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Fuera de compás

Las edades de Spotify

Este año la novedad ha sido la asignación de una edad musical a cada usuario. A mí me la ha acertado: 49 tacos, pero no contaba con que mi artista top iba a ser Juan Luis Guerra.

Juan Luis Guerra.

Juan Luis Guerra. / L-EMV

Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

Anda el personal revolucionado, como cada fin de año, con el informe que Spotify envía a sus usuarios desgranando sus gustos y costumbres en el consumo de música de la plataforma digital. Para unos es una garrulada, para otros una formidable herramienta, ya no sólo de entretenimiento, sino de autoconocimiento. Me gusta ver el mío y compararlo con el del resto de conocidos porque me ayuda a descubrir grupos, artistas y estilos que me son desconocidos o que no me han despertado interés. Ya les he dicho alguna vez que a los que se dedican de manera profesional o amateur a la prensa musical, como yo con esta modesta columna de opinión semanal y alguna crónica esporádica de conciertos o festivales, nos parece que es un instrumento muy útil.

Este año la novedad en el reporte ha sido la asignación de una edad musical a cada usuario determinada con la época del material que escucha. Ha provocado un gran revuelo y muchas situaciones jocosas, como que quinceañeros se vean más allá de la jubilación por su beatlemanía o, por el contrario, gente que peina canas se vea radicalmente rejuvenecida por su afición al reguetón o al indie dosmilero. A mí me la ha acertado: 49 tacos. Escucho mucha música de los años 90, que al fin y al cabo es mi época. Con lo que no contaba yo era con que mi artista top iba a ser Juan Luis Guerra. Sí, el barbas aquel de las bachatas.

Resulta que el invento, además de acertarme la edad con su wrapped, me ha recordado que soy padre. De un niño de 11 años y de una niña de 6. Martín vuela solo con su perfil propio, pero Greta me vampirizó el móvil con la maldita “Bilirrubina” durante los primeros meses del año. Que ni desayunaba, ni se vestía, ni iba al colegio si no era con aquella copla en bucle y a todo trapo. Ah, y yo la tenía que bailar con ella porque, si no, me gritaba que era un rollo de padre y se atrincheraba en la cama. Y yo venga a mover el esqueleto latinamente para que la cosa llegara a buen puerto. Martín me preguntaba por lo bajini si no iba a ser que el gachó tenía la hepatitis. Y yo, que naturalmente, que estaba más amarillo que un Seat León. Y así, a base de estudiar la letra, nos convalidaron primero de Medicina.

Por una hija, lo que sea. Como bailar merengue durante meses para evitar una incómoda visita de Inspección Educativa por reiteradas faltas de asistencia y puntualidad. El caso es que escuchando “La bilirrubina” y otros éxitos del dominicano (al que le he cogido una inconfesable afición) me puse a pensar en que ya han pasado más de 30 años de cualquier cosa musical que me importara de verdad. Del grunge, del britpop, del rock alternativo, del indie. Del primer amor, de los primeros traumas, de los muchos errores, de los pocos aciertos, de las oportunidades perdidas y de todas aquellas cuestiones que forjaron la personalidad de mi generación.

Gente en la cincuentena, criando, intentando educar, luchando para que nuestra descendencia tenga una vida como la nuestra. Mejor va a ser imposible, abran el diario por la página que quieran. Personas que vuelven de dejar a los niños en el cole a la soledad de su casa en silencio y se ponen “Range Life” de Pavement a todo volumen para quitarse el regusto a verbena de camping y a leche con magdalenas. Asumiendo, de una vez por todas, que el único culpable de que el walkman se quedara sin pilas fue solo tuya, que el instituto terminó y que todos aquellos fantasmas vivirán contigo por muchas veces que los autopsies con el escalpelo del recuerdo.

Humanos cumplidores pero emocionalmente frágiles, que pensaron, craso error, que no iba a ser peor de lo que era, como en “Cumpleaños total” de Los Planetas. Que indefectiblemente, cuando llega la navidad y el informe de Spotify, desean con todas sus fuerzas que termine el invierno para volver a nadar en el mar, y soñar el verano en el que fuimos novios y poderle cambiar el final, como cantaban Family. Personas como yo que, siguiendo con un Top 5 que completa La Costa Brava, continúa adorando a las pijas de su ciudad, aquellas con las que estudiaba y que, al final, han acabado tan perdidas y tan atropelladas por el paso del tiempo como cualquiera de los demás, tengan la edad musical que tengan.

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