Rattle y Radio de Baviera cierran una “semanita” prodigiosa
La prodigiosa semana sinfónica que han disfrutado València y sus dos Palau concluyó el sábado con la actuación en el Palau de la Música de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera dirigida por su titular, Simon Rattle. Como estaba cantado, fue un concierto excepcional.

BRSO Rattle. / Astrid Ackermann

TEMPORADA 2025-2026 del Palau de la Música.
Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera.
Director: Simon Rattle.
Programa: Obras de Janáček (Taras Bulba) y Bruckner (Séptima sinfonía).
Lugar: Palau de la Música.
Entrada: Alrededor de 1.781 espectadores (lleno).
Fecha: Sábado, 22 noviembre 2025
La prodigiosa semana sinfónica que han disfrutado València y sus dos Palau concluyó el sábado con la actuación en el Palau de la Música de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera dirigida por su titular, Simon Rattle. Como estaba cantado, fue un concierto excepcional, en el que la formación muniquesa -que anteriormente ha visitado el Palau de la Música con directores como Lorin Maazel (1995), Carlos Kleiber (1999) o Mariss Jansons (2006)- lució esa categoría máxima que la ubica en el podio de las mejores orquestas del planeta, junto con las Filarmónicas de Berlín y Viena, la Concertgebouw de Ámsterdam y -quizá- Cleveland, Staatskapelle de Dresde y alguna otra. No más.
En los atriles, un programa plagado de exigencias y compromiso, que combinaba la rapsodia orquestal Taras Bulba, que concluye Leoš Janáček en 1918, inspirado en la famosa novela homónima de Nikolái Gógol, y la muy diferente Séptima sinfonía de Bruckner, estrenada 34 años antes. En Taras Bulba, los ritmos trepidantes, los acentos desgarrados, el ardor heroico del legendario guerrero cosaco inventado por el escritor ruso y musicado por Janáček encontraron su ideal y más abrasadora realización en el sonido de una orquesta de sonoridades tan suntuosas y extremas como la formación bávara.
Conocedor mejor que nadie de las posibilidades sin límites que brinda un conjunto de tan inmenso virtuosismo y prestaciones, Rattle enfatizó acentos, dinámicas y tempí, en una visión acerada y desgarradora. Asomaba así el joven y prometedor director que en sus años mozos tanto cultivó el repertorio del compositor moravo, con aquellas tempranas y referenciales grabaciones de obras como la Sinfonietta o la Misa Glagolítica. Ahora, tantos años después, y ya casado con la mezzosoprano Magdalena Kožená (morava como Janáček), la pasión janacekiana de Rattle sigue tan viva, cercana e incondicional como entonces. El mismo ardor, la misma intensidad, la misma lealtad y entrega a la amada obra de arte.
Ni que decir tiene que la opulenta Sinfónica de la Radio de Baviera, que hace décadas -años sesenta- firmó también registros cimeros de la música de Janáček bajo la dirección de su entonces titular, el checo Rafael Kubelík, bordó una versión ideal, en la que sus excepcionales solistas -entre ellos el oboísta granadino Ramón Ortega, magistral toda la noche- lucieron su categoría máxima, integrados en la musculosa y generosa sonoridad de una orquesta dúctil capaz de todo (lo mejor).
Luego, tras la pausa, llegó el Bruckner catedralicio e insondable de la Séptima sinfonía. Rattle se distancia de lentitudes celestiales, aviva los tiempos y se sumerge en una visión más afirmativa que contemplativa. Las sonoridades, inmensas y contundentes, pero al mismo tiempo redondas, sí son catedralicias y sobrecogedoras. En semejante perfección, las armonías cobran relieve y claridad, y los largos desarrollos brucknerianos evolucionan magistralmente graduados dentro del orgánico pulso métrico y dinámico.
En el famoso gran clímax del sublime Adagio no faltaron los optativos triángulo y platillos. Las cuatro tubetas wagnerianas -afinadísimas y empastadas- contribuyeron a redondear una sonoridad oscura y en ocasiones casi fúnebre, con el adorado Wagner -muerto en los días que Bruckner trabaja en estos compases- como fondo y sugestión. En el Scherzo, el trompeta solista brilló tan impecable y perfecto como la orquesta en pleno toda la sinfonía. La extravertida coda final fue colofón de una versión marcada, sobre todo, por la calidad excepcional de una orquesta legendaria, que también ha dejado para la posteridad históricos ciclos completos del sinfonismo bruckneriano. El Palau de la Música atronó al final de la noche. Los aplausos y bravos sonaron y se sintieron tan rotundos y vivos como esta orquesta de leyenda. ¡Vaya semanita!
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