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Crítica

The Molotovs, yo los vi primero

Estos hermanos de 19 y 17 años rejuvenecieron de manera salvaje a todos los machuchos allí congregados. La felicidad absoluta para los aficionados al rollo mod, al brit pop, al after punk y a la nueva ola.

The Molotovs en 16 Toneladas.

The Molotovs en 16 Toneladas. / F. S.

Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

Les confieso que al final acudí al concierto de The Molotovs el martes pasado porque mis hijos se estaban poniendo insoportables y el cuerpo me pedía escaparme. También, por no engañarles, les revelo que me empujó el poco instinto periodístico que me queda para comprobar por mí mismo si la banda británica son la monda lironda. Y por último, la tercera motivación para abandonar el hogar familiar y meterme en una sala atestada de gente vibrando de emoción antes siquiera del primer acorde fue poder decir un día eso de ‘yo los vi primero’. Esa frase de fan fatal, de crítico plasta o de cronista bíblico que se restriega durante años por la cara de los que no estuvieron allí para alimentar de manera absurda el ego propio hasta el ridículo punto de la auto fagocitación.

Sucede con las bandas noveles, en este caso la última sensación del rock británico, lo de intentar aprovechar la ocasión de verlas en directo en sus inicios profesionales, sobre todo cuando desde los medios de comunicación y las redes sociales te las venden como la octava maravilla. Y entonces el personal acude a salas pequeñas como 16 Toneladas para comprobar si la expectación está justificada. Para verlos trabajar en las distancias cortas antes de que, como suele ocurrir cuando el universo conspira para ello, ofrezcan sus actuaciones en salas de más de 2.000 personas o como cabeza de cartel en festivales. Por no aburrir les recuerdo solamente el caso de Libertines, Bodega o Lemon Twigs. Con Fontaines D.C. muchos nos quedamos con las ganas y la entrada en la mano por culpa de la pandemia de covid. Después, ya saben, el éxito masivo.

Matt Cartlidge.

Matt Cartlidge. / F. S.

O sea, que The Molotovs, que son los hermanos Cartlidge (Matthew, guitarra y voz de 19 años e Issey, bajo y coros de 17) más el batería Harry Castle, otro chiquillo, tenían el partido ganado desde que bajaron del autobús. Currantes a carta cabal, con 600 conciertos a sus escuálidas espaldas, rejuvenecieron de manera salvaje e instantánea a todos los machuchos allí congregados como en un tratamiento estético milagroso que todo lo curaba. La felicidad absoluta para los aficionados al rollo mod, al brit pop, al after punk y a la nueva ola que se presentaron allí con profusión de parkas verdes y americanas para experimentar con sus propios ojos el milagro del viaje atrás en el tiempo.

Serios, feroces, profesionales y corajudos, los tres músicos británicos, observados por la madre de los hermanos desde el puesto de venta de camisetas al fondo de la sala, se vaciaron durante algo menos de una intensísima hora a través de un chorro implacable de electricidad tensa y fibrosa. Y la peña, coreando las canciones y dando cabezazos, con la boca abierta ante los movimientos de aquellas anguilas saltarinas y la mente puesta en los discos de The Jam, Buzzcocks, Siouxsie, The Clash o los Pistols. Y los tres chavales, elegantísimos, derrochando actitud y energía. Y buena música. Matt mascando chicle y vociferando su rabia juvenil escudado tras su Rickenbacker chirriante, escupiendo melodías esquivas, duras y desesperadas. Issey haciendo coros y malabares con su bajo, interpretando el papel de ángel oscuro y ligeramente enloquecido. Harry tocando la batería como un operador de ametralladora en una trinchera belga: calmado, rítmico, económico, certero, cuidadoso y con una cadencia asesina.

Les recuerdo que el trío todavía no tiene disco en la calle. Solamente unos singles que se pueden escuchar en plataformas digitales, así que imaginen la ansiedad que ha generado entre el respetable el anuncio de la publicación de su primer largo a finales de enero de este año que viene. Entonces llegará el momento de la verdad, de comprobar si han conseguido enlatar convenientemente el sonido potente, fresco y agudo de una propuesta que, si bien no es ninguna novedad, posee el encanto y la verdad de un fuego muy antiguo y tremendamente abrasador. Llegará ese momento, y también todos los demás por los que pasan las bandas de rock, éxitos, fracasos, crisis, evoluciones, estancamientos y renovaciones. Muchos opinarán de todo ello, los ensalzarán, los menospreciarán, los bendecirán y los calumniarán, pero nosotros siempre podremos decir que estuvimos allí para verlos antes que nadie.

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