La bola de sonido de Miles Kane
El astro británico es una primera figura del negocio. Había mucho leopardo sobre el escenario cubriendo amplis e instrumentos, todo muy 'glam-rock', en consonancia con la música de su último elepé, ‘Sunlight in the Shadows’

Miles Kane, ayer en la Sala Moon en València. / Levante-EMV

Pues nada, que anoche me enganché con el técnico de sonido de Miles Kane. Violencia verbal de baja intensidad, tranquis. La verdad es que me quedé con ganas de cogerle de la pechera, pero el hombre estaba currando y no era plan. Terciado el concierto que el astro británico ofreció en la sala Moon, y cuando regresaba del servicio, me di una vuelta para ver si sonaba igual de mal en otros puntos del recinto. Y acabé en la mesa de sonido, junto al colega, que tenía un tic rarísimo, queriéndose tocar la punta de la nariz con la lengua todo el rato. Asintiendo con gusto al compás, súper ufano de cómo estaba sonando aquello
Amigo, tienes tres guitarras arriba del escenario y solamente se escucha una y regular. Y el nota que pasara de él. Y yo, que no había derecho y que mirara de solucionarlo en vez de sacar tanto la lengua. Y él, que sonaba de puta madre. Y yo, que estaba sordo. Así, en mi inglés de San Marcelino y con mucha gesticulación. Y entonces ya me vino con el ‘fuck you, fuck you’ y a plantarme los dos dedos cerquita de la cara. Y ahí fue cuando le dije que era un mentecato y que me cagaba en sus muelas.
No digo que fuera el caso, pero pasa a menudo. Que venga una banda extranjera con su propio técnico y, en lugar de aceptar consejos (no míos, Dios les libre) de otros compañeros o de la gerencia de la sala, tiren de soberbia rollo ‘qué me vais a contar, catetos, de lo que es hacer sonar a una banda de rock, si esto lo inventamos nosotros’. Y la cagan, claro. Y nosotros, a llorar el bolo. Ya podía haberlo sonorizado Luis Martínez, de Little Canyon Studios, que hizo un trabajo fabuloso con los teloneros, los valencianos City of Fury. Luis es un enorme profesional cuya valía lleva demostrando sobradamente desde hace más de 20 años con un montón de bandas y solistas en salas y festivales.
Una pena, porque Miles Kane es una primera figura del negocio. La peña tenía ganas de disfrutar, cantando a voz en cuello las canciones que ponían por megafonía, lo mismo a Frankie Valli que a los Strokes, intentando hacerse un hueco lo más adelante posible. El ambiente estaba caldeado cuando salió el chavea con su banda. Ay, que se nos ha macarrizado, soltó alguien. Es que había mucho leopardo sobre el escenario cubriendo amplis e instrumentos, todo muy glam-rock, en consonancia con la música de su último elepé, ‘Sunlight in the Shadows’ en cuya portada va a lomos de una scooter con adornos mods. Y bueno, anoche estéticamente estaba más cerca de Bad Bunny que de Paul Weller, pero sus canciones demostraban inequívocamente su pasión por la tradición rock británica y un amplio conocimiento de sus resortes.

Miles Kane en València. / Levante-EMV
Fue un concierto crudo y guitarrero, denso y potente, pero lastrado por un sonido deficiente, como les he explicado. Una bola en la que predominaba la gravedad del bajo y la batería, todo muy desdibujado, sin matices ni claridad. Pese a todo, el personal estaba tan involucrado que cantaba los arreglos de viento y cuerda de los discos de manera animada y solvente, no se crean, ‘papaparapapaaaa’, ‘biribibiiiiii’. Y yo, divertido pero inquieto, paseándome por la sala para comprobar si es que era mi localización la culpable de mi desdicha. Pero nada. Aquello se escuchaba mal en las playas, en los aeródromos, en los campos y en las calles. Sonaba mal en las colinas y aquel gachó de la mesa de mezclas no lo iba a arreglar jamás.
Por lo demás, Kane y los suyos cumplieron presentando un setlist basado en su último trabajo, pero rescatando las grandes canciones que lo han traído hasta aquí tamizadas por su sonido actual, profundo, áspero y tenso, emanado de su último productor, Dan Auerbach, con el eco de ‘Telegram Sam’ revoloteando la Moon: “Electric Flower”, “Rearrange”, “Coup de Grace” y una versión de “Lust For Life” de Iggy Pop hasta que se cumplió una hora y media de bolo.
Después, para mitigar el disgusto fuimos a hincarnos unas pintas a una cervecería próxima porque, pese a ser martes, todavía era pronto y necesitábamos gestionar la puñalada. Al terminar, arranqué la vespa y tiré para casa pasando, irremediablemente, por la puerta de la sala. ¿Y a quién dirían que me encontré cargando la furgoneta del tour? A mi nuevo mejor amigo, el técnico de sonido. Nos quedamos mirando y, en un principio, no pareció reconocerme con el casco puesto. Me subí la visera y fue entonces cuando se me acercó, imagino que para seguir nuestra conversación. En ese momento el semáforo se puso en verde y yo arranqué gritándole ‘golfo’ y ‘sinvergüenza’ con la esperanza de que mis palabras le sirvieran como acicate en conciertos venideros.
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