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Fuera de compás

Nuevas costumbres navideñas

Después de haber sobrevivido a la nauseabunda monstruosidad perpetrada por David Bisbal con el burrito sabanero, ahora toca lo del Elfo Travieso.

David Bisbal

David Bisbal / Daniel Gonzalez

Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

Ahora mismo no recuerdo quién me convenció para apuntarme al ritual navideño del muérdago, ese hierbajo pinchudo que, supuestamente, procura la felicidad eterna a los que se besan bajo él. Te lo regalan, lo cuelgas cerca de la puerta de casa y garantiza la salud y la buena suerte para toda la familia durante un año entero. Lo que no sé si saben es que el éxito de la maniobra requiere cierta actitud proactiva. Vamos, un currito, porque resulta que llegado el 13 de diciembre, día de santa Lucía, hay que quemar el ramillete viejo y sustituirlo por uno nuevo. Así que allí estaba yo hace un par de sábados, tal y como me recomendaron, paseando por toda la casa aquel pequeño incendio dentro de una cacerola, ahumando las habitaciones, dejando un rastro de hollín y peste y aterrorizando a la parienta y a los niños gritando ‘unga-unga’ o alguna memez por el estilo. Lo de hacerlo desnudo ya fue cosa mía, porque leí que en los rituales de purificación lo que sobra es la ropa. Además del conocimiento, por lo visto. No sé si lo quieren más dantesco, pero se puede intentar.

Resulta que, escuchando la radio mientras pinto el techo, descubro que Estopa han sacado un villancico entre rumbero y bakala, una especie de turbofolk infumable basado en una canción tradicional extremeña. Además, parece ser que forma parte de un video para una campaña de AENA en la que los hermanos Muñoz viven una lisérgica aventura guiados por un elfo navideño. Y exactamente eso, el maldito elfo, es lo que me ha llevado a hacer la cuenta de las absurdas y estúpidas tradiciones que venimos comprando desde hace unos años para pasar estas entrañables fiestas de una manera, digamos, más divertidas. Ole la gracia, y tal. Lo del muérdago, ya ven. O esas estrafalarias pelucas, diademas y boas con las que la peña se adorna tan indignamente. El cava con oro, el mannequin challenge, el tanga rojo para fin de año. Qué desacato, qué ordinariez. Y si es lo de esos espantosos suéteres coloridos, que venga Santa Claus y lo vea. Vale cualquier temática: dinosaurios, metralletas, dibujos animados, la catástrofe de Chernóbil, Satanás. Yo juraría haber visto uno al que le cuelga una pilila en medio del pecho. Un sindiós.

Pues como si no tuviéramos bastante, y después de haber sobrevivido a la nauseabunda monstruosidad perpetrada por David Bisbal con el burrito sabanero el año pasado, ahora toca lo del Elfo Travieso. Ojo, que este año es lo más. Te compras (adoptas, dicen ellos, que viene hasta con certificado) un monigote con aspecto de ayudante de Papá Noel que no es otra cosa que un chivato que le cuenta al gordo barbudo si los niños se portan bien o mal. Todo filfa, claro, les recuerdo que la magia no existe. Así que son los padres los que, para darle vida a la charlotada, van moviendo al muñeco por la casa durante la noche, dejándolo en situaciones divertidas para que los niños flipen cuando lo busquen al despertar. Y son esas travesuras tan creativas las que determinan el grado de gilipollez de los progenitores, generando en ocasiones traumas de los que sus hijos no se recuperarán jamás.

Ay, mira, el elfo se ha comido el chocolate de vuestros calendarios de adviento. Uy, pues esta noche se ha dedicado a desmontar el árbol de navidad. Qué gracioso, de madrugada ha derribado las figuritas del belén. Anda, si ha vaciado la pasta de dientes. Anteanoche agujereó los calzoncillos de papá, hoy ha destripado al resto de peluches en una reyerta. Ayer cagó y no estiró de la cadena. Menudo tronco de navidad, me parto. Como si estas fiestas no fueran un agujero negro de esfuerzo y dinero. Y tú, ahí, estudiando recopilaciones de putadas imaginativas que llevan instrucciones tan detalladas que en lugar de un elfo travieso parece que has adoptado una banda de gremlins adictos al espid y a la ultraviolencia. Y además, vas y lo cuelgas en tus redes sociales. Vaya tela.

Que sí, que vale, que soy un desaborío y un sieso, pero es que creo que esto se nos está yendo de las manos y que cada año somos más tontos. Y pese a que soy un gruñón y menos navideño que el Grinch, no quería dejar pasar la ocasión de felicitarles estas fiestas y desearles un año nuevo lleno de salud, paz y amor desde esta paginita. Hale, hasta después de reyes.

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