Personajes taurinos
Villalpando: vivir, sentir y transmitir el toreo
El torero zamorano conserva una torería única y está lleno de esa experimentada sabiduría que no se aprende en los libros, transmitida en dieciséis temporadas a Urdiales

Luis Miguel Villalpando en una foto reciente en la plaza de toros de Las Ventas. / Plaza 1

"Luismi, no eres tú ni tu concepto", le dijo su mujer a Luis Miguel Alonso Herrero, Luis Miguel Villalpando como nombre artístico y de vida torera, una tarde después de torear en Las Ventas. Por aquella época ya apoderaba a Diego Urdiales y todavía formaba parte de su cuadrilla como máximo hombre de confianza.
A partir de esa frase de tan descarnada sinceridad, dejó su profesión de banderillero y se convirtió en apoderado por la fuerza de las circunstancias: la manera de entender el toreo puro que exalta ahora Urdiales, el gran reserva de la pureza, conectaba directamente con su manera de sentirlo.
Ahora, tras dieciséis temporadas de relación profesional con el maestro de la Rioja, finalizan el apoderamiento, pero queda para siempre la amistad profunda entre ambos, de esas con las que no hacen falta casi palabras y basta con una mirada para el entendimiento. Muy pocas relaciones a lo largo de la historia del toreo han sido tan sinceras y tan claras día tras día.
Amistades puras, como el toreo
De tez ennegrecida por los vientos, los fríos y los calores de la sierra de Zamora, duro como la piedra, con una niñez pastoreando ovejas hasta que se marchó a las capeas para ser torero, Villalpando, que recibe el nombre de su pueblo, fue un buen capotero y apoderado excepcional, hombre del toro con una afición desbordante que defendió a su torero como nadie. Hasta en esas negociaciones se le notaban las raíces, esa fibra auténtica de su procedencia.
Y esa independencia, una postura honrada y natural, una disposición casi biológica para representar hasta el último sacrificio su bohemia: "Los intereses, lamentablemente, están por encima del toreo bueno".

Luis Miguel Villalpando lía el capote de paseo a Diego Urdiales antes de hacer el paseíllo en Las Ventas. / Plaza 1
Humilde, con una torería única y lleno de esa experimentada sabiduría torera que no se aprende en los libros. Porque para hablar de toros como él habla hay que haber toreado mucho y variado. Y sobre todo, también haber escuchado a los mejores… como Antonio Ordóñez, Andrés Vázquez, Curro Romero, El Viti, Rafael de Paula… En definitiva, vivirlos. Pero, ¿cuál es el que mejor ha visto? ¿Con cuál ha aprendido más el toreo? "Lo tengo claro, Diego Urdiales. De él he visto las mejores faenas como torero", asegura sobre una relación que arrancó en una novillada que torearon juntos en 1997 en Colmenarejo (Madrid) gracias a la petición de otro banderilleo, su buen amigo, Paquito Martínez.
La retirada de Luis Miguel Villalpando a sus 68 años nos deja a un personaje en vías de extinción en medio de la globalización más absoluta del toreo. Ya no quedan toreros como él. En este mundo de seres repetidos, donde se parecen todos, donde hacen lo mismo todos y sueñan lo mismo todos, Villalpando tiene la virtud de parecerse a Villalpando. Único.
A golpe de flamenco
Ahora nos queda su tremenda sencillez, su generosidad, esa autenticidad tan pura acompañada de una gran elocuencia para hablar de toros (de las que ya no quedan, diría).
De su presencia emana un halo señorial, huyendo de todo lo que no cree y viviendo literalmente a golpe de flamenco con un cigarrillo entre los dedos.
En los atardeceres, cuando el sol muere tras las montañas y la noche oscurece su figura, se le escucha cantar, con la voz ronca y nostálgica, una letrilla que entona con tercios de debla gitana. Vivir, sentir y transmitir el toreo, literalmente. Qué ejemplo, Luismi.
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