamento valenciano, oculto vergonzosamente en la última fila. Seguirá disfrutando la injusta condición de aforado. Un privilegio, el del aforamiento, que sólo sirve para que muchos delincuentes de la política se vean favorecidos por la Justicia. Estoy seguro de que su final será sentarse en el banquillo de los acusados. Motivos tiene de sobra para que sea ése y no otro su destino político.

El pasado lunes se puso delante de un micrófono para decir que dejaba la presidencia de la Generalitat. Y se mantuvo empeñado en sus embustes, en seguir despreciando a las víctimas de la barrancada, en seguir señalando como culpables a todos menos a él mismo y a los suyos.

No se ha ido por decisión propia, sino porque desde el 29 de octubre del año pasado las calles y las plazas han exigido a gritos de dolor, de rabia y de justicia que se fuera. Se ha ido sin ese dolor de corazón que dice la canción. Antes al contrario: la versión que puede presentar a Eurovisión si decide volver a tocar la guitarra por las playas sería la de «Adiós sin el corazón…». No añado lo de que «con el alma no puedo» porque nunca la tuvo para mostrar un gesto de compasión con las víctimas y sus familias. Y aún menos de perdón por haber estado pasándoselo pipa mientras 229 personas se iban corriente abajo para no volver nunca. Aquí, este domingo, las recuerdo una vez más. Y para siempre.

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