Crítica|Música
Michael Spyres, baritenor sin tontería
El estadounidense Michael Spyres, cantante de medios, personalidad y versatilidad excepcionales ha dejado constancia de ello en su triunfal debut en el Palau de Les Arts

Michael_Spyres, durante el recital. / Mikel Ponce

Ciclo 'Les Arts és Lied”. Michael Spyres (tenor). Mathieu Pordoy (piano).Programa: Obras de Beethoven, Wagner, Liszt y Mahler. Lugar: València, Palau de les Arts (Sala Principal). Entrada: Alrededor de 800 espectadores. Fecha: Domingo, 16 noviembre 2025.
Nueva velada de gran música e intérpretes en el ciclo “Les Arts és Lied”. En esta ocasión, protagonizada el domingo por el “baritenor” estadounidense Michael Spyres, cantante de medios, personalidad y versatilidad excepcionales, como ha dejado constancia de ello en su triunfal debut en el Palau de Les Arts. Solo una voz de sus características puede abordar un programa de vocalidades y perfiles tan diversos. Su voz, caudalosa y de agudos y sobreagudos afilados y certeramente proyectados, se expande con redondez y sin estridencia a un anchuroso registro baritonal, que mantiene color, belleza y personalidad en toda la tesitura.
Tan cuajado y extenso instrumento vocal lo gobierna Michael Spyres con inteligencia y un ánimo que igual se adentra en los más dramáticos recovecos beethovenianos (el ciclo de canciones A la amada lejana), que en las sutilezas del Wagner de los Wesendonck-Lieder, el apasionamiento literario de los Tres sonetos de Petrarca de Liszt, o las incertidumbres mahlerianas de las Canciones de un camarada errante, con las que cerró este recital exigente y sin concesiones a la tontería. En él, deambuló por contrastados estados de ánimo y espíritu; contó y cantó del dolor y las felicidades; del amor y del desamor, del deseo y la ilusión; de la nostalgia a la ilusión…
Aunque pegado a la partitura (tablet), y sin apenas gesticular más que algún que otro convencional movimiento de brazos, Spyres, que desde años es aclamado en Salzburgo o Bayreuth, se adentró sin rodeos en el meollo dramático y emocional de un programa hilvanado con pan de oro, dicho y expresado con convicción y portentosos medios vocales. También con la complicidad de un pianista tan de primera como el francés Mathieu Pordoy, cómplice ideal que desde el teclado fue aliado sutil y atento de Spyres.
El éxito, claro, monumental, con regalos del público incluidos, desde el ramo de flores de la melómana Juana a un joven que le regalo un objeto con mensaje. Tras muchas entradas y salidas a saludar, con la platea de la Sala Principal puesta en pie, comenzó la tanda de bises, cada uno anunciado por Spyres en un voluntarioso español que apenas alcanzaba el “muchas gracias” Ni siquiera entonces, jaleado por la alegría del éxito, quiso asomarse a lo resultón. Podría haber regalado cualquier canción o aria de aplauso fácil, al Cucurrucú paloma de Juan Diego Flórez o el No puede ser… de Plácido y tantos otros… O cosa parecida.
Pero no, Spyres y Pordoy optaron por seguir la tónica del recital y prolongarlo, primero con la canción de concierto L'Esule, de Verdi, y finalmente con los ensombrecidos compases de la canción In questa tomba oscura, breve “maravilla” en la que Beethoven parece revivir al mismísimo Florestan de Fidelio. En medio, un Rossini que parecía reivindicar al cantante capaz de todo que es Michael Spyres. La temporada próxima debutará Tristan e Isolda en el Metropolitan, junto con Lise Davidsen. ¡Hagan apuestas!
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