Arte
Antònia Folguera, comisaria del Sònar+D y de Vortex: "El arte disruptivo nace en la contracultura y es el que hace avanzar el lenguaje, la estética y la tecnología"
Es una de las voces más autorizadas en lo que a creación cultural se refiere. Antònia Folguera (Lleida, 1973) sabe prever el futuro del arte, hacia dónde van las tendencias y cómo mezclarlo con ciencia y tecnología. Es curadora del Sònar+D, la línea del festival que explora los espacios compartidos entre la creatividad, la innovación y la tecnología, además del festival Eufònic, dedicado a las artes sonoras, visuales y digitales. Ahora es la responsable de la programación artística de Vortex, la sala destinada al arte digital en Bellver Blue Tech Zone.

Antònia Folguera durante la presentación de la sala Vortex en la Bellver Blue Tech Zone / BBTZ

Asegura que todavía estamos en la superficie del arte digital. ¿En qué sentido?
Que todavía no es muy conocido. Hay gente que, cuando ve una pieza de arte digital, no es consciente de que detrás hay un artista. Por ejemplo, cuando se hacen mappings o piezas de gran formato, muchas veces no se perciben como un trabajo artístico. También influye que los nombres de los artistas digitales no han trascendido a nivel popular. Tampoco es imprescindible que lo hagan, pero si a una persona no iniciada le preguntas por tres artistas digitales, seguramente no sabrá qué responder. Además, aunque el arte digital sea tan antiguo como los ordenadores, es una disciplina que evoluciona a la par que lo hacen las máquinas y se expanden también las posibilidades creativas. Por eso digo que estamos todavía en la superficie: seguimos explorando qué es posible hacer. De hecho, es muy difícil definir qué es el arte digital más allá de decir que es arte hecho con ordenadores y que solo puede existir gracias a ellos.
También apuntaba a la dificultad de crear un lenguaje propio en esta disciplina. ¿Tiene que ver con que sea un arte aún en desarrollo?
Exactamente. Cuesta mucho crear un lenguaje propio no solo porque esté en desarrollo, sino también por la enorme diversidad de lenguajes y de escenas que conviven dentro del arte digital. Al final, aunque muchos artistas utilizan herramientas similares, los contextos son muy distintos: hay quienes trabajan para teatro, danza o conciertos; otros hacen arte web que se disfruta a través de internet; otros se mueven más en el vídeo o el arte generativo. Incluso el arte sonoro hecho con medios digitales forma parte de este ecosistema. A nivel estético ocurre algo parecido. Aunque existen corrientes y escenas diferenciadas, son pocos los artistas cuyo trabajo resulta inmediatamente reconocible, de esos que ves una pieza y reconoces que sea de Alba G. Corral, Playmodes o Desilence.
En Vortex, el arte digital se vive desde dentro y no desde enfrente. Más allá de la inmersión, ¿qué pueden ofrecer las artes digitales?
Lo mismo que cualquier otro tipo de arte: emocionar al público, transmitir ideas, sensaciones, emociones e incluso conocimiento a través de medios artísticos. La inmersión no es exclusiva del arte digital, pero sí es cierto que hay un tipo de experiencia inmersiva que solo puede lograrse con herramientas digitales. Me refiero, por ejemplo, a la realidad virtual, la realidad aumentada o a una experiencia como la de Vortex, que al final es bastante similar a ponerse unas gafas de realidad virtual.

Antònia Folguera durante la presentación de la sala Vortex en la Bellver Blue Tech Zone. / BBTZ
¿Cree que todavía hay que educar a la sociedad para valorar y apreciar esta técnica?
Sí, hay que hacer un gran trabajo de educación para que la sociedad valore y aprecie el conjunto de técnicas que forman parte del arte digital, porque a nivel popular sigue siendo muy desconocido. Aunque también es verdad que vamos a tardar mucho en educar en arte digital cuando en la mayoría de los programas educativos apenas se llega al arte contemporáneo. Normalmente se estudian algunas vanguardias y, a partir de ahí, ya no hay nada más. El arte contemporáneo, el arte de hoy, no suele incluirse como una disciplina o un conocimiento necesario, salvo que estudies algo muy especializado. Por eso creo que es fundamental hacer un trabajo de divulgación y formación para que la gente lo entienda y lo valore.
En The Rhythm of the Ocean, el trabajo de Desilence —que lleva 20 años en activo— se suma a la música de Suzanne Ciani, con más de 60 años de trayectoria en la electrónica. ¿Cuánto tiempo se tarda en reconocer un trabajo vanguardista hasta que llega al mainstream?
Depende mucho de cada artista y no creo que tenga que ver específicamente con el arte digital. Cada creador llega a su momento cuando le llega, y eso no suele depender solo de él ni responde a reglas muy claras. Hay artistas que alcanzan su mejor momento creativo y el reconocimiento muy pronto, cuando son jóvenes, y otros que no son reconocidos hasta más tarde, incluso cuando ya han encontrado su lenguaje siendo mayores. Esto no es exclusivo del arte digital; ocurre en la literatura, en la pintura, en el cine. Es algo de lo que no se habla demasiado. Además, muchas personas que van avanzadas a su tiempo -y entre los artistas hay muchas- suelen ser reconocidas en la madurez.
Como experta en artes, ¿cómo se ve València desde fuera en lo que respecta a la contracultura?
Hay muchísimo talento y muchísima creatividad y en el ámbito del arte digital también hay bastante movimiento. Es cierto que existe esa polarización Madrid-Barcelona que excluye a otras ciudades, pero también creo que en estos momentos están surgiendo iniciativas fuera de las grandes capitales. En los próximos años veremos cómo otras ciudades, e incluso entornos más pequeños o rurales, acogen propuestas culturales interesantes, tanto de música como de arte digital. En mi caso, por ejemplo, siempre digo que mi “otro festival” es Eufònic, que se celebra en las Terres de l’Ebre y que dedica una parte importante de su programación a las artes digitales y performativas. València no es menos que cualquier otro territorio del mundo e irá ganando fuerza a medida que la gente se familiarice más con el arte digital. Además, hay que tener en cuenta que casi todo el arte disruptivo nace en la contracultura, en el underground. Es ese arte el que hace avanzar el lenguaje, la estética y la tecnología, y muchas de las expresiones que hoy son underground serán mainstream dentro de una década. Así es como funciona este ciclo.
Desde su background en la electrónica, ¿cómo ve la evolución de València tras el bacalao de los 90 en comparación con ciudades como Madrid o Barcelona?
Es cierto que después de la explosión del bacalao en los años 90, cuando no solo las discotecas, sino también los artistas y los sellos discográficos lanzaban música de manera muy intensa, da la sensación de que una vez terminó aquello, todo desapareció. Pero no creo que sea así en absoluto. València se convirtió en el epicentro de ese fenómeno y se puso el foco ahí. Cuando ese foco se retira, no significa que la actividad desaparezca, sino que quizá hemos dejado de prestar atención. Y eso es algo que no deberíamos hacer.
"El arte más interesante surge de la interdisciplinariedad: de renunciar a una única disciplina, de adentrarse en territorios que no siempre son los propios y de dialogar con otras prácticas; ahí se produce la vanguardia y donde surgen ideas nuevas"
Comisaría Vortex y dirige la programación de Sónar+D, donde se cruzan distintas disciplinas artísticas. ¿El futuro del arte pasa por la interdisciplinariedad?
Sí, creo que el arte más interesante surge de la interdisciplinariedad: de renunciar a una única disciplina, de adentrarse en territorios que no siempre son los propios y de dialogar con otras prácticas. Eso permite hacer evolucionar las herramientas, el lenguaje, la estética y también llegar a públicos diferentes. Creo mucho en la hibridación de formatos, disciplinas y lenguajes. Es en esa hibridación donde se produce la vanguardia y donde brotan las ideas nuevas. Así que sí, soy muy partidaria tanto de la interdisciplinariedad como, incluso más, de la indisciplinariedad.
El Sònar se caracteriza por ser puntero y vanguardista. ¿Es hoy más difícil confeccionar un cartel que antes, cuando la oferta era menor?
El equipo de 'booking' del festival podría responder mejor a esta pregunta, pero creo que siempre ha sido igual de difícil. No pienso que fuera más sencillo hace 30 o 20 años. Programar un festival siempre es un reto. La clave está en el comisariado, en encontrar la mezcla adecuada entre 'headliners' y artistas emergentes, entre propuestas más accesibles y otras más ariscas, vanguardistas o incómodas. Desde el inicio, una de las grandes virtudes de Sònar ha sido reunir comunidades muy distintas alrededor de la música electrónica, desde la más bailable y mainstream hasta la más experimental. Además, siempre han tenido cabida músicas que no proceden estrictamente de la electrónica, lo que nosotros llamamos música avanzada, en diálogo con la música clásica, contemporánea, el jazz o el folk. Incluso hemos tenido bandas valencianas en el cartel. Al final, la mezcla es la receta para llegar a públicos diversos.
¿Afecta al Sónar la cuestión territorial? ¿Podría salir de Barcelona como hizo el Primavera Sound?
Actualmente hay ediciones de Sónar en Barcelona y en Estambul, y hasta el año pasado también la hubo en Lisboa. A lo largo de sus 30 años de historia se han celebrado Sónar en unas 50 ciudades: Estocolmo, Copenhague, Tokio, Buenos Aires, Santiago de Chile, São Paulo, Bogotá, Reikiavik, entre muchas otras. Sònar ha existido en prácticamente todo el mundo, al menos en cuatro continentes, y seguramente en el futuro se sumarán nuevas ciudades o volverán otras que ya lo han acogido. Para la edición de 2026 se han anunciado recientemente los primeros nombres del cartel musical y, a comienzos del nuevo año, iremos comunicando más novedades.
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