Manuel Portaceli, arquitecto: «Va a ser muy difícil convertir la sede de Correos en un museo para Sorolla»
El arquitecto valenciano Manuel Portaceli, galardonado con el Premio Piranesi, reivindica la rehabilitación de edificios históricos como herramienta para preservar su valor y significado

El arquitecto Manuel Portaceli este martes en la exposición de su amigo, el también valenciano Jordi Teixidor, en Madrid. / Alba Vigaray

Manuel Portaceli acaba de recibir el Premio Piranesi como reconocimiento a una trayectoria marcada por la intervención en edificios históricos y una forma de entender la arquitectura desde el respeto, el uso y la memoria. En esta entrevista, el arquitecto valenciano repasa algunos de sus proyectos más emblemáticos, reivindica la rehabilitación como herramienta para mantener vivos los edificios y reflexiona sobre el urbanismo, la vivienda y el crecimiento de València.
El Piranesi lo han recibido antes que usted arquitectos de la talla de Moneo, David Chipperfield, Eduardo Souto de Moura y Álvaro Siza. ¿Cómo se siente formando parte de esa lista tan apabullante?
Hombre, estoy contento. Contento sobre todo de que se haya entendido y reconocido un poco mi callada labor, porque soy una persona que ha trabajado siempre encerrado en el estudio, en la escuela y poco más. Y, bueno, muy satisfecho de que hayan pensado en mí, sobre todo en el conjunto de mi carrera, porque yo creo que de un solo edificio no se puede hablar, sino de una serie de actuaciones que van mejorando, mostrando unas inquietudes y unos intereses. Y también me gustó que hubo unos maestros que hablaron muy bien en la presentación del premio, y vi que se habían estudiado mi carrera. Veía un cierto interés y veía también que el resultado era positivo. Además, me hacían análisis que siempre me hacen pensar y siempre aprendes.
¿Y qué ha aprendido en esta ocasión?
Por un lado, que se ha entendido mi intención de que la intervención en los edificios históricos tiene que ser siempre una cuestión de caso por caso. Cada edificio tiene sus propias necesidades. Lo que hay que hacer en un edificio antiguo en el que intervenimos es hacerlo hablar: que manifieste sus necesidades, cómo fue construido, qué tipo de edificio fue, y luego revitalizarlo con un uso actual.
Precisamente, el uso es una de las cosas que usted destacó en el discurso, que rehabilitar el San Pío, el Teatro Romano o las Atarazanas, sin darle un uso no tendrían ningún sentido.
Claro. Es que los reutilizamos porque están vivos. Nosotros nos acercamos a las obras de arte porque están vivas, y nos dicen algo; además, cada vez nos dicen una cosa distinta. Por eso han durado 500 o incluso 2.000 años, porque cada vez nos dicen algo y cada vez nos enriquecen cuando nos acercamos a ellas. En el fondo, las necesidades de los hombres no son tan diferentes.

El arquitecto Manuel Portaceli este martes en la exposición de su amigo, el también valenciano Jordi Teixidor, en Madrid. / Alba Vigaray
Atarazanas, el Palacio del Marqués de Campo, la ampliación del San Pío V, el Palacio de Benicarló, el Teatro Romano de Sagunt, el Castillo de Sagunt… ¿De qué proyecto se siente más orgulloso?
Es que cada uno tiene su problemática. Por ejemplo, en el San Pío V, lo que me planteó el proyecto fue que necesitaba un vestíbulo, un núcleo que aglutinara lo que íbamos a ampliar y la parte antigua. Y yo me arriesgué y dije: hay que restituir el espacio de la cúpula de la antigua iglesia. Pero, como decía un tratadista italiano, Brandi, no se trata de copiar literalmente lo que se había hecho entonces, sino de restituir el espacio, lo abstracto, una idea de lo que era. Y eso es lo que intenté hacer allí, y creo que funcionó muy bien. Y luego, el Marqués de Campo también fue una cosa muy interesante, además porque lo hicimos muy deprisa. Ricard Pérez Casado quería las cosas bien hechas y lo más rápido posible. Recuerdo el planteamiento de aceptar que aquel edificio, que venía del XVII, con forma de U, un poco como los hotelitos franceses, se convirtiera en un patio. Yo acepto esa estratificación clásica, porque además me sirve para el museo: el basamento, la planta noble y el ático. Todo eso lo introduzco en un recorrido.
Precisamente, el Palacio del Marqués de Campo, va a acoger la primera fase de la exposición de la Hispanic Society. Yo no sé si un edificio así está preparado para acoger ya no una exposición de esa envergadura, sino la cantidad de gente que se espera.
Bueno, los límites de visitantes siempre se pueden poner. Yo creo que estaría muy bien. Estoy muy contento si se lleva a cabo, porque recuerda que el palacio nace en el siglo XVIII, o incluso antes, como espacio del coleccionista. O sea, nace en un palacio, y que vuelva a ser museo y que además tenga coherencia todo el museo dedicado al magnífico Sorolla que hemos tenido, me parece estupendo. Habrá que mejorar el control de humedad, las temperaturas, todas esas cosas. Tendrán que prepararlo y cuidarlo más de lo que lo han cuidado hasta ahora, que no lo han cuidado nada. Pero eso ya se hizo en su momento y creo que puede ser perfectamente válido, quizá modernizando alguna instalación.
Después la exposición irá al edificio de Correos, que no fue concebido para exponer y cuya adaptación costará una millonada.
Sí, una millonada importantísima. El edificio tiene ese espacio cupulado, que es una maravilla. Pero es un proyecto difícil, muy difícil. Se puede hacer, por supuesto, convirtiendo todos los espacios de alrededor en salas, subdivididas del modo que convenga. Es un edificio complejo y, desde luego, se necesita tiempo y buscar unos arquitectos, que tengan experiencia en este tema. Y hacerlo con paciencia, porque no se puede pedir para dentro de tres meses. Eso se lleva un año, por lo menos, de desarrollo, porque es muy complejo. Pero se puede quedar muy bien también.

El arquitecto Manuel Portaceli este martes en la exposición de su amigo, el también valenciano Jordi Teixidor, en Madrid. / Alba Vigaray
¿Ve normal que tantos años después de su rehabilitación, el Bellas Artes siga teniendo un entorno tan degradado?
Bueno, yo acabé mal con el ministerio, porque me apartaron en el 96. Pero al final ahora parece que están tomando impulso. Yo creo que en parte porque el director, Pablo González Tornel, le ha dado una vida que no había tenido nunca. Y entonces eso impulsará también la inversión. Es importante que las autoridades se preocupen por el arte, por la cultura, por nuestra historia. Pero tienen que cuidarlo. Tienen que cuidar el entorno, que no es tan difícil, porque tiene un jardín alrededor. Realmente, ese jardín tendría que estar bien visto, bien cuidado, y las ampliaciones deberían entrar como deben entrar.
Quizá el problema que tiene el Bellas Artes y otros edificios públicos es que ahora la administración invierte mucho menos en este tipo de proyectos públicos que en los 80 y 90.
Sí, es cierto. Entonces había una voluntad de recuperar nuestra tradición y nuestra historia empleando el dinero que fuera necesario. Como también había una voluntad de recuperar la enseñanza y la transmisión del pensamiento. Todo eso se ha degradado un poquito bastante. Pero bueno, esperemos que vuelva. Los primeros que perdemos somos los ciudadanos, porque recuperando la historia y reconociendo nuestro pasado es como podemos invertir en el futuro: estamos haciendo futuro. Eso es lo más importante para los ciudadanos.
En esa intervención en el Bellas Artes uno de los grandes hitos fue la reconstrucción de la cúpula, que casi cambió el horizonte de una parte de la ciudad. ¿Por qué fue tan escandalosa la rehabilitación del Teatro Romano de Sagunt y no tuvo ese mismo escándalo reconstruir un lugar tan céntrico y emblemático como el antiguo monasterio de San Pío V?
Eso también me lo he preguntado yo siempre. El problema era diferente y la solución también, pero sí. Lo que pasó es que Sagunt se vició mucho con unas discusiones de tipo político que emborronaban la discusión verdadera. Al final había muy pocos argumentos y mucho echarse trastos a la cabeza. Y eso es lo que no puede permitirse la ciudadanía: perder el tiempo en esas discusiones peregrinas, en lugar de reflexionar sobre por qué se ha hecho y de qué manera, y de buscar soluciones o salidas positivas. Todo eso fue muy negativo para el ciudadano. La arquitectura es un arte útil, pero es un arte, ojo. Y por tanto tiene muchas interpretaciones.
¿No cree que aquella polémica fue como un coletazo de aquella Batalla de Valencia de los 70 y 80?
Yo creo que sí. Se explotó mucho. Incluso el proyecto llegó a no acabarse del todo. Menos mal que sí estaba acabado en lo esencial: estaba cerrado y no entraba el agua, que decimos los arquitectos. Pero no llegó a completarse, porque había que poner el antiquarium de la escena, que habría explicado mucho por qué hicimos ese antiquarium, que evocaba lo que estaba claro. No había manera de que el proyecto se entendiera. Es que esos muros que completamos estaban ahí hace dos mil años; eso estaba seguro. La altura la dieron los arqueólogos y hasta ahí cortamos. Seguramente tendría estatuas, decoración, incluso estaría acabado en piedra. Y nosotros, como no había ningún resto de la fachada, lo dejamos en espera de que las piedras aparecieran. Que no aparecerán, porque está muy excavado. Pero bueno, ojalá.
¿Que le hayan dado Roma un premio del prestigio del Piranesi no tiene algo de justicia poética por lo que ocurrió aquí en Valencia en los 90 con el tema de Sagunt?
Me gusta eso de la justicia poética. Sí, yo también lo he sentido un poco. En mi fuero interno he pensado: mira, han venido de Roma nada menos para reconocer lo que estoy haciendo. Ojo: el premio lo dan por su trayectoria vinculada a la rehabilitación y a la intervención en edificios históricos. Literalmente, ellos especifican que es a la carrera y, sobre todo, a la parte dedicada a los edificios históricos.

El arquitecto Manuel Portaceli este martes en la exposición de su amigo, el también valenciano Jordi Teixidor, en Madrid. / Alba Vigaray
¿Lamenta haber llegado tarde a este trabajo, en los años 80, cuando ya habían desaparecido tantos edificios históricos en Valencia que fue imposible recuperar o rehabilitar porque los tiraron a tierra?
Sí, pero yo creo que esa nostalgia negativa no sirve para mucho. Por supuesto que cuando empezamos -e incluso cuando el Colegio de Arquitectos empezó a incoar expedientes para proteger zonas de la ciudad como patrimonio arquitectónico, para que no se demolieran- ya se habían demolido muchísimas cosas, muchísimos edificios interesantes. Lo que hemos hecho desde entonces es intentar que no vuelva a pasar, que seamos conscientes de que la ciudad es un sitio de encuentro, de intercambio de ideas, de libertad. Todo eso ha de ser la ciudad. No puede ser producto únicamente del capital ni del negocio. El negocio, bien, pero el ciudadano está primero.
¿Cómo ve el crecimiento de la ciudad de Valencia, que parece que crece de una manera un poco a trozos, hacia el exterior, gracias a hitos como la Ciudad de las Artes o ahora el Roig Arena?
—Sinceramente, no veo un crecimiento ordenado. No veo que se plantee para el ciudadano. Y luego, en los edificios, por favor: que no sean espectaculares, sino útiles; bellos y útiles, por supuesto. Yo creo que falta una sistematización, una voluntad de sistematizar la ciudad, que seguramente no es nada fácil porque es una ciudad muy grande. Pero para eso están los estudiosos: para ordenar la ciudad con arreglo a sus necesidades, como lugar de encuentro, de desarrollo de la gente, de vivienda, de usos y de servicios. Todo eso tiene que estar pensado a priori, no dejarlo un poco a lo que salga. Si no, estamos haciendo otra vez lo que pasó con el boom de la costa, que se cargo toda la costa española. Hay que pensar las cosas y ordenarlas con arreglo a lo que interesa de la ciudad.
Ahora la Generalitat va a permitir volver a edificar más cerca de la costa, vuelven a mover la línea.
Bueno, pues eso es lo que hay que frenar: que no sea el interés económico el que mande, sino el interés de la gente, del país y del territorio. La arquitectura se inscribe en un lugar y se desarrolla en un programa, y ese lugar hay que defenderlo.
¿Qué haría usted como arquitecto ante un problema como el de la falta de vivienda o la subida de los alquileres en una ciudad como València?
Bueno, eso es un problema difícil. Pero yo creo que hace falta vivienda más o menos subvencionada; hace falta vivienda pública, que dejó de hacerse hace años. Hace falta un gran impulso de la vivienda pública, pero vivienda pública de verdad, no como esto bochornoso que hemos visto en Alicante.
¿Aún es posible la convivencia entre vivienda pública y la arquitectura concebida como un arte?
Sí, claro. Si hay algo que ha escrito una parte muy importante de la historia de la arquitectura es precisamente la vivienda pública. La arquitectura moderna nació un poco de pensar en el ciudadano, precisamente, con la revolución industrial y con el crecimiento de las ciudades. Tú vas a Marsella y en las afueras está la Unité d’Habitation de Le Corbusier, que es vivienda mínima y que es una obra de arte. Es una obra de arte que disfrutas paseando por allí, por los pasillos centrales, por la cubierta… es una maravilla. Y en Valencia hay alguna cosa muy interesante que ni recordamos, como el edificio de Santa María Micaela. No se ha extendido esa forma de hacer, pero sí, claro que se puede hacer.
Ahora hay poca vivienda pública pero muchos edificios-cebra.
Bueno, eso ya… No podemos imponer una única forma de hacer. En el siglo XVIII sí que ponían una normativa para que todas las casas fueran iguales en una calle. Ahora ya no podemos decir nada. Lo que sí podemos valorar es la mayor o menor calidad de la obra y la mayor o menor capacidad de quienes la ejecutan. Pero meternos en eso, ya no.
En Italia, además de sus rehabilitaciones de edificios históricos, también han destacado la casa-estudio que hizo para Manolo Valdés en Dénia.
Manolo y yo somos amigos desde jóvenes. Yo le habré ordenado, arreglado, como quieras llamarlo, siete u ocho viviendas. Desde que vivía en la avenida Cardenal Benlloch hasta la última que se compró, el palacio de la calle Caballeros, que le arreglamos Grasi y yo. Y luego, claro, la casa-estudio de Dénia era un poco especial, porque tenía un estudio de doscientos o trescientos metros cuadrados y después la vivienda tenía unas características muy distintas. Un artista nunca se hace una casa burguesa en el sentido tradicional. En el caso de su casa, por ejemplo, todo el salón estaba pensado para que se exhibieran obras suyas, cuadros suyos o de quien fuera. Y el jardín -eso no llegó a ponerse porque se marchó a Nueva York- tenía previstas unas bases para esculturas. Imagínate qué bonito habría sido ver desde fuera las esculturas allí puestas.
¿Y ahora en qué está? ¿Se mantiene activo en la arquitectura o prefieres descansar?
No, yo ahora he escrito un libro, unas reflexiones sobre lo que he hecho y lo que pienso que es bueno hacer, etcétera. Y resulta que, gracias también a este premio, uno de los ponentes pidió que se tradujera al italiano. Se llama En busca de un criterio y un libro pequeñito que edité el verano pasado.
Y qué bien queda la arquitectura escrita en italiano, ¿eh?
Sí, claro. Y además en esa ciudad… ¿Sabes cómo es esa ciudad? Es maravillosa. Es tremenda.

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