Fuera de compás
Gonzalo Fuster, un ser humano en armonía
“Armonía” es una exquisita explosión de sensibilidad, un mensaje en una botella que ha servido para saber que nuestro amigo sigue con ese toque tan especial para relatar sentimientos.

Gonzalo Fuster / JUAN TEROL

Hace dos años Gonzalo Fuster levantó testimonio de cómo su existencia se había hecho añicos. En el impresionante disco “Valentía, Lealtad y Dignidad” relataba con una dolorosa crudeza las consecuencias de dos terremotos casi simultáneos: el fallecimiento de su madre y la ruptura sentimental con su pareja. La vida lo había traicionado, lo había herido de muerte. Tanto fue así que bajó de tono su guitarra porque la inspiración le llegaba de un lugar tan maldito como el de la peor fantasía de Black Sabbath. Escuchar aquel tétrico documento, levemente aliviado por alguna canción que dejaba entrar algo de luz al sepulcro anímico desde donde cantaba, fue, paradójicamente, una sensacional experiencia repleta de humanidad, arte y belleza.
Después de aquello, Gonzalo comenzó otra vida. Otra etapa con sus altibajos vitales y emocionales, sus relaciones fallidas, sus obstáculos salvables, sus aciertos y sus errores. Una etapa que, como no podía ser de otra manera, le trajo canciones. Munición para un nuevo disco. Lo acaba de colgar de su bandcamp y se llama “Armonía”. Más luminoso que su anterior largo, este nuevo artefacto podría ser perfectamente un diario de su último año. La crónica de un 2025 en el que nuestro protagonista ha vuelto a encontrar el amor. Lo expresa de manera transparente, sincera y musicalmente pura.
Folk-pop límpido, canción de autor moderna y alternativa, con ecos de Nick Drake, Nacho Vegas, Jeff Buckley, Lucio Battisti, Bonnie Prince Willy y tantos otros que él sabrá, porque menuda enciclopedia musical está hecho. Música suave, hermosamente quebradiza, ultra emocional, de una alta penetración anímica, que inocula su sentir a través de los tímpanos como si de una aguja hipodérmica se tratara. Con muy poco adorno, si acaso la batería de Luis Cirulli o los coros de Ana, su actual compañera y origen del nuevo estado espiritual de nuestro protagonista. Armonía en el sentido helénico del término, un estado de orden y paz que llega cuando el desequilibrio se ordena y todo acaba encajando.

Portada digital de Armonía / L-EMV
Tabula rasa hasta en la identidad artística. Ya no más El Ser Humano o Gran Camino. “Paso de estrategias, de juegos de palabras, de cadáveres exquisitos. Soy yo, Gonzalo Fuster, haciendo canciones para mí, como si tomara fotos para un álbum que solamente veré yo y unos pocos allegados. Esta vez no hay un artista detrás del proyecto. He querido alejarme de cualquier sentido pretencioso que pudiera sobrevolar el disco. Me he esforzado para ser coherente. Para comprender, primero hay que escuchar”, explica.
Y una de las cosas que más ha escuchado ha sido a su propio miedo. De hecho, las ocho canciones del disco se mueven dentro del campo gravitatorio generado en torno a dos polos: el amor y el miedo. Temor a perder lo que ahora tiene y que tanto le ha costado encontrar. “El miedo es un sentimiento transformador y hay que saber gestionarlo. Puede intoxicar tu entorno pero también puede ser un buen fertilizante, un sustrato desde el que celebrar mi situación personal actual”. Esto queda ilustrado perfectamente en las dos piezas centrales, “No temo herirme al amar” y “El miedo es mío”.
La primera es pop mayúsculo y monumental, con unas entradas sinfónicas poderosas y una ambición sonora arrebatadora. Le digo que me recuerda a Scott Walker y a Gainsbourg, pero él me remite a Fabrizio De André y a su “Cantico dei drogati”. Rematadamente bien escrita y bien cantada, es de lo mejor que le he escuchado nunca. Absolutamente gloriosa. En la segunda joya, Gonzalo se apoya en un piano eléctrico, instrumento con el que se encuentra cada vez más seguro y más creativo. “Tiene un espectro enorme, mucho más que la guitarra, con más notas sonando a la vez y otros aromas y texturas. Es muy exigente, pero también muy versátil para componer y lo toco sin los vicios adquiridos después tantos años como guitarrista”. Poesía auto exploratoria en forma de aleluya, un salmo penitencial firme y tenso con un mensaje tan potente y verdadero que todos podríamos hacer nuestro, porque todos tenemos miedo.
“Armonía” es una de esas delicadas obras de arte que pasarán desapercibidas para la casi totalidad del mundo. Una exquisita explosión de sensibilidad que desgraciadamente no veremos en formato físico, ni interpretada en salas o teatros (aunque Fuster me revela que tocará en el CEX el próximo 6 de febrero). Un mensaje en una botella que, al menos, ha servido para saber que nuestro amigo está sano, ilusionado y con ese toque divino para hacer canciones y relatar sentimientos que lo hace tan especial.

Gonzalo Fuster / JUAN TEROL
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