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Crónica

Suede deja afónico al Roig Arena

Brett Anderson cargaba en sus alas con el plomo de la afonía y tuvo que cambiar el repertorio y la duración del concierto, pero bordó una actuación digna del mejor frontman de aquello que se llamó una vez britpop.

Brett Anderson, líder de Suede, entre el público durante la actuación de la banda en el Roig Arena.

Brett Anderson, líder de Suede, entre el público durante la actuación de la banda en el Roig Arena. / Francisco Calabuig

Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

El concierto que Suede ofreció en Murcia el 23 de septiembre de 2023, sábado, cambió muchas vidas. Entre ellas la del propio Brett Anderson, cantante de la banda británica. Esa noche salió al escenario aquejado por una grave depresión que le había procurado mucho del material con el que estaba escribiendo “Antidepressants”, el disco que presentó anoche mismo en el auditorio del Roig Arena. En aquella noche lejana, el público andaba mosqueado por la floja actuación de Echo And The Bunnymen y tenía puesta todas sus esperanzas en Suede, que cerraba el festival. Anderson salió acelerado, descolocado, diríase que con ganas de liquidar el asunto lo más rápidamente posible, presa de sus demonios interiores y de su situación anímica. Hasta que en una de sus piruetas sufrió una aparatosa caída. Tras un breve instante que mantuvo en vilo a todos los asistentes, se levantó del suelo y, mucho más templado y focalizado, dio uno de los mejores conciertos de su vida. Y de la nuestra.

Él sostiene que en aquel momento sintió que una fuerza invisible lo levantaba del suelo, lo calmaba y lo animaba a seguir en una especie de trance balsámico, con una energía positiva, sanadora, en perfecta comunión con el público. Y de ahí sacó la idea para componer “Dancing With The Europeans”, la canción que supuso el inicio de su recuperación de la enfermedad. Bailar en hermandad con los europeos, con los españoles mayormente, puede ser algo maravilloso. La fuerza que le transmitió el público aquella noche consiguió sanarlo en cierta manera. Yo vi que allí cayó un hombre y se levantó un ángel. Un ser celestial cuya música ayudó a que muchas vidas, algunas me tocaban muy de cerca, cambiaran a mejor con aquel tremendo intercambio de vibraciones.

Ese ángel sobrevoló anoche el enorme sótano del Roig Arena, pero llevaba las alas heridas. Esas alas que aparecen en la portada de su último elepé, alas de carne, una res partida en dos canales, enormes costillares tras una figura de doliente apariencia humana. Carne muerta para lastrar el espíritu. De eso va el nuevo disco, una magnífica revisión y actualización del post-punk con toda la maestría musical de una banda imbatible. Música potente, plena, rítmica, épica. Tensionado y poderoso, a la segunda escucha ya sabes que figurará entre sus mejores trabajos. En otros conciertos de la gira sus canciones han supuesto la mayoría del setlist. Anoche no fue así.

Brett Anderson cargaba en sus alas con el plomo de la afonía y tuvo que cambiar el repertorio y la duración del concierto. Nos pidió ayuda para cantar y nos aseguró que, a cambio, tocarían todos los éxitos posibles, sus canciones más conocidas, nuestros temas favoritos. Y así, otra vez en perfecta comunión con su público preferido, bordó una actuación digna del mejor frontman de aquello que se llamó una vez britpop. Con la primera canción, “She”, dejó atrás el carácter dual de su último disco, la contraposición de la vida y la muerte, del miedo y la esperanza, de la enfermedad y la sanación, de la locura y la cordura y echó a volar no con las laceradas alas de carroña, sino con otras, hermosas y limpias, hechas con la luz que sale de su música.

Concierto de Suede en el Roig Arena.

Concierto de Suede en el Roig Arena. / Francisco Calabuig

Felino, seductor, bello, andrógino, ágil, teatral, el esbelto ser celestial de la camisa blanca y el inconfundible flequillo, bailó, laceó el micrófono y se desgañitó en un alarde sobrehumano de intensidad, convicción y actitud. Bajó varias veces a cantar, a susurrar, a vociferar entre el público (dios, estuve a punto de tocarle, tan solo me faltaron unos centímetros) metiéndose en el bolsillo a un auditorio que no acabó de sonar todo lo bien que se merecía la ocasión en ningún momento. No importaba, aquello iba más de transubstanciación que de microfonación. El misterio de la fe por la que Anderson volvió a renovar nuestra alianza, antigua y eterna, y redimirnos del pecado de la duda, dejando algo suyo dentro de nosotros. El tacto de su sudor, su magnética presencia, sus salmos doloridos, sus estribillos majestuosos. Propulsado por una banda infalible, palpitante, mayúscula, vertió sobre nosotros las bendiciones de “Trash”, “We Are The Pigs”, “Animal Nitrate”, “Saturday Night” y tantas otras. Y pese a todas las contrariedades que puede ofrecer la existencia terrenal y esa ronquera que determinaba, implacable, el transcurso del show, todavía tuvo la elegante voluntad de brindarnos tres momentos emotivos, quedándose en casi completa soledad para ofrecernos “Stay Together”, “Heroin” y “The Wild Ones”.

Y al final, tras una hora y diez minutos de éxtasis, llegó el momento de la despedida. El de bailar con los europeos. La gente de Brett. Nosotros, aquella basura fermentada con nitrito de amilo que se pasó los noventa obsesionada por el sexo, las drogas y los sonidos de celofán. Los salvajes, los cerdos, los niños bonitos de una nueva generación que tomaba pastillas para encontrar a su amante entre un millón de rostros desconocidos cada noche de sábado. Ahora las tomamos para mitigar el dolor de vivir fuera de aquellas canciones y, cuando levantamos el vuelo por obra y gracia de algún perverso milagro, caemos al poco en picado, con alas de carne asesinada, en tenebrosos pozos de soledad. Por eso, buscamos antidepresivos que nos salven del terror de haber pasado de los veintidós años hace treinta. A veces píldoras, a veces poesía, a veces música rota para gente destrozada que nos aparte de los macabros pensamientos de la autodestrucción y que nos acerque a nuestros propios dulces hijos bajo la cálida lluvia de junio, comprendiendo por fin que la vida puede ser eterna si odias vivirla, pero que también puede pasar en un solo y brevísimo instante cuando eres razonablemente feliz. Tan feliz y tan afónico como en un concierto de Suede.

Brett Anderson, cantante de Suede, en el Roig Arena.

Brett Anderson, cantante de Suede, en el Roig Arena. / Francisco Calabuig

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