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TEATRO

'Música para Hitler' o la posibilidad de elegir y decir no al fascismo

Juan Carlos Rubio dirige a Carlos Hipólito y Cristóbal Suárez en una obra que recrea y ficciona la negativa de Pau Casals a tocar para Hitler, y que se puede ver en el teatro Olympia de València

De izda. a dcha., Cristóbal Suarez, Kiti Mánver y Carlos Hipólito, en un momento de 'Música para Hitler'.

De izda. a dcha., Cristóbal Suarez, Kiti Mánver y Carlos Hipólito, en un momento de 'Música para Hitler'. / Teatros del Canal

Marta García Miranda

Madrid

Violonchelista, compositor y director de orquesta, Pau Casals fue, además, un humanista y un activista defensor de la paz y la democracia. En 1917 se negó a tocar en la Rusia soviética y en 1933 rechazó tocar con la Filarmónica de Berlín en la Alemania de Hitler. En 1943, desde su exilio francés en Prades de Conflent, lugar desde el que ayudaba económicamente a muchos refugiados españoles, Casals rechazará otra vez una nueva petición del Tercer Reich de tocar en un concierto, alegando problemas de salud. Y esa visita a su casa, Villa Colette, de un joven oficial nazi para convencerle de aceptar la invitación del dictador será la que lleven a escena en Música para Hitler los dramaturgos Yolanda García Serrano y Juan Carlos Rubio, que también firma la dirección del montaje. En la piel de Pau Casals, Carlos Hipólito y en la del nazi Johann Grass, Cristóbal Suarez. Junto a ellos, Marta Velilla da vida a Enriqueta, sobrina del músico, y Kiti Mánver, a Francesca Vidal i Puig, a Tití, como llamaba Casals a la mujer con la que se exilió en 1939 y con la que convivió durante años sin poder casarse, porque su esposa, la soprano norteamericana Susan Metcalfe, no le concedió el divorcio. La obra se estrenó el pasado 7 de marzo en el Palacio de Festivales de Santander y ahora llega al teatro Olympia de València.

Rubio y García Serrano escribieron Música para Hitler hace diez años y se basaron en la abundante documentación que existe sobre la vida y la obra de Casals. Visitaron su fundación y casa museo, leyeron biografías, consultaron sus grabaciones, sus clases y construyeron una obra que se nutre de material real pero que ficciona cómo se produjo aquel segundo no de Casals a Hitler y cómo fueron esas conversaciones en Villa Colette durante la visita de tres oficiales alemanes, que aquí reducen a uno solo. La obra, estructurada a partir de los seis movimientos de la Suite Nº 1 de Bach para violonchelo, refleja a lo largo de un solo día la vida cotidiana de Casals, marcada por la escasez y una posible depresión, su relación de amor con Francesca (entregada a su cuidado, a pesar de estar enferma) y de férrea protección sobre su sobrina, pero también sus profundas convicciones democráticas y la repugnancia que le provoca el fascismo. “Escapamos de un dictador y hemos terminado bajo la bota de otro. El Canigó antes era el muro que nos defendía de la sinrazón, pero ahora la sinrazón ha triunfado a ambos lados de los Pirineos”, dirá Casals en escena.

“Todos sabemos que fue un genio de la música, que fue un hombre enormemente comprometido con los derechos humanos, con la paz, con su ideología y de una coherencia absoluta, pero en la obra descubrimos sus tristezas, sus miedos y también su enorme fortaleza interior y humana”, explica Carlos Hipólito. Después de su negativa, a Casals no le pasará nada, no sufrirá castigo o represalia. Y ahí precisamente, en ese punto ciego sobre lo que sucedió en Villa Colette, sitúan la historia Rubio y García Serrano, en un intercambio dialéctico entre el músico y el nazi en el que uno y otro defenderán sus posturas y en el que se irá desvelando que el oficial alemán pasó en su día “de luchar por el arte a luchar por recuperar la dignidad de una raza” y, al final, tendrá en sus manos el destino de Casals, cuando este se niegue, una vez más, a tocar para Hitler.

“Contamos una historia muy hermosa —explica Cristóbal Suárez—, un cuento moral cuya tesis es muy sencilla. Vivimos rodeados de una crueldad tan grande que es fácil dejarse llevar por la idea de que el sistema funciona así y no hay otra opción, pero la tesis de la función es que todavía podemos elegir, que no hay cúmulo de estupidez en el mundo que pueda evitar ese vínculo que todavía existe entre las personas, que estamos cerca todavía, que podemos mirar al otro y reconocerlo”.

¿Un nazi sensible es menos nazi?

En Música para Hitler, Juan Carlos Rubio y Yolanda García Serrano deciden usar la belleza y la cultura como herramientas de transformación, como armas capaces de resquebrajar o inhabilitar el mal, en este caso el fascismo. El nazi que interpreta Cristóbal Suárez quiere aprender a tocar bien el chelo, sabe apreciar la belleza de la obra de Bach, admira a Casals. ¿Un nazi sensible es menos nazi? A Hitler también le gustaba la música. El arte. La pintura. Y eso no impidió que asesinara a millones de personas. A pesar de negarse a tocar para el dictador, Johann salva a Casals porque él defiende con ferocidad el exterminio, pero no el del músico español, tan dotado para la belleza. Y esa decisión dramatúrgica, que se opone claramente a una visión simplista de la naturaleza humana pero convierte la cultura y el arte en antídoto frente a la maldad, no deja de ser problemática y algo ingenua en una obra que dialoga con el presente, en un contexto de guerra en Ucrania y masacres diarias en Gaza, en pleno auge del fascismo global o con encuestas en España que señalan que el 36% de los jóvenes de 18 a 28 años está dispuesto a votar a Vox, frente a un 15% de chicas de la misma franja de edad.

¿Por qué decide construir ese personaje de joven nazi sensible? ¿Y por qué decide salvarlo al final de la obra? “Yo no lo salvo”, contesta Juan Carlos Rubio a preguntas de EL PERIÓDICO DE ESPAÑA. “Creo que la sensibilidad es algo que puede estar ahí, a pesar de las mayores atrocidades. Creo que hay padres y madres que matan a sus hijos y han demostrado una enorme sensibilidad en otro momento de su vida. Creo que ciertas cosas no son incompatibles. Y creo que los seres humanos somos más complejos de lo que pueda parecer a primera vista. Yolanda y yo no hemos pretendido salvar a un nazi. Hemos pretendido que el espectador o el lector se pueda enfrentar a sus propios límites y, sobre todo, creo que, en una enorme proporción, los seres humanos reaccionamos dependiendo del bando y la época en que hemos caído y de cuáles son nuestras circunstancias e intereses personales. Creo que santos hay un 5%, demonios otro 5% y el 90% restante depende de la cesta en que nos haya colocado la vida o nuestro nacimiento”.

Carlos Hipólito, en el papel de Pau Casals, y Kiti Mánver en el de su compañera sentimental Francesca Vidal i Puig 'Tití'.

Carlos Hipólito, en el papel de Pau Casals, y Kiti Mánver en el de su compañera sentimental Francesca Vidal i Puig 'Tití'. / Cedida

En una conversación con este diario, Cristóbal Suárez y Carlos Hipólito admiten la complejidad que entraña una decisión de este tipo. “Yo sabía que esta pregunta que haces iba a llegar, pero creo que tenemos la posibilidad en el escenario y Carlos, te miro a los ojos y te lo digo, de ir contra eso, este va a ser nuestro motor. Mi personaje no se puede permitir un átomo de contrición porque eso desmoronaría su mundo, pero también creo que la función no va del nazi que al final llama por teléfono, la obra va de que se puede elegir. Y eso es lo que tiene que pesar”, explica Cristóbal Suárez. El actor admite que cuando leyó el texto, se preguntó también “cómo se iba a interpretar esto, lo que pasa es que en mi ingenuidad o en mi ambición como actor está esa idea de que vamos a poder contarlo a través de la acción, creo que conseguimos algo juntos cuando el teatro está vivo, cuando logramos hacer volar la obra y despegarla del papel y conseguimos que esa contradicción se palpe. Al menos, esa es la flecha que lanzamos”.

Junto a él, Hipólito explica que la postura de su personaje, Pau Casals, respecto al fascismo, está clarísima en el espectáculo: “Le llama perro rabioso, asesino, le dice que nunca podrá ser músico porque la música es rebelde y libre y un soldado nazi jamás podrá serlo. Ideológicamente eso está claro, pero lo que sucedió dentro de esa casa nunca se ha sabido y lo que han hecho Juan Carlos Rubio y Yolanda García Serrano —dice el actor— es un invento muy bueno desde el punto de vista teatral porque han creado una sorpresa. Es decir, este nazi, de niño, estuvo delante de Casals y eso le marcó su vida y, joder, qué suerte ha tenido Casals de que este nazi le haya tocado a él, pero cuidado, que a los de la casa de al lado este mismo nazi que es tan sensible y que toca el violonchelo les va a pegar un tiro. Por eso creo que [los autores] no han querido salvarlo o decir que los nazis también pueden ser buenos, sino que un nazi que lleva su esvástica puesta, que se comporta como un nazi y que cumple una misión ordenada por sus superiores, cuando lo humanizan y nos enteramos de su historia personal, nos podemos dar cuenta de que a lo mejor había muchos soldados alemanes que no estaban convencidos de lo que estaban haciendo y eran máquinas de matar y obedecer, pero luego en su vida privada podían ser estupendos. Es verdad que el peligro que tiene la historia es que pueda parecer que estamos diciendo que los nazis también son buenos, pero no es la intención”.

Sobre cómo esta obra dialoga con el fascismo actual, Hipólito dice, rotundo, que “hay que decir no a esta nostalgia de los regímenes totalitaristas porque estamos volviendo a eso. A los niños se les está diciendo que Franco era bueno y Franco asesinó a muchísima gente. Como ciudadanos tenemos que decir no, a través de nuestro voto, a estos partidos de extrema derecha que están cada vez más envalentonados en la nostalgia del fascismo, del totalitarismo y de los recortes de derechos y libertades. Recordemos que hace un siglo, en los años 20, se fue sembrando lo que se materializó en los 40 en varias dictaduras, en Italia, en España, en Alemania… Hay que darse cuenta de que eso se puede repetir. ¿Y qué arma tenemos ahora? ¿Una guerra? Esperemos que no. Ojalá con nuestros votos podamos frenar eso”.

Por su parte, Cristóbal Suárez confiesa sentirse “muy cansado, agotado de la crueldad a la que estamos sometidos diariamente, y al final me veo a mí mismo en situaciones donde prefiero no mirar, cuando antes sí he querido mirar siempre. Me sucede con el tema de Gaza, con los videos que nos llegan. No puedo más. Antes pasabas al lado de un accidente y querías mirar y ver la sangre y ahora han conseguido que no queramos ver la puta sangre. La esperanza que me queda como actor es la de conseguir que en esta hora y media, en un espacio de reflexión donde no estamos tan sometidos a una mirada única, podamos iluminar un poco a través de la emoción. Yo sé que cuando conseguimos esto tocamos algo muy auténtico, que es la emoción pegada a la memoria del espectador, la comunión que se genera en una obra”.

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