Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La revolución silenciosa de las librerías de València

El sector se está especializando y reinventando a base de convertir sus tiendas en pequeños centros culturales para resistir frente a Amazon y las grandes cadenas

Julia, propietaria de La Primera, librería de Ciutat Vella especializada en pequeñas editoriales.

Julia, propietaria de La Primera, librería de Ciutat Vella especializada en pequeñas editoriales. / Francisco Calabuig

Voro Contreras

Voro Contreras

València

La ciudad de València cuenta actualmente con más de medio centenar de librerías, una de las cuales, Ramón Llull, recibió el pasado miércoles el Premio Librería Cultural 2025 por su “labor durante los últimos 25 años para ayudar a comprender el presente dando espacio a otras literaturas”. El galardón, otorgado por el gremio nacional de libreros Gegal y el Ministerio de Cultura, reconocía también el trabajo de la librería valenciana en la organización de monográficos y clubes de lectura para “implicar” a todos los “agentes de la cadena del libro”: lectores, escritores y editores.

Lo cierto es que ya son pocas las librerías -que, por cierto, celebran su día el próximo martes 11- que limitan su actividad a proporcionar al público lector las publicaciones que demanda. En València seguimos contando con negocios históricos —como Soriano, Seguí o París-Valencia— capaces de mantener la persiana levantada ofreciendo las últimas novedades editoriales, pero también un impresionante “fondo de armario” acumulado tras décadas de existencia. También es importante la nómina de negocios dedicados a los libros históricos y de segunda mano. Sin embargo, la mayoría de las librerías que han abierto o se han reinventado en los últimos tiempos son conscientes de que la mejor forma de competir contra Amazon y las grandes superficies es especializarse o convertirse en pequeños centros culturales de barrio, o incluso combinar ambas cosas.

Heredera de la mítica 3i4, Fan Set es el gran referente en la ciudad de literatura en valenciano, igual que Futurama lo es, por ejemplo, para los cómics, Patagonia para los libros de viajes, Regolf para los de geografía y Paulinas para la divinidad. Libros de cine pueden encontrarse en Viridiana, de ilustración en Estudio 64 y de fotografía en Railowsky. Babel y English Books ofrecen títulos en inglés y otros idiomas; Tam Tam y Leolo tienen en el punto de mira al público infantil y juvenil; Tirant lo Blanch al estudiante universitario, y Cosecha Roja al buen degustador de la literatura negra y criminal.

Por su parte, librerías como Arribada, El Imperio, Bartleby, Nöstlinger, La Batisfera, Gaia, La Insomne, Ubik Café, Galerades, La Traca, Ideas, Pueblo Lector o Vuelo de Palabras en València —y otro buen puñado más en decenas de municipios valencianos— combinan la venta de libros, más o menos especializada, con la organización de charlas, presentaciones, clubes de lectura, exposiciones e incluso degustaciones de vinos.

Estela y Jaime, de la librería Bangarang.

Estela y Jaime, de la librería Bangarang. / Ana de los Ángeles Martí

Un lugar donde pasan cosas

“Desde el principio tuvimos claro que queríamos que la programación cultural fuera una parte esencial de la librería”, explica Estela, una de las responsables de Bangarang, otra de las librerías de referencia en la ciudad. “Jaime y yo venimos del mundo de la gestión cultural, y sabíamos que una librería hoy en día tiene que ser un espacio activo, que atraiga al público y que ofrezca algo más que la venta de libros. Competir con las plataformas digitales es imposible si solo te dedicas a vender. Pero si generas comunidad, si ofreces actividades, encuentros o presentaciones, entonces sí puedes sostenerte”.

Así pues, Bangarang nació ya en el barrio de Arrancapins con esa vocación de ser un punto de encuentro. “Nos fijamos en modelos que en València ya lo estaban haciendo muy bien —Ramón Llull, Primado, Bartleby, La Rosa—. Son referentes que nos enseñaron cómo una librería puede ser también un lugar donde pasan cosas. Empezamos con una programación más tímida, y con el tiempo nos hemos rodeado de gente con la que hemos logrado que todo sea más rico y más divertido”.

El concepto de ocio cultural es central en Bangarang. “Queríamos que fuese un lugar donde la gente se lo pasara bien, que compitiera con el ocio de los bares o del cine”, dice Estela. “Durante mucho tiempo las librerías se percibían como lugares serios, casi solemnes, pero ahora hay que ofrecer algo más dinámico. Las películas, las series, internet… todo compite por el tiempo de la gente. Si logramos que la lectura, algo tan solitario, se convierta en una experiencia social, estamos ganando”.

Bangarang mantiene una sección destacada de cómic e ilustración, pero su catálogo es amplio. “No tenemos todas las novedades comerciales, porque no nos interesan y porque nuestro público tampoco las pide”, reconoce. “Pero no renegamos del bestseller: también forma parte de la literatura. Lo que hacemos es una selección consciente. Elegimos lo que queremos tener, lo que encaja con nuestra identidad y nuestros lectores. No es censura, es comisariado. Sabemos qué tipo de librería somos”.

¿Es sostenible un modelo así, basado en la programación y la selección? “Podemos vivir, porque lo hacemos, pero el sector del libro es precario —reconoce Estela—. El margen para las librerías es mínimo, y aunque la librería esté viva y venga mucha gente, no da para grandes lujos. Es una vida bonita, pero requiere sacrificio. Aun así, no la cambiaríamos por nada. Nos gusta el riesgo”.

Nacho en la librería Cresol.

Nacho en la librería Cresol. / Ana de los Ángeles Martí

Algo más que comerciantes

En pleno centro de Patraix, Cresol es una de esas librerías que se han convertido en un pequeño centro cultural de barrio a base de iniciativas y personalidad propia. “No somos una librería especializada, somos una librería general. Pero mi especialidad como librero es la literatura infantil”, explica Nacho, segunda generación al frente del negocio. “Nuestra singularidad está ahí: llevamos muchos años impulsando talleres y actividades relacionadas con el libro infantil, pero seguimos siendo la librería de referencia del barrio, abierta a todo tipo de lectores”.

Nacho se formó en el ámbito audiovisual, pero hace más de una década decidió dejarlo para continuar el negocio que su padre había fundado. “Soy de segunda generación, sí, y eso te da cierta ventaja: sabes perfectamente a qué te enfrentas”. Él empezó a hacerse con las riendas de Cresol un par de años antes de que su padre se jubilara y fue entonces cuando comenzaron a programar actividades culturales. “Siempre hemos creído que una librería no solo debe vender libros, sino promover la lectura y dinamizar el barrio. Somos agentes culturales, no solo comerciantes”, explica.

Esa convicción se traduce en una agenda estable de talleres, presentaciones y encuentros, sobre todo orientados al público infantil y familiar. Pero Nacho tiene claro que el secreto de su sostenibilidad no está solo en las actividades: “Detrás de una buena librería hay un buen librero. Conocer a quien entra por la puerta, saber qué le gusta, recomendar sin pensar solo en lo comercial… Eso genera confianza, hace que el cliente vuelva. Al final, lo que sostiene el modelo es la fidelidad del barrio”.

Defiende que una librería, igual que una panadería o una frutería, forma parte del ecosistema del comercio de proximidad, pero con un valor añadido. “Todos los comercios son importantes, pero el nuestro es un comercio cultural, y eso tiene una carga romántica, social e intelectual que no tienen otros. Es trabajar con libros, pero también con ideas, con emociones. Y eso lo hace apasionante, pero también muy duro. Este oficio está muy idealizado: hay que saber a lo que vienes, porque son muchas horas y mucha implicación”.

Herramientas de pensamiento crítico

Esa vocación barrial también la tiene La Repartidora, una librería cooperativa que acaba de cumplir once años en Benimaclet con una convicción social que expresa Jordi, uno de sus responsables: “Para nosotros el libro es un medio, no un fin”. “No nos interesa venderlos, sino utilizarlos como herramientas para generar pensamiento crítico. Nos consideramos un espacio político y cultural más del barrio”, subraya Jordi.

Creada en 2014 como un proyecto militante vinculado a los movimientos sociales, La Repartidora se ha convertido en un espacio cultural consolidado que combina librería, editorial y lugar de encuentro. “Ahora somos tres personas trabajando aquí, y hemos apostado por un modelo comunitario y asociativo. Contamos con socias que pagan una cuota anual, y con eso podemos cubrir los gastos fijos: el alquiler, la luz, el agua… A cambio, reciben descuentos y libros de nuestra editorial. Es la comunidad quien hace posible que este proyecto sea viable”, explica Jordi sobre el funcionamiento de la librería.

Para él, la coherencia entre contenido y acción es esencial: “No tendríamos esta librería para vender bestsellers; para eso ya hay otros espacios. Nuestro papel es romper el pensamiento único, generar debate y dar voz a colectivos e ideas que no siempre tienen cabida en los circuitos comerciales”. El espacio funciona también como un pequeño ateneo: “Acogemos asambleas, ruedas de prensa, presentaciones o cursos. Queremos que sea un lugar vivo, donde se piense y se hable, donde se compartan ideas. Al final, la librería es solo una excusa para encontrarnos”.

La Repartidora, lectura y acción en Benimaclet.

La Repartidora, lectura y acción en Benimaclet. / Ana de los Ángeles Martí

Empatía y comunidad

Esa innegable vocación política la encontramos también en La Rossa, una librería que, tal como detalla Alodia, su propietaria, nació con una idea muy clara: ser un espacio feminista y especializado en literatura escrita por mujeres. “Fue un proyecto que surgió desde el activismo, desde una necesidad personal y política. Cuando viví en Madrid y en París me di cuenta de que, aunque la mayoría de lectoras eran mujeres, los escaparates y los carteles siempre estaban dominados por nombres masculinos. Me pareció un desequilibrio absurdo. Por eso, cuando volví a València decidí montar una librería que reivindicara la voz de las autoras”, explica.

La Rossa abrió sus puertas en 2015, en el barrio de Benimaclet, y desde el principio combinó la venta de libros con la programación cultural. “Para mí era algo natural. En París o en Madrid las librerías eran también espacios de vida cultural, de debate, de encuentro. Así que desde el primer día organizamos clubes de lectura y presentaciones. Aquí quizá no era tan habitual en las librerías de barrio, pero yo no lo concebía de otra manera”.

Su trayectoria profesional anterior también influyó. “Trabajaba en una productora de cine valenciana y, tras romper con ese proyecto, me fui un tiempo a París a estudiar Ciencias Políticas. Allí fue donde tomé la decisión definitiva de abrir la librería. Y ahora, diez años después, he vuelto a crear una productora, esta vez propia, especializada en documental con perspectiva de género. En realidad, todo forma parte de lo mismo: la librería me ha llevado al cine. Es un círculo”.

Sobre la competencia con Amazon o las grandes cadenas, Alodia lo tiene claro: “Si abres una librería y pretendes sobrevivir solo vendiendo libros, lo tienes crudo. Ese es justo el modelo que ellos dominan. Lo nuestro pasa por la cercanía, la personalidad y el trato humano. Por aportar algo que haga que la gente cruce la puerta. No hace falta ser una librería militante, pero sí tener una identidad, algo que te diferencie”. Y sobre la sostenibilidad económica de un modelo tan marcado, Alodia es directa: “Es un proyecto viable, pero a base de picar piedra. Cuesta mucho. Vives con un sueldo mínimo, si llega”.

Aun así, no lo cambiaría. “Tiene días duros, días en que piensas en mandarlo todo al garete. Pero también te da muchas satisfacciones. Tengo una clientela muy especial, muy fiel, y eso no lo cambiaría por una librería generalista, aunque facturara el triple. Prefiero ganar menos y trabajar en algo que tenga sentido para mí”. Y añade con ironía: “Hay gente que me dice que no le gusta hablar con el público. Pues si no te gusta la gente, no montes una librería —ni una zapatería, ni nada—. Este oficio va de eso: de trato, de empatía, de comunidad. Hay días que te traen flores y otros que te dejan sin aliento, pero de eso se trata”.

La Rossa, algo más que literatura en femenino.

La Rossa, algo más que literatura en femenino. / Ana de los Ángeles Martí

Conocerse y reconocerse

Una de las últimas en incorporarse —de una forma, además, bastante curiosa— a este ecosistema librero valenciano es Julia, de La Primera, librería que nació con una vocación muy clara: dar visibilidad a las editoriales independientes, sobre todo a las que publican a autoras.

“Las anteriores propietarias ya apostaban por las voces femeninas y por la literatura de pequeñas editoriales, y me pareció una línea preciosa que merecía continuidad. Me siento un poco aprendiz aún, pero intento mantener ese espíritu y reforzarlo”. Su historia personal está ligada a La Primera: “Empecé viniendo como lectora a un club de lectura y acabé coordinando uno. Cuando la antigua dueña comentó que quería traspasar el negocio, le pregunté por curiosidad, y al final me eligió a mí porque ya me conocía. Ha sido casi como heredar una familia”.

Julia ha querido que la librería siga siendo también un punto de encuentro. “No solo vendemos libros, organizamos clubes de lectura, presentaciones, charlas... Ahora mismo tenemos cinco clubes activos y otro en preparación para enero”. Uno de ellos, dirigido por ella misma, está dedicado a la literatura griega moderna, una de sus pasiones: “Soy traductora de griego moderno, y me parecía bonito compartir ese mundo tan desconocido aquí. Mucha gente se acerca por curiosidad y acaba enamorándose de esos autores”.

En la programación también hay espacio para géneros menos habituales en librerías pequeñas, como la ciencia ficción o el terror. “Tenemos un club solo de esos géneros, donde se reúnen verdaderos fans, pero también hay gente que viene simplemente por el gusto de leer y encontrarse con otras personas”. La apuesta por lo independiente no significa cerrarse al mercado más amplio. “Combinamos las novedades de editoriales pequeñas con encargos de libros más comerciales o de gran tirada. También trabajamos con papelería y hacemos fotocopias; al final, eso ayuda a que el negocio sea sostenible”.

Julia defiende que una librería puede vertebrar la vida social de un barrio con una identidad tan importante como el suyo, Ciutat Vella. “La mayoría de la gente que viene es vecina. Pasan los niños cuando salen del cole, entran los padres a curiosear, otros se apuntan a los clubes... Se crea una comunidad real, de las que hacen barrio. Aquí la gente se conoce y se reconoce”.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents