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Josep Lluís Canet, la bonhomía y el magisterio de un filólogo

En su despacho no cabía un libro ni un microfilm más, pero hasta el final dejaría en él —y fuera de él— un impagable espacio para el entusiasmo por el estudio y por el fervoroso y tierno cuidado de la amistad.

Evangelina Rodríguez Cuadros | Catedrática de Literatura Española en la UV

València

Josep Lluís Canet (1951-2026) era un estudioso singular. Lo era, incluso, en el quehacer de la investigación literaria y teatral. Su alta estatura, su talante —tan despreocupado y campechano— iluminaba el sentido que los clásicos dieron a la luminosa expresión 'hombre de bien'. Tal bonhomía se palpaba en su talante, en su razonable fama de exquisito gourmet e incluso en su manera, tan hábil como expeditiva, de transcribir un enmarañado manuscrito del siglo XVI. Porque fue el estudio y edición de las Actas de aquellas reuniones de Academia de los Nocturnos de Valencia —celebradas entre 1591 y 1594 — lo que selló nuestra amistad y complicidad mucho más allá de la militancia universitaria.

Durante años tuve el impagable placer de descifrar el manuscrito que, tanto en el microfilm que custodiaba avaramente como en consulta directa, estudiamos junto a él Josep Lluís Sirera y yo; los tres, en rigurosa cita semanal, nos sentábamos frente a la pantalla del estrafalario cachivache que entonces materializaban los lectores de microfilm. Durante horas seguíamos afanosamente con el dedo las líneas a trascribir: puede que uno de los más obstinados servicios que se haya hecho desde la Universidad a la todavía candente cultura académica que invadió no poca parte de la literatura de nuestro Siglo de Oro.

Una fiel cita semanal nos reunía ante aquella pantalla en una imitatio alegre y fervorosa de aquellos eruditos, poetas o comediógrafos de la Valencia del siglo XVI reunidos en el Palacio de los Catalá de Valeriola. Josep Lluís Sirera se nos fue, pero ambos continuamos trenzando el hilo de su nostalgia hasta dejar el quehacer universitario oficial (que no, desde luego, el vocacional). Para entonces Joe —como le llamábamos todos— nos había inundado de datos sobre la historia de la imprenta valenciana y escrito el estudio más sólidamente actualizado de lo que gustó llamar la «sotil invención» y, con ello, las diversas impresiones de la Celestina o el teatral juego cortesano que revelaban los papeles inéditos del Marqués de Villatorcas (2016). Nunca los orígenes del teatro clásico se prestigiaron tanto y tan variamente en la Universitat de València, donde sería decano de una Facultad de Filología llamada a renovar decisivamente el estudio de los clásicos en las distintas culturas europeas.

A pie de obra enseñó y dirigió tesis apurando el sentido, tan provocador como cierto, de lo que acabamos llamando «humanidades digitales». Entre 2011 y 2020 imprimiría al Servicio de Publicaciones de nuestra Universidad que dirigía un avanzado carácter interdisciplinar. Disimulaba, con espléndida bonhomía, una vocación universitaria ausente de medro y atenta a un laborioso trabajo en equipo. Cierto que sabía provocar con interrogantes: «¿Existió realmente Fernando de Rojas, autor de la Celestina?» tituló después de su perseverante inmersión en la documentación al respecto. Y con la misma minuciosa pasión zarandeaba los textos para situarlos en la contemporaneidad.

Entrar en su despacho suponía la aventura de buscar asiento entre las pilas de textos o microfilmes leídos y repasados minuciosamente, entonces, por una enorme pantalla de lectura donde nos enseñó a apostar por que las comas sirvieran para ordenar todo un universo literario. Los dos nos jubilamos en el mismo año, apostando por seguir siendo universitarios en privado; con él aprendí a intentar dejar en las estanterías de la enseñanza en la universidad el testimonio de una moderna textualidad teatral y literaria para los Siglos de Oro. En su despacho no cabía un libro ni un microfilm más, pero hasta el final dejaría en él —y fuera de él— un impagable espacio para el entusiasmo por el estudio y por el fervoroso y tierno cuidado de la amistad. Tal es su legado como maestro y como amigo entrañable; porque una insobornable vitalidad afectiva contagiaba todo lo que tocaba con la socarrona ironía del sabio, con la certera pasión por la vida, y con el luminoso legado de su amistad. Te perseguiremos en el recuerdo, Joe. Con toda seguridad te dejarás alcanzar.

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