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'Los días que no existieron'

Daniel Ramírez, escritor: "Mi abuelo fue extorsionado por ETA y esto me obligó a revisar todos mis recuerdos"

El periodista y escritor Daniel Ramírez García-Mina (Pamplona, 1992) presenta 'Los días que no existieron' (Planeta, 2026) en el lugar donde aprendió a amar la literatura: la Librería Patriarca, en pleno centro de València, regentada durante años por su tío abuelo, José Luis Freire.

El periodista y escritor Daniel Ramírez García-Mina presenta en València 'Los días que no existieron'

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Francisco Calabuig

Amparo Soria

Amparo Soria

València

Ramírez visitaba València con frecuencia por una estrecha relación familiar con la ciudad. Sus tíos, residentes en el cap i casal, regentaban una librería que cerró en 2004. Todo el stock que quedó se distribuyó en tres almacenes, donde el periodista se imbuía y perdía durante horas. Como homenaje, el autor, que trabaja en El Español, Onda Cero y colabora en diferentes cadenas de televisión, ha querido iniciar aquí la gira de promoción de este thriller protagonizado por Julia, una periodista que convive en lo personal con la violencia de ETA y, en lo profesional, con la investigación de los nazis refugiados en España tras la Segunda Guerra Mundial. "Hay historias que necesitan una generación para ser contadas", asegura.

Presenta 'Los días que no existieron' en València. ¿Qué cuenta este libro?

Es un thriller entendido en el sentido clásico, una novela que busca atrapar al lector desde el primer momento y llevarlo a una velocidad vertiginosa hasta el final. Lo hace a través de dos grandes misterios: El de los nazis refugiados en España, a través de Gustav Hafner, un viejo alemán refugiado en el Madrid actual, al que la protagonista, Julia, va buscando y finalmente encuentra. Al mismo tiempo, Julia es nieta de una persona asesinada por ETA, un pasado al que no quiere mirar porque es muy doloroso, además de ser un crimen no resuelto. Aunque han pasado casi veinte años, en la persecución de Hafner, Julia va encontrando ecos de violencia política que resuenan en ella y que la empujan a mirar a su propio pasado e intentar resolver también el crimen de su abuelo.

Es decir, una violencia política como la del nazismo empuja a Julia a enfrentarse a la violencia política de ETA y a su propio duelo.

Exacto. En la novela resuenan constantemente las dos violencias. Aunque no tienen nada que ver en términos históricos y geográficos, sí se parecen en los efectos que dejan en las personas: cuando te arrebatan a alguien o lo asesinan en nombre de una idea política. En esa mirada a lo que Hannah Arendt llamó 'La banalización del mal', Julia va encontrando impulsos que la llevan a decir "esta vez sí, esta vez me voy a atrever". Si voy a ser capaz de llevar la investigación de este viejo alemán hasta el final, también voy a iniciar mi propia investigación.

Hay una carga emocional muy fuerte en el libro. Se describen con mucho detalle los sentimientos de Julia, su enfrentamiento con su padre por silenciar el pasado, por gestionar desde el silencio su duelo.

Me interesaba mucho que en la novela estuvieran representadas todas las maneras de acercarse al dolor que deja el terrorismo. Cada personaje adopta una conducta distinta, y evoluciona a lo largo de la historia. No es una novela moral: he querido que los personajes sean ambiguos, grises, como somos en la realidad. Hay quienes necesitan la reconciliación y quienes no; quienes necesitan acercarse a quien les causó el dolor y los que no. En la novela conviven esas distintas formas de gestionar el sufrimiento y, en muchos casos, chocan entre sí.

"La memoria debe construirse desde la cultura; la política polariza y divide, la literatura no"

La trama en la que Julia pierde a su abuelo a manos de ETA, nace de su propia experiencia en la Pamplona de los años 90.

No de forma exacta, pero sí hay una inspiración. Creo que las novelas que funcionan nacen de experiencias reales. Uno debe escribir de lo que conoce. Yo empecé escribiendo una novela solo sobre los nazis refugiados en España y, cuando ya tenía un borrador avanzado, mi abuelo, con 95 años, me contó algo que nunca había contado ni a sus hijos: que había sido extorsionado por ETA allí en Pamplona. Hay historias que necesitan una generación para poder ser contadas. Aquello me empujó a una revisión muy incómoda de mis recuerdos, porque los momentos que yo concebía como felices estaban atravesados por una realidad que desconocía: mi abuelo jugaba con nosotros, pero también vivía pendiente del teléfono, cambiaba horarios, tomaba precauciones. Esa revelación me produjo una mezcla de melancolía y dolor, y necesitaba que a mi protagonista le ocurriera algo ligeramente parecido. La historia no es la misma: a mi abuelo no lo mataron y logró sobrevivir. Pero esos sustratos de realidad aportan veracidad y hacen que el lector perciba la historia como auténtica.

Además, la trama de Gustav Hafner también nace de su propia experiencia, de un reportaje que hizo.

Siempre he sido un apasionado de los documentos antiguos de la Guerra Civil y la II Guerra Mundial. Un día una fuente me entregó unos papeles sobre cómo estaban situados los nazis en España tras la Guerra Civil: las calles donde vivían, los vehículos que conducían. Me pareció apasionante y pensé que era un material perfecto para llevarlo a la ficción. En la realidad nunca conseguí encontrar a ese viejo nazi; siempre llegaba tarde, siempre habían fallecido cuando llegaba a ellos. Llegué a localizar a uno en Donosti, pero murió en 2014, por muy poco no llegué a él. He entrevistado a un soldado republicano, a un soldado franquista, a españoles que combatieron en la División Azul junto a los nazis y a un polaco que vivió en la Polonia ocupada. Todas esas conversaciones me ayudaron a construir personajes, pero nunca logré dar con ese viejo nazi, así que lo creé en la ficción.

Hasta que una fuente le dio el empujón final.

Para construir el personaje de Gustav Hafner fue clave conocer a la hija de uno de los nazis que bombardearon Guernica. Me pidió anonimato y que solo tomara notas para la ficción. Nunca diré su nombre. De esas conversaciones saqué su forma de hablar, de entender el mundo, la política y el paso del tiempo.

Tanto en el caso del nazismo como en el de ETA, las familias afectadas han sido rehenes del silencio. ¿Empieza a romperse?

Con el nazismo, el franquismo y la Guerra Civil hubo décadas de silencio. La Transición impulsó un gran auge de novelas, ensayos y obras de ficción que se mantiene. Con ETA estamos viviendo ahora un momento muy interesante desde la cultura. 'Patria', de Fernando Aramburu, es un gran referente, pero antes hubo autores como Raúl Guerra Garrido que allanaron el camino. Es fundamental seguir produciendo novelas y ensayos sobre este episodio de nuestra historia, porque la memoria debe construirse desde la cultura y la historia. La política tiende a polarizar y a generar división. La literatura no. Tras publicar la novela he recibido mensajes privados de personas de ideologías muy distintas que se han conmovido con la historia. Eso demuestra que la polarización es, en gran parte, artificial. ¿Quién no se conmueve ante el dolor de un asesinato? La cultura es el camino para hacer memoria.

"La polarización social es en gran parte artificial. La cultura es el camino para hacer memoria"

Sobre todo a través de historias pequeñas, de lo concreto.

Esa es la mejor manera de contar una historia, tanto desde el punto de vista de la memoria como desde el literario. Para mí era fundamental la concreción de los escenarios, los ambientes, el ritmo, la investigación y combinar todo eso con las sensaciones interiores de Julia. Quería que el lector pudiera casi oler cada escena, saber cómo está la protagonista, cómo es el cielo ese día. Los pequeños detalles son los que dan ritmo y profundidad a la narración.

Su novela parte, en el fondo, de escuchar a los demás, desde su abuelo a una fuente del periódico. ¿Se ha perdido el arte de escuchar?

Sí, y además cada vez son menos frecuentes los espacios donde coinciden personas que piensan distinto. Ahora se han cumplido cincuenta años del encuentro entre Fraga y Carrillo. Tengo la sensación de que los nietos de la guerra lo estamos haciendo peor que los hijos de la guerra. Me siento muy identificado con una frase de Eduardo Madina: él dice que se siente más nieto de la Transición que hijo de la Guerra Civil.

Decía antes que se necesita una o dos generaciones para poder hablar de ciertas cosas. ¿Tenemos esa paciencia?

En la novela hay un interrogante constante: ¿Es bueno conocer toda la verdad? ¿La verdad siempre sana? Hay personajes que deciden mirar y otros que prefieren no hacerlo. La verdad, incluso en pequeñas dosis, puede ser demoledora y provocar catarsis. Ese dilema está presente en la vida y en la novela, especialmente cuando hablamos de violencia política y crímenes sin resolver.

Daniel Ramírez presenta en València 'Los días que no existieron'

Daniel Ramírez presenta en València 'Los días que no existieron' / Francisco Calabuig

Buena parte de la novela se sitúa en la redacción de un periódico, que es el suyo propio.

Sí. La protagonista vive en un entorno que conozco bien y eso me daba herramientas para escribir. Hoy hay más información que nunca, pero también más desinformación. La responsabilidad de los medios sigue siendo enorme, pero ejercerla es cada vez más difícil. Esa crisis de los medios, las presiones del poder y las cloacas del Estado están también de fondo en la novela.

Y la exigencia constante de encontrar una gran historia.

Eso no cambia. Por mucho que pasen los años, por mucho que existan nuevas técnicas de información, por muchas irrupciones de la inteligencia artificial que haya, en el fondo la historia que abre la portada del diario Levante es la historia que reúne los mejores ingredientes periodísticos de antaño. Es la exclusiva del periodismo de investigación, el gran reportaje, el servicio público o una gran entrevista, y eso no va a cambiar. Las nuevas herramientas deben servir para potenciar eso, no para sustituirlo. La historia que persigue Julia podría haber sido una gran historia en 2026, en 1974 o en 1960.

En las nuevas generaciones existe cierto revisionismo, incluso blanqueo, del pasado más inmediato de ETA, como si ya no fuera con ellos, a veces usado como meme. Sucede con los Chill Mafia, por ejemplo.

Sí. Eso tiene una parte muy buena y una parte muy mala. Es necesario e interesante que las nuevas generaciones ejerzan su derecho a disfrutar del presente. Otras no lo han tenido. Además, los jóvenes de hoy son los primeros que disfrutan y participan de la política sin riesgo a que te peguen un tiro. Entonces que estas generaciones pasen de aquello, genera un clima de convivencia y concordia. Es legítimo. El problema de este asunto es que si se mira tan hacia adelante, sin incluir ni una dosis de recuerdo, podemos banalizar el mal, comod ecía Harendt. Restaremos importancia a lo que ocurrió e incluso dejaremos fuera de la sociedad a los grandes luchadores de la libertad. Somos afortunados de vivir sin ETA, pero no podemos vivir sin saber quién fue Miguel Ángel Blanco. La cuestión es hacer convivir la mirada hacia adelante sin olvidar el pasado.

Para cerrar, toda esta reflexión sobre el pasado y el dolor queda contenida en la novela.

Sí, pero como telón de fondo. No escribo para defender una causa política ni una justicia de memoria. Cuando escribo ficción, escribo para entretener, para atrapar al lector con una historia. 'Los días que no existieron' no es una novela política, es un thriller. El contexto de violencia política está ahí y plantea preguntas al lector, pero sigue siendo una novela de acción, de investigación y de dilemas morales, con decisiones complejas también en lo personal, relacionadas con el amor y el desamor. Ese contexto genera debate, pero la esencia es la aventura que vive la protagonista.

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