Crítica
Javier Eguillor, el canto de los timbales
Timbalero virtuoso, Eguillor canta, dice y expresa desde su instrumento particular con la seducción y convicción de un cantante o un pianista.

El timbalista Javier Eguillor al frente de la Orquestra de València bajo la dirección de Alexander Liebreich. / Live Music Valencia

TEMPORADA 2025-2026 del Palau de la Música. Programa: Obras de Navarro (Concierto para timbales y orquesta “Tormenta de ritmos”), y Mozart (Sinfonías números 25 y 40). Javier Eguillor (timbales).Orquestra de València.Director: Alexander Liebreich. Lugar: Palau de la Música. Entrada: Alrededor de 1.781 espectadores (lleno). Fecha: Viernes, 16 enero 2026
Entre los mejores músicos que pueblan los atriles de la rejuvenecida Orquestra de València, el timbalero Javier Eguillor (Xixona, 1975) es figura única. No solo por su reconocida categoría instrumental, sino también por su entusiasmo, dinamismo y capacidad de mover Roma con Santiago para convertir sus actuaciones en acontecimientos. Así ha sido su actuación junto con la Orquestra de València el viernes, para estrenar con carácter absoluto Tormenta de ritmos, concierto para timbales y orquesta en el que el buen escribidor de música que es Óscar Navarro (Novelda, 1981) destila una escritura atractiva y fluida, en la que de todo bebe para procesar en una expresión personal, gustosa y cargada de “ritmo, frescura y vitalidad”. Sin ínfulas vanguardistas, pero marcada por la novedad de lo propio y de un lenguaje talentoso y de sólidos medios.
Estreno y actuación han sido, efectivamente, un acontecimiento. Musical y social. Allí estaban, abarrotando la Sala Iturbi del Palau de la Música, desde todos los percusionistas habidos y por haber, a los dueños del restorán de cabecera de Eguillor y hasta el mismísimo director de este periódico. Todos aplaudieron -aplaudimos- la expansiva interpretación del timbalero virtuoso, que desde su instrumento particular canta, dice y expresa con la seducción y convicción de un cantante o un pianista. Los timbales de Eguillor reivindican y afirman la universalidad del lenguaje musical.
El estreno del concierto de Navarro ha sido un éxito inapelable. Tanto por los méritos de la obra en sí, como por la versión vibrante y rotunda de Eguillor, quien contó con el concurso de sus propios colegas de la Orquestra de València y la batuta solvente, despierta e involucrada de un Alexander Liebreich que jamás hace ascos a las nuevas músicas. Todos, incluido el propio Navarro, recogieron el aplauso unánime y los bravos del variopinto público. Tras reiteradas salidas a saludar, solista, orquesta y maestro ofrecieron de regalo un fragmento de otro de los grandes caballos de batalla de Eguillor: el Concierto para timbales del estadounidense Michael Daugherty.
Después, tras la pausa, el genuino mozartiano que es Liebreich se sumergió en la melancólica y profunda tonalidad de sol menor para volcarse en las Sinfonías 25 y 40 de Mozart, de las que ofreció versiones pulidas, razonablemente articuladas y de tiempos vivos. Recreadas dieciochescamente en los minuetos -la sombra de Haydn es poderosa en la Sinfonía 25-, y de vivificantes dinámicas, claramente involucradas en la nueva visión mozartiana impuesta en el último cambio de siglo, con la revolución historicista de los Harnoncourt, Leonhardt, Gardiner y etecé. La cuerda de la OV sonó con vibrato contenido y la frescura, fidelidad y calidad de las formaciones especializadas. De un modo impensable hace apenas pocos años. De la mano de Liebreich, la Orquestra de València se ha librado del talón de Aquiles que desde sus primeros tiempos fue la maravillosa música del creador de Las bodas de Fígaro. Gran y feliz concierto.
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