Crítica
Las “aúreas” de Pacho Flores y su servidor Juan Ferrer
El resultado de este “paseo” son 22 minutos ininterrumpidos de música que se escuchan de corrido; que atrapan al escuchante en los múltiples “embriones” que hacen germinar y desarrollarse el caudaloso material temático. Áurea es obra fresca y gustosa, pero va más allá.

'Áurea, rapsodia concertante para clarinete y orquesta', dirigida por Christian Vásquez. / Live Music Valencia

TEMPORADA 2025-2026 del Palau de la Música. Programa: Obras de Flores (Áurea, rapsodia concertante para clarinete y orquesta) y Berlioz (Sinfonía fantástica). Solista: Juan Ferrer (clarinete).Orquestra de València.Director: Christian Vásquez. Lugar: Palau de la Música. Entrada: Alrededor de 1.781 espectadores (lleno). Fecha: jueves, 19 febrero 2026
Afincado en València y ciudadano del mundo por su estatus de estrella total de la trompeta, el venezolano Pacho Flores (San Cristóbal, 1981) combina su condición de concertista virtuoso con una creciente actividad como compositor. Ahora, el jueves, ha presentado en el Palau de la Música, en la temporada de la Orquestra de València, Áurea, rapsodia concertante para clarinete y orquesta, página feliz y resplandeciente, cuyo único movimiento surge cargado de reflejos, influencias y el marchamo inconfundible de su creador.
La rapsodia ha sido defendida en València por su destinatario, el clarinetista Juan Ferrer (Montserrat, 1968), solista de fuste que forma parte de esa pléyade de excepcionales instrumentistas valencianos que lustran las mejores orquestas españolas e internacionales. Ferrer, clarinete principal de la Sinfónica de Galicia desde 1994, volcó su virtuosismo, sensibilidad e inspiración en una interpretación que puso de relieve los reflejos, bellezas y luminosidades de una página que Flores, desde su radiante impronta personal, y, como él mismo dice, “posee en su entidad la herencia hispana y los cantos de ida y vuelta”.

'Áurea, rapsodia concertante para clarinete y orquesta', dirigida por Christian Vásquez. / Live Music Valencia
Pero también tantas músicas y estilos, desde el sentir risueño de Jean Françaix, a la ironía picarona de Poulenc, el sabor latino de Paquito D'Rivera y del mejor Bernstein, el deje de Arturo Márquez o el propio Gershwin, con esa escala ascendente inicial del clarinete que parece prima hermana de la de Rapsodia en blue. Pero sobre todo y todos, se impone la impronta concertante de Flores, que escucha todo, sí, pero, sobre todo, a sí mismo, fiel a la cita de Heine recogida en el programa de mano: “La pluma del genio siempre es mayor que él mismo”.
Pacho, como anota en la partitura de Áurea, tiene como única pretensión “pasearme por diferentes elementos y fórmulas para ir creando los más variados perfumes técnicos y musicales, implicando a la orquesta con sus solistas cuasi cómplices, e ir evolucionando a una obra de naturaleza concertante”.
El resultado de este “paseo” son 22 minutos ininterrumpidos de música que se escuchan de corrido; que atrapan al escuchante en los múltiples “embriones” que hacen germinar y desarrollarse el caudaloso material temático, muy bien gestionado por “la pluma del genio”. Con luz, color, ritmo, fantasía, melodismo cálido y un tratamiento instrumental -en el solista, pero también en la orquesta- exigente y sin falsos efectismos. Áurea es obra fresca y gustosa, pero va más allá.
Juan Ferrer dejó constancia de su abolengo como veterano maestro del clarinete, y en absoluto se quedó en la superficie de una composición cuya exigencia instrumental se rige por una expresión musical reñida con cualquier intención efectista. También la Orquestra de València, con tantas importantes y acertadas intervenciones solistas -incluida la sobresaliente del trompeta Raúl Junquera-, rehúyo -sin empañar por ello las “áureas” luminosidades del pentagrama- cualquier vacua demagogia. Todo fue calibrado y gobernado con mano y oficio por el director venezolano Christian Vásquez (Caracas, 1984).

'Áurea, rapsodia concertante para clarinete y orquesta', dirigida por Christian Vásquez. / Live Music Valencia
La segunda parte estuvo centrada en una Sinfonía fantástica de Berlioz meticulosamente narrada y dicha. Henchida de fantasía y regodeada en los colores, registros y novedosas sonoridades orquestales e instrumentales que a borbotones vuelca el genio francés en la más revolucionaria e innovadora sinfonía de la historia. Hubo pasión, nervio, ensueño, fantasía, delirio y calidad generalizada.
Notables todas las secciones y solistas, desde el oboe (dentro y fuera de escena, pese a algún desliz puntual) y corno inglés, a las cuatro arpas (milimétricamente conjuntadas sonaron a gloria), a los fagotes, flautas, clarinetes, trompas, tubas, timbales, percusión… Versión empastada y pulida, sin apenas fisuras, en la que el maestro Christian Vásquez -que dirigió el sinfonión de memoria- dejó constancia inequívoca de sus mejores cualidades. Una versión a años luz de la escuchada a la misma orquesta en abril de 2024, dirigida entonces por el suizo Baldur Brönnimann. Aplausos y bravos a doquier.
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