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La nueva vida ordinaria del extraordinario Julio Bustamante

El histórico músico valenciano presenta "Constelator", un nuevo disco nacido de tres años de trabajo paciente y de una trayectoria que ya supera el medio siglo. Un proyecto con el que Bustamante reivindica una vida dedicada a crear sin prisa ni etiquetas.

Julio Bustamante acaba de publicar "Constelator", su disco número 18.

Julio Bustamante acaba de publicar "Constelator", su disco número 18. / Francisco Calabuig

Voro Contreras

Voro Contreras

València

A sus 74 años, Julio Bustamante sigue componiendo como quien respira. Sin prisa, sin estrategia, sin mirar al calendario ni a las modas. Su nuevo disco, Constelator, llega después de tres años de trabajo paciente y disfrutón y se suma a una trayectoria que supera ya el medio siglo de música. Pero más que un punto de llegada, el álbum parece otro capítulo dentro de una manera de entender la creación que el músico valenciano ha defendido desde sus inicios: vivir a su propio ritmo y dejar que las canciones encuentren su camino.

«Para mí la música es el pan nuestro de cada día -explica-. Eso es algo que no se consigue de ninguna forma: es la música la que se me lleva por delante». Esa naturalidad resume bien la filosofía de un artista que nunca ha intentado adaptarse a tendencias ni encajar en etiquetas. Su obra, de hecho, siempre ha mantenido un aire tan ligero que resulta difícil situarla en el tiempo.

Constelator se ha ido gestando poco a poco entre 2023 y 2025 junto al productor y teclista Ferran Pardo, su único vínculo con Lavanda, el grupo que le ha acompañado en los últimos años. Bustamante mantiene con él una rutina casi artesanal: encuentros semanales, canciones trabajadas con calma y la convicción de que el proceso importa tanto como el resultado. Algunas piezas del disco, de hecho, llevaban años esperando su momento, como «Irresistible», «Ferrocarril», «Barniz» -con letra de su hermano Puchi Balanzá- o la propia canción que da título al álbum.

El resultado es un trabajo diverso en estilos y atmósferas, algo que no sorprende en un músico que siempre ha empezado las canciones por la palabra. «Primero viene el guion, como en una película - cuenta-. Y es la letra es la que te lleva a un estilo o a otro». Ese método, asegura, le permite evitar cualquier obligación estética y conservar una libertad creativa que considera un auténtico lujo.

La música como vida

La publicación de Constelator llega además después de unos años de reconocimientos que han puesto aún más en valor su figura. En 2020 recibió el Premio de Honor Carles Santos de la Generalitat como reconocimiento a una trayectoria tan extensa como singular. Bustamante, sin embargo, habla de esos premios con la misma naturalidad con la que se refiere a sus canciones: como gestos de cariño, poco más.

Nacido en València en 1951 con el nombre de Julio Antonio Balanzá Cano, creció en un entorno donde la música estaba muy presente. Su padre, Antonio Balanzá, fue propietario de la histórica cafetería Casa Balanzá, situada en pleno centro de la ciudad, y un apasionado del jazz que incluso llegó a organizar conciertos en una València que todavía no estaba muy acostumbrada a ese género. En casa había discos, conversaciones musicales y un ambiente que acabaría marcando a los tres hermanos.

Todos se han dedicado a la música: Tico Balanzá, batería y técnico de sonido, y Puchi Balanzá, baterista vinculado a numerosos proyectos del pop valenciano. Aquella atmósfera familiar fue el primer paso de un camino que Bustamante empezaría a recorrer muy pronto.

Sus primeros pasos se sitúan en la escena musical valenciana de principios de los años setenta, cuando participó en el grupo València Folk junto a músicos como Vicent Torrent, formación que acabaría dando origen a Al Tall. Poco después se movería también en el ámbito del rock progresivo local y participaría en montajes musicales como una adaptación de Tommy, de The Who, que llegó a representarse en el desaparecido Teatro Princesa.

Pero el verdadero punto de inflexión llegaría a finales de aquella década, con el encuentro entre Bustamante, Remigi Palmero y Pep Laguarda. De esa confluencia surgirían tres discos fundamentales para entender la historia del pop valenciano: Brossa d’ahir, Humitat relativa y Cambrers. Aquellos trabajos, publicados a comienzos de los años ochenta, acabarían siendo considerados la «santísima trinidad» de lo que se llamó pop mediterráneo.

El espíritu del pop

Más que un género, aquel pop mediterráneo era casi una actitud. Una manera de mezclar folk, rock, canción de autor y sensibilidad local sin preocuparse demasiado por las modas. Un sonido luminoso, poético y libre que encajaba bien con el carácter de sus autores.

Bustamante lo recuerda hoy como una forma de autenticidad que ha actuado como denominador común en su carrera: hacer música desde lo que uno es, sin intentar parecer otra cosa. Durante los años 80 alternó su carrera en solitario con proyectos colectivos como In Franganti, el trío que formó junto a su hermano Tico y el propio Palmero. Más tarde llegarían discos como Entusiastas, Sinfonía de las horas o La vida habla, trabajos que consolidaron una trayectoria siempre fiel a sí misma.

En la última década, además, su figura ha sido redescubierta por nuevas generaciones de músicos valencianos. Proyectos como Maderita o colaboraciones con artistas mucho más jóvenes han reforzado la imagen de Bustamante como una especie de patriarca informal de la escena independiente local, aunque él prefiera definirse simplemente como un compositor que sigue escribiendo canciones.

La constelación de los amigos

En Constelator también aparecen esas relaciones musicales que han acompañado toda su vida. La canción «Companys», escrita junto a Ferran Pardo, funciona casi como una declaración de principios: la música como refugio compartido con los amigos, los libros o los árboles.

El disco llega, además, marcado por algunas ausencias. La muerte reciente de Remigi Palmero ha sido especialmente dolorosa para Bustamante, que recuerda a su compañero como un músico extraordinario y, sobre todo, como una persona irrepetible.

«Fue un palo para todos», admite. «Me vinieron muchos recuerdos de golpe y sentí un gran agradecimiento por haberlo conocido». Palmero publicó pocos discos después de Humitat relativa, pero su figura sigue siendo clave para entender aquella generación. Bustamante lo resume con respeto: su amigo «eligió siempre una vida tranquila, muy coherente con su manera de estar en el mundo».

Soñar como niños

Como ocurría en su anterior disco, Sueños emisarios, en Constelator la cotidianidad convive felizmente con onírico, un concepto que aparece con frecuencia en sus letras, ligado a la libertad y a una mirada casi infantil sobre el mundo. «Los artistas seguimos manteniendo ese espíritu», dice. «No puede haber música sin conservar la ilusión».

Esa mezcla de espiritualidad cotidiana, reflexión poética y observación del día a día ha sido siempre una de las señas de identidad de su obra. Bustamante suele hablar de la música como una actividad casi espiritual, una forma de conexión con algo más profundo que la vida material. Quizá por eso nunca ha sentido la necesidad de convertirse en una estrella ni de seguir el ritmo frenético de la industria musical. «Lo importante para mí siempre ha sido vivir a mi ritmo -afirma-. No al que me marque nadie».

Una vida más tranquila

Con Constelator, Bustamante parece reivindicar precisamente esa idea de ritmo propio. Tras años de conciertos, viajes y reconocimientos, el músico ha decidido reducir su actividad en directo y apostar por una vida más tranquila. «Mi cuerpo me dijo que ya había bastante», reconoce. «Estoy bien, pero a esta edad también es importante aprovechar el tiempo para otras cosas».

El 16 de abril presentará el disco en un concierto en la sede valenciana de la SGAE, aunque insiste en que quiere actuar menos. Es la nueva vida ordinaria de un músico extraordinario.

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