Concierto
Rubén Pozo, músico: «No quiero vivir con ansiedad para hacer la música más grande; la música no es una competición»
El cantante y compositor actúa el sábado 27 de diciembre en La Rambleta, en un concierto a la hora del vermú, en sintonía con la actitud de su disco; vitalista, con la energía de las cosas que están a punto de empezar y con ese sonido inconfundible de quien lleva más de 25 años haciendo música. Rubén Pozo (Barcelona, 1975), celebra su medio siglo de vida con '50town', su nuevo disco que recoge, en diez canciones, toda una vida a la guitarra: «Quiero que mis canciones suenen a casa, tanto para quien me conoce como para quien me escucha por primera vez».

Rubén Pozo, en una imagen durante el rodaje de su videoclip 'Efímero'. / RP

—Vuelve a la carretera después de un parón desde 2023. Decía que más que una pausa ha sido una toma de impulso necesaria para que naciera '50town'. ¿Qué necesitaba recolocar en ese tiempo?
—Sobre todo necesitaba hacer canciones. Tenían que salir de verdad y tenían que gustarme. Y así ha sido.
—Durante ese tiempo escribió más de cuarenta canciones. ¿Qué criterio siguió para elegir las que finalmente entraron en el disco?
—Las mejores, las que más nos gustaban. A mí y al equipo con el que he trabajado. El disco lo grabamos en La Casamurada, un estudio de Tarragona, y lo ha producido Ricky Falkner.
—Este regreso lo hace, además, con banda, con 'Los chicos de la curva'. ¿Cómo está siendo la experiencia?
—Muy bien. La banda está increíble, suena increíble. Estamos dando conciertos de diez y es por ellos, no por mí. Son mucho mejores músicos que yo y suenan tan bien que yo solo tengo que subirme al escenario y dejarme llevar. Están siendo los mejores conciertos de mi vida.
—¿Había trabajado antes con ellos?
—Solo con Ángel Herranz, el bajista. A la batería está Loza y a la guitarra Charly Bastard. Hicimos un ritual satánico, pero blanco, sin sangre ni nada, solo mental. La bruja buena de 2026 nos bendijo y nos dio superpoderes. Y ya está, todo genial.

Rubén Pozo junto a los integrantes de 'Los chicos de la curva', la banda que le acompaña en la gira con 50town. / Sara Irazábal
—'50town' suena muy fiel a su identidad musical, aunque es evidente que ha habido cambios internos.
—Sí, principalmente ha sido el cambio de productor. Venía trabajando varios discos con José Nortes y esta vez decidí cambiar, no por nada concreto, simplemente como cuando un día vas al trabajo por otro camino distinto. Llegas más o menos igual, pero has cambiado el recorrido. Las canciones siguen siendo muy mías, pero creo que suenan a 2025. No sabría explicar bien qué es lo diferente, se me da fatal eso, pero solo espero que sigan siendo emocionantes y que la gente que me sigue las sienta de verdad. Lo único que quiero es que quienes ya están, se queden.
«He perdido el miedo al fracaso; me gusta eso de fracasa otra vez, pero hazlo mejor»
—¿No le obsesiona atraer a público nuevo?
—No. Me genera mucha ansiedad intentar empujar las cosas hacia fuera. Llevo muchos años con la misma gente, que es la que me da de comer y cariño y quiero quitarme esa ansiedad. Si no han venido ya, no sé… tampoco pasa nada. Yo hago mis canciones y con la gente que me sigue estoy muy a gusto. Los que estamos, estamos felices [Ríe].
—Ese planteamiento resulta casi contrario en un sector cada vez en guerra y competitivo por hacerlo todo más grande.
—No estoy muy puesto en todo eso. Hay muchas cosas que no sigo y que no son mi mundo. No hablo mal de nadie, pero yo solo puedo responder por lo que hago yo.
«Esta música nació en salas pequeñas, con la gente cerca, y ahí es donde mejor suena»
—Que resulta ser algo íntimo, cercano. Resulta reconfortante entre conciertos y campañas gigantes.
—Sí. Me da ansiedad, no me gusta y no quiero vivir con ella. En las esferas grandes, las tonterías también se hacen muy grandes. Cada uno lleva su cochecito como puede y como quiere. La música no es una competición. No es como los cien metros lisos, que se miden con un cronómetro. Las canciones no se pueden medir así. Van por el aire, no las puedes tocar, ni meter en un bolsillo, ni hacerles una escultura. Y eso es lo que me gusta de este oficio.
—Escuchando el disco, la sensación para quien lleva años siguiéndole es de sentirse en casa.
—Eso es lo más bonito que me han dicho esta semana. Eso es exactamente lo que quiero: que alguien, me conozca o no, lo escuche y le suene a casa. De verdad, gracias.
—Pese al cambio de productor, ¿no quería experimentar?
—Quiero reconocerme en lo que hago. Y si además tú me reconoces ahí, pues mejor. Hay pequeñas evoluciones: una canción como 'Efímero', por ejemplo, con un riff más duro y yo cantando casi rapeando, en una tesitura grave, eso no lo había hecho nunca. Pero hago canciones precisamente para hacer cosas que no he hecho antes. Los temas cambian un poco con la edad, aunque al final siempre hablamos de amor, desamor y del paso del tiempo, puedes tener 90 años y estar enamorado como un adolescente de 14, porque ese sentimiento no tiene edad.
—Este sábado llega a València, al Teatro Rambleta, y después pasará por Castellón y Alicante. ¿Cómo está siendo la acogida del disco?
—Está pasando algo muy raro: estamos vendiendo más entradas que nunca. La gente viene y quiere escuchar '50town'. Toco canciones antiguas, incluso de Pereza, pero el público celebra sobre todo las nuevas. Estamos rehaciendo el repertorio concierto a concierto porque quieren más canciones del último disco. Estoy viviendo algo que no me había pasado nunca: que la gente quiera escuchar el disco nuevo. Y lo celebro.
—¿Qué feedback está recibiendo?
—Muy bueno. En este disco he estado más relajado, me he divertido mucho grabándolo. Me he fiado cien por cien de Ricky Falkner y le he dicho que sí a todo. A la tercera idea brillante pensé: no lo estropees, deja fluir. Ha sido tan fácil hacerlo que me resultó raro. Y me gusta mucho que esté pasando esto con este disco, sobre todo en salas pequeñas, que es donde nació esta música, donde oyes lo que la gente dice, lo que comenta, si te insultan o si te piropean.
— Que casi funcionan a demanda.
—Exacto. Esta música exige un público delante, sintiendo y bailando a la vez. Es una música que nació en sitios pequeños y mal iluminados, con humo, y los sitios grandes no son los naturales para esta música. Si hay 100 millones de personas que quiere verte, los haces, claro que sí. Pero el origen es The Cavern, en Liverpool, con no más de 80 personas. Puedes hacer estadios, pero te acordarás de los garitos: "Hostia, me moría de hambre, pero qué bien sonábamos". [Ríe]

Rubén Pozo presenta en València '50town'. / Sara Irazábal
—¿Cómo ve el momento actual del pop-rock y el indie?
—Lo veo bien. Los conciertos se llenan y hay gente haciendo cosas muy bonitas. A mí me gustan las canciones emocionantes, me da igual la etiqueta. Siempre encuentro algo que me toca. Como decía Bécquer, "podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía". Pues igual: siempre habrá canciones que te hagan sentir acompañado, porque alguien ha pasado antes por lo mismo que tú. Hacen comunidad. No son un medicamente, pero alivian.
—Tiene canciones que ya son parte de la cultura musical del país, que corean entre la generación Z. ¿Le pesa ese legado o lo celebra?
—Yo las toco y las disfruto. La generación Z que haga lo que quiera. Si vienen a escucharme, encantado. A veces veo gente joven que al principio parece desconfiar, pero luego entran al trapo, sobre todo con los 'rock&roll' más rancios y antiguos. Igual es que no los habían escuchado así nunca, en directo.
—Para terminar: ha dicho que se ha divertido grabando este disco. ¿Cree que tiene que ver con haber cumplido 50 y perder el miedo?
—Puede ser. Sobre todo he perdido el miedo al fracaso. Me gusta esa idea de “fracasa otra vez pero fracasa mejor”. Estoy en ese punto. Quiero pasarlo bien en todo: en la música, en la vida, en una conversación como esta. Estoy más relajado y cuando estoy así, las cosas suelen salir mejor. A veces no, claro, hay días malos, pero en general la balanza se inclina hacia el buen rollo. Y cuando eso pasa, las piezas caen boca arriba.
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