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Roma reconoce la labor de Portaceli en la rehabilitación de edificios históricos como el Teatro de Sagunt

El arquitecto valenciano Manuel Portaceli recibió en Roma el Piranesi Prix de Rome, un reconocimiento a su trayectoria dedicada a la rehabilitación de edificios históricos con un lenguaje contemporáneo

El arquitecto valenciano Manuel Portaceli.

El arquitecto valenciano Manuel Portaceli. / MIGUEL ANGEL MONTESINOS

Voro Contreras

Voro Contreras

València

El arquitecto valenciano Manuel Portaceli ha recibido en Roma uno de los reconocimientos internacionales más relevantes para quienes trabajan sobre patrimonio histórico y arqueológico. Antes que él lo han recibido, entre otros, Rafael Moneo, David Chipperfield, Eduardo Souto de Moura y Álvaro Siza.

La Casa dell’Architettura, la monumental estructura de finales del siglo XIX que fue en su día el Acuario Romano, acogió el viernes 20 la entrega del Piranesi Prix de Rome alla Carriera al arquitecto valenciano, distinguido por una trayectoria muy vinculada a la rehabilitación y a la intervención en edificios históricos desde un lenguaje contemporáneo, preciso y sin “mimetismos”.

El premio, promovido y concedido por la Accademia Adrianea di Architettura e Archeologia y otorgado en colaboración con el Ordine degli Architetti di Roma, subraya que la obra de Portaceli reconoce “el valor de lo clásico” no como una consigna, sino como una forma de adaptarse a cada proyecto sin perder su identidad. El propio arquitecto ha reivindicado, en declaraciones al Corriere della Sera, que este tipo de reconocimientos “enseñan a no olvidar que la arquitectura es un arte útil” y que su sentido no reside “en el gesto espectacular”, sino en la capacidad de responder “con inteligencia y sensibilidad a las necesidades humanas en un lugar concreto”. A su juicio, se trata de una mirada especialmente necesaria en un momento en el que “se debilita la conciencia de lo que la cultura europea ha construido con enorme esfuerzo”.

El pasado no es inmóvil

Así lo corroboró también en su lectio magistralis, titulada “Dejemos expresarse a la arquitectura”. En ella recordó que las obras del pasado no son un objeto inmóvil, sino un fenómeno vivo, y que nuestra forma de mirarlas cambia con el tiempo. Por eso, intervenir en el patrimonio no es solo conservar, reparar o documentar, sino, sobre todo, interpretar. Para Portaceli, proyectar sobre lo heredado no consiste en copiar, sino en comprender la lógica del lugar y responder desde la arquitectura. “No se puede construir el futuro prescindiendo de la memoria”, ha afirmado, subrayando que el territorio no es un simple escenario, sino “un parámetro esencial del proyecto”.

En esa misma línea, el arquitecto defiende que respetar las tradiciones no implica repetir formas del pasado, sino entender la lógica profunda de cada lugar para que la arquitectura contemporánea establezca con él “una relación verdadera”. También ha reivindicado la vigencia del clasicismo entendido como continuidad cultural: “Construir hoy significa medirse con las arquitecturas que nos han precedido”, ha señalado, evocando la idea de que lo clásico es, en esencia, “lo eterno”.

La "ruina artificial" de Sagunt

Su discurso encajaba plenamente con una trayectoria larga y diversa que se apoya en tres grandes líneas. En primer lugar, la intervención sobre monumentos y edificios históricos, donde siempre ha defendido la necesidad de revitalizar el patrimonio para devolverle utilidad social. Ahí se sitúan obras como la recuperación del Almudín de Xàtiva, la transformación del antiguo granero de la ciudad en Museo Municipal o la restauración del Teatro Romano de Sagunt junto a Giorgio Grassi.

El de Sagunt ha sido uno de los episodios más controvertidos en la carrera de Portaceli y sobre él reflexiona en la entrevista concedida al Corriere della Sera con motivo del premio. Allí, el arquitecto valenciano insiste en que actuar sobre un monumento “no es solo un problema arqueológico o documental, sino, en última instancia, un problema de arquitectura”. Recuerda que el teatro era ya una “ruina artificial”, alterada por intervenciones previas, lo que condicionó el proyecto, desarrollado junto a Grassi, con el objetivo de recuperar el espacio teatral “con lo mínimo necesario y una arquitectura sobria”.

La casa de Manolo Valdés

A la veta de revitalización del patrimonio se suma una importante arquitectura docente, desde centros como La Gavina hasta el CEIP Mare Nostrum de València, muy apreciadas por la comunidad educativa. Y hay una tercera línea, la de las viviendas unifamiliares, donde ha experimentado con distintos lenguajes sin perder una fidelidad de fondo a una arquitectura atenta al lugar, a la proporción y a la continuidad histórica.

En este ámbito, Portaceli ha destacado también su experiencia diseñando la casa-estudio del artista Manolo Valdés en Dénia. Según explica, trabajar para un creador obliga a repensar la vivienda más allá de sus usos convencionales, incorporando talleres, espacios de trabajo o lugares de encuentro entre vida y creación. Sin embargo, advierte de que no se trata de “acomodar la excentricidad”, sino de comprender con precisión “una forma particular de vivir y trabajar”.

Arquitectura, memoria y responsabilidad

Más allá de su obra, Portaceli ha aprovechado la entrevista para reflexionar sobre el papel de la arquitectura en el contexto actual. En un momento marcado por conflictos bélicos, se muestra crítico con el futuro de la reconstrucción: teme que quede en manos “del mercado, la propaganda y una arquitectura de ínfima calidad”. Frente a ello, defiende que reconstruir una ciudad no consiste solo en levantar edificios, sino en recuperar “lugares de encuentro, de intercambio y de memoria”, es decir, “el hábitat de ciudadanos libres e iguales”.

La dimensión teórica de esa trayectoria quedó también reflejada en el acto a través del libro Arquitectura: en busca de un criterio, donde Portaceli expone su manera de entender la arquitectura y, en buena medida, también la vida. Publicado en julio de 2025, el volumen repasa sus años de formación en Barcelona con Coderch, Bohigas y Correa, su pasión por los viajes, la influencia inglesa, sus maestros Juan José Estellés, Grassi y Emilio Giménez y su intensa relación con Italia, país que -según reconoce- ha sido para él “un verdadero lugar de aprendizaje”.

Manuel Portaceli posa junt a un dels seus murals.

Manuel Portaceli posa junt a un dels seus murals. / L-EMV

Un reconocimiento coral

En un acto solemne y de alto nivel académico, la trayectoria de Portaceli fue elogiada por numerosos ponentes. Entre ellos figuraban personalidades de la arquitectura italiana y española como Pier Federico Caliari, del Politécnico de Torino y presidente de la Accademia Adrianea; Marina Sender, presidenta del Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia; Carlos Salazar, vocal de Cultura de dicho organismo; María Margarita Segarra Lagunes, investigadora y profesora de la Universidad Roma Tre, o Ignacio Bosch, profesor emérito de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia y autor de la laudatio del premiado.

Franco Purini, figura central del neorracionalismo italiano, situó la obra de Portaceli en un territorio donde conviven racionalismo, clasicidad y contemporaneidad, con un eco lejano de Le Corbusier. Desde Valencia, Salvador Lara Ortega, decano del Colegio de Arquitectos de la Comunitat Valenciana y vicepresidente del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España, leyó el premio como una forma de justicia histórica. Portaceli, vino a decir, no se explica solo por la envergadura de sus grandes obras, sino también por la misma exigencia aplicada a escalas mucho más pequeñas.

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