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Escritor

Víctor del Árbol: “Cuando afrontas una historia estás otra vez en el abismo y eso me encanta"

El escritor barcelonés cierra la trilogía del sicario sin nombre con "Las buenas intenciones", un título con el que pretende mostrar "sin juicios" ni "moralejas" cómo las "luchas internas acaban condicionándonos".

Víctor del Árbol, en la redacción de Levante-EMV, antes de la entrevista.

Víctor del Árbol, en la redacción de Levante-EMV, antes de la entrevista. / JM López

Juanma Vázquez

Juanma Vázquez

València

Con una carrera literaria que cumple este año dos décadas, Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) se ha erigido como uno de los grandes exponentes de la novela negra en España. Con 'Las buenas intenciones' (Destino, 2026), el escritor cierra una trilogía, la del sicario sin nombre, con la que cree que ha "mejorado mucho a nivel novelístico". "Cuando pensé en este universo de personajes, tenía muy claro que quería hacerlos evolucionar hacia un punto determinado. Y una vez llegados a esa transformación, ya está. No tenía sentido seguir", relata. Mirando al futuro, avanza que la idea de su próxima novela ya "está flotando" en su mente y, con ella, buscará "explorar mi vertiente más narrativa".

'Las buenas intenciones' pone fin a una trilogía que le ha acompañado en los últimos años. ¿Era el momento de cerrar el círculo?

Sí, toda historia tiene un principio y un final, porque si no lo que acaba pasando es que los personajes se vuelven redundantes. Tú te aburres de ellos y ellos se aburren de ti. Cuando pensé en este universo de personajes, tenía muy claro que quería hacerlos evolucionar hacia un punto determinado, se tenían que transformar en ese arco narrativo. Y una vez llegados a esa transformación, ya está. No tenía sentido seguir porque todo lo que venga después de ‘Las buenas intenciones’, respecto a estos personajes, es anecdótico.

Entrevista al escritor Víctor del Árbol

José Manuel López

¿Echará de menos al sicario?

Es uno de los personajes más complejos que he creado, no solo por los sustratos que tiene, porque tiene muchas capas de profundidad y pienso que he llegado al fondo de cada una de ellas, sino porque es muy diferente a mí. Está en las antípodas de lo que yo siento, pienso y creo. Y llegar a dialogar con un personaje de este tipo, sin entrometerme entre él y el lector, para mí ha sido un trabajo muy complicado. Entonces, en cierto sentido sí que lo voy a echar de menos porque a mí me gustan mucho los retos y creo que es uno de los personajes más desafiantes que he creado en cuanto a desafiarme a mí mismo.

Portada de 'Las buenas intenciones'.

Portada de 'Las buenas intenciones'. / Levante-EMV

En ese desafío, está siempre ese doble filo que representan sus personajes. Los puedes odiar y amar. Tienen sus virtudes, pero también destacan por sus defectos. ¿Un reflejo de la vida?

Lo que he intentado es, a través de la literatura, ejemplificar algo que creo que es un dilema al que estamos sometidos todos los seres humanos. Y es la lucha eterna entre lo que somos y lo que querríamos ser. Es decir, somos una serie de historias del pasado, de acciones del presente y al mismo tiempo dentro de nosotros tenemos otra idea de lo que podríamos llegar a ser. Esa dicotomía creo que explica muy bien nuestras contradicciones y, en el caso del sicario, se lleva a la enésima potencia.

Yo soy absolutamente contrario a lo que sería un predicador o a dejar moralejas. La moral es una cosa que forma parte del territorio íntimo

El libro también habla de ese pasado y cómo te acaba golpeando. ¿Lo ve como una moraleja vital inapelable?

La moraleja es propia del cuento, como una lección moral. Yo soy absolutamente contrario a lo que sería un predicador o a dejar moralejas. La moral es una cosa que forma parte del territorio íntimo y ahí no hay que entrar. Podríamos entrar en la ética, pero no en la moral. Para nada era mi intención crear una moraleja sobre el bien y el mal. Simplemente, lo que intento cuando escribo es reflejar sin juicio esas luchas internas que acaban condicionándonos. Y en ese sentido el pasado es muy importante. ¿Por qué? Porque el pasado nos da contexto. Es decir, uno hace lo que hace porque viene de donde viene. Y es importante entender eso. En mis novelas recurrentemente vuelvo al pasado de los personajes para contextualizar. Para que no solo ellos nos cuenten su pasado, sino nosotros como lectores lo vivamos, lo veamos y entonces podemos entender mejor esos personajes. Si coges cualquier personaje de la historia, por terrible que pueda ser, encontrarás siempre un punto de ruptura, de inflexión en su infancia, en su adolescencia o en su primera juventud.

Víctor del Árbol, durante la entrevista con Levante-EMV.

Víctor del Árbol, durante la entrevista con Levante-EMV. / JM López

Situaciones "endémicas"

Y todo eso viene enmarcado en una novela que tiene intrigas políticas, venganzas. Se ambienta en años pasados, pero no es tan diferente a lo que podemos ver hoy en España, ¿no?

Hay situaciones en el ser humano que son endémicas. La ambición y la violencia generan toda una serie de consecuencias que acaban afectando a lo público. La corrupción nunca se va a erradicar, el sentimiento de venganza nunca se va a erradicar, el miedo nunca se va a erradicar. Lo bueno que tiene la literatura es que, escribas cuando escribas, siempre está de actualidad si tocas esos temas.

También está de actualidad ese no reconocer errores, como le pasa a algunos personajes.

Sí, pero haría una distinción. Hay una serie de personajes que se autojustifican, que se autoengañan y al final dicen que hacen lo que hacen porque el mundo es como es, porque un mal menor es necesario para un bien mayor. Y luego hay otro tipo de personajes que realmente tienen una voluntad de redención genuina. Se dan cuenta de que han cometido errores en el pasado, como en el caso de los hijos que afrontan los errores de los padres, que pasa en esta novela. Entonces, las buenas intenciones es ambivalente, pueden ser auténticas, pero también una excusa.

Sin destripar el final, el de este libro no parece un final feliz...

Sí, no es un final feliz. No nos ofrece consuelo.

¿No es amante de ese tipo de acabados?

No. Si tú lees otras novelas mías, verás que al final las cosas siempre acaban como tienen que acabar. Caen por su propio peso. Lo que no puedo permitir a mis personajes es que no sean responsable de sus actos. Tú eres responsable de tus actos y eso tiene consecuencias. Entonces, la sensación que te queda al final de la novela, que creo que es una escena muy buena, es que a veces queriendo ser mejores, acabamos una y otra vez siendo lo que somos y no podemos dejar de serlo. Y esa quizás es la tristeza de este final. Que las buenas intenciones no sirven de nada porque uno no puede escapar de su propia naturaleza.

Lo que no puedo permitir a mis personajes es que no sean responsable de sus actos. Tú eres responsable de tus actos y eso tiene consecuencias

Yendo más al trasfondo, en esta trilogía ha usado de fondo la guerra de Bosnia. Viendo la oscuridad que se está viviendo en algunas partes del mundo. ¿Se ha planteado nuevas tramas al respecto?

A mí me gusta mucho afrontar la realidad, pero con perspectiva. No desde la inmediatez, sino desde la reflexión. Por eso siempre recurro a hechos reales que han pasado un poco ya de moda, que ya no están en el imaginario de la actualidad, pero que siguen siendo vigentes. En el caso de ‘Las buenas intenciones, vuelvo a recurrir a un tema del pasado, el escándalo del Banco Ambrosiano en 1982. Pero es un tema de actualidad en el sentido de que sigue siendo interesante la correlación que hay entre moral y poder, entre corrupción y ética. Todo eso sigue siendo vigente. Pero, ¿por qué recurrir ahora a una cosa que pasó en 1982? Porque no quiero que se olvide y porque me sirve para ejemplificar que la historia siempre ofrece lecciones que no siempre queremos aprender.

"Ser un mejor novelista"

¿En qué ha cambiado el Víctor del Árbol previo a la trilogía y el de ahora?

Creo que he mejorado mucho a nivel novelístico. Antes de afrontar la historia de este sicario, tenía una concepción de la literatura que viene un poco heredada del tipo de lecturas que yo adquirí cuando era jovencito, de Dostoyevski, Steinbeck, etc. Siempre había pensado que la literatura tenía que ir a los grandes máximos y que la palabra era muy importante para llegar en profundidad al lector. Mis novelas anteriores estaban dotadas de una intensidad que se volvía muy densa y que, por momentos, podía ahogar la historia y al lector. Entonces esta trilogía me ha ayudado a ser un mejor novelista en el sentido de entender mejor que la trama, la estructura, el ritmo y lo que pasa en la novela es tan importante como el fondo. Y eso me ha dado un equilibrio como escritor que me ha hecho mejorar mucho.

Víctor del Árbol, antes de la entrevista con Levante-EMV.

Víctor del Árbol, antes de la entrevista con Levante-EMV. / JM López

Este año se cumplen 20 desde que se editó su primera novela. ¿Qué considera lo más importante a la hora de afrontar un reto literario?

¿Sabes lo que más me gusta a mí de mi oficio? Que nunca eres un sabio o un maestro, que nunca has llegado a dar lo que lo máximo de ti. Cuando afrontas una historia estás otra vez en el abismo y eso me encanta porque significa que te retas a ti mismo. Yo necesito desafíos para funcionar y no hay mayor desafío que el superarte a ti mismo. En estos 20 años que he ganado seguridad, mi voz se ha hecho más poderosa porque la conozco y controlo mejor. Y ¿qué he conservado? Ese espíritu un poco ingenuo del artesano. Yo me sigo considerando un artesano, no un profesional.

El que le pone ese mimo.

Sí, tienes que aprender nuevas técnicas, encontrar una historia que realmente ejemplifique lo que tú quieres. Eso es lo que hace que siga enamorado de la literatura.

Mirada narrativa hacia el futuro

¿Hacia dónde miran esos desafíos literarios ahora?

Ahora está flotando la idea. Yo funciono así, me flota una idea, luego voy concretándola poco a poco y luego debo encontrar la estructura para contarla. En cualquier caso, por el sujeto que quiero tratar, tengo bastante claro que no va a encajar en este tipo de estructura del noir, sino que necesita otro tipo de camino, quizá más narrativo. Me apetece mucho ese recurso ahora, el explorar mi vertiente más narrativa.

Y ya la última. Su éxito en Francia también es notable. ¿Por qué atrapan sus libros también en el país vecino?

Bueno, un periodista me dijo una vez en francés que yo era un escritor francés que escribía en español. Pero creo que tiene que ver con que yo no me contento con contar solo una historia. Tengo que entenderla y eso significa entrar en la profundidad psicológica de los personajes. Y creo que en Francia, por tradición, existe una correlación muy importante para ellos entre lo que pasa y por qué pasa. Además, son muy racionales y afrontar un personaje desde una vertiente más emocional, creo que para ellos resulta muy atractivo. Y luego tuve la suerte de que publiqué dos novelas allí sobre la memoria histórica que para mí fueron muy importantes como fueron ‘La Tristeza del Samurái’ y ‘Un millón de gotas’, que les dio una visión más emocional de la Guerra Civil y de la dictadura franquista. Eso es lo que creo que me abrió las puertas allí.

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