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Fuera de compás

La Lonja, secuestrada por las fallas

La fiesta necesita urgentemente una pensada, una reconducción, una actualización, un rediseño. Nunca ha recibido tantas críticas ni tan feroces. En la situación actual salta a la vista que la gestión es inasumible, que no tenemos la capacidad de organizar esta marabunta

Las inmediaciones de la plaza del Ayuntamiento, el pasado viernes.

Las inmediaciones de la plaza del Ayuntamiento, el pasado viernes. / JM López

Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

Ustedes me perdonarán el exabrupto pero lo de blindar la Lonja de la Seda en Fallas nos convierte en una ciudad fallida. Proteger con vallas y vigilancia esa joya incomparable del gótico civil de miserables que no encuentran otro lugar mejor para vomitar, echar un meo, pegar un polvo, meterse unas clenchas o plantar un mojón nos señala como una urbe fracasada. El certificado de defunción de una localidad que cada año, y desde hace muchos, renuncia dos semanas a la educación y el respeto. A aquello de la urbanidad y las buenas costumbres. Una población que no deja de ser el reflejo del mundo en que vivimos. Caos, porquería e indigencia moral. València huele a orines, vomiteras, fritanga, sobaco y costo culero.

Aquí no cabe nadie más. Lo ha dicho la alcaldesa pidiendo a Renfe que suprima los trenes que traían a los habitantes del área metropolitana para ver la mascletá, pero también a miles de trabajadores que los utilizaban para cumplir con su obligación. Lo dicen las monstruosas aglomeraciones que bloquean la ciudad, la cada vez más temprana instalación de carpas, la okupación ilimitada y sin mesura que los falleros hacen del espacio público para docenas de actos chorras. Lo dice la gentrificación y los precios. Lo dicen los turistas, lo confirman los expats con esos sueldazos: València es la mejor ciudad del mundo para vivir… si no eres valenciano.

La fiesta fallera necesita urgentemente una pensada, una reconducción, una actualización, un rediseño. Nunca ha recibido tantas críticas ni tan feroces. En la situación actual salta a la vista que la gestión es inasumible, que no tenemos la capacidad de organizar esta marabunta. Proteger la Lonja es renunciar a nosotros mismos, dejarnos por imposibles, ceder ante el vandalismo y la estupidez, aceptar que el infierno ya somos nosotros, no los demás, y hacer gala de ello.

“Occidente es el gótico y ‘Green Onions’, que no te engañen”, me dijo alguien una vez. El nota iba más cocido que un kilo de callos pero creo saber a lo que se refería. Europa buscando la luz, escapando de las tinieblas de las edades oscuras, intentándose dotar de una ley, de una cultura, de un Dios, pero también de un humanismo, de una sociedad, de un progreso. El inicio de un proceso civilizador que culminó con la canción de los interraciales Booker T. and The MGs en Memphis. Digo yo. Y ya ven en qué ha quedado el sueño europeo cuando todo eso que les cuento se ha ido a la mierda al regresar los bárbaros. ‘Europa ha muerto’, decían Los Ilegales. Pues las fallas, igual.

Lo lamento, pero es que es tocarme el gótico y ponerme malo. Pero enfermo de buscar un bar. La primera discusión seria que tuve con una novia fue por una cuestión artística. La chavala era impresionante, pero también impresionista. La Lonja, las catedrales, las vidrieras de la Saint-Chapelle, los retablos, los códices, qué aburrido me dijo. Nenúfares flotando, manchas, empastres. Técnicas de primero de BUP, arte de cotolengo le contesté. Acabamos mal, obviamente.

Muy cerca de esta ciudad existe otra joya del gótico civil mediterráneo no tan conocida como la que ahora está más bunkerizada que el dormitorio de Donald Trump, pero igualmente maravillosa. Se trata del Palau del Sorells, en Albalat (Horta Nord). Su planta rectangular y sus torres de 18 metros de altura albergan el consistorio municipal y, pese a que ha pasado por variadas obras de restauración, todavía guarda su majestuosidad original en los tejados morunos, arcos, patios y escalera. Me lo estuvo enseñando mi amigo Santi Almenar, todo un erudito en cuestiones culturales del País Valenciano y más allá, que lo mismo te diserta sobre el ubérrimo terreno de su comarca, que sobre Cúchulainn, el Seis Naciones de rugby o el Llibre del Repartiment. O te canta una de los Pixies con su banda Melabufa, ojo.

Gracias a él me pegué un homérico atracón de paella de fetge de bou que es lo mejor que me echado a la boca en un año entero, desde las fallas pasadas. Oficiaba Josep Antoni Ros, presidente de la Societat Cultural ‘El Portalet’, que la cocinó a leña con una maestría soberbia ante la mirada atenta de valedores de la riqueza etnográfica local como Josep Gaspar Gaya, de los estudios Pepegas Records, y Toni Devís, agricultor de verdura ecológica que le proporciona material al insigne Ricard Camarena. Un colosal arroz con hígado, corazón, mollejas, garbanzos y escarola. Le envié un táper a Morrisey al hotel y su visión le provocó tales pesadillas que quedó insomne y para el arrastre. El resto, ya lo sabéis.

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