Philippe Grimminger: «El IVAM había perdido la visión internacional para Julio González. Por suerte, eso ha cambiado»
El representante de la Fundación Julio González, Philippe Grimminger, analiza la relación del escultor con el IVAM y la vigencia de su obra, que se exhibe en la exposición «La mujer en la obra de Julio González»

Philippe Grimminger, responsable de la Fundación Julio González. / Miguel Ángel Montesinos

La creación del IVAM estuvo estrechamente ligada a la donación y venta de 360 obras del escultor Julio González realizada en 1985 por Carmen Martínez y Vivienne Grimminge. Con el impulso de Tomàs Llorens, primer director del IVAM, las herederas de González entregaron un importante conjunto de piezas del artista, que incluía esculturas, dibujos, pinturas y documentación personal, convirtiéndose en el núcleo inicial de la futura colección del museo. La donación permitió dotar al nuevo centro de una base artística sólida y de prestigio internacional y situó desde su origen al IVAM como referente en España en la difusión de las vanguardias del siglo XX. Con motivo de la inauguración de la exposición «La mujer en la obra de Julio González», Philippe Grimminger, representante de las Fundación Julio González y gestor del legado del escultor, analiza para Levante-EMV la vigencia del artista catalán y los «vaivenes» en la relación de sus herederos con el IVAM..

Philippe Grimminger, responsable de la Fundación Julio González. / Miguel Ángel Montesinos
Usted es desde 2012 el administrador de la Fundación Julio González y su principal heredero. Pero no guarda parentesco con el escultor ni sus descendientes…
Todo se remonta a una historia de amistad profunda. Roberta González, la hija de Julio, no tuvo descendencia y, tras divorciarse en los años 70, estrechó lazos con sus dos mejores amigas: mi tía Viviane Grimminger y Carmen Martínez. Ellas trabajaban juntas en la galería de Carmen en París, editando libros de arte. Al morir Roberta, las nombró herederas universales para proteger el «derecho moral» de la obra -un concepto muy importante en Francia- que garantiza la protección de la integridad de la obra de Julio, Roberta y Joan González. Tras el fallecimiento de Carmen en 1996, mi tía quedó sola al frente y en 1999 me pidió que dejara mi empresa de informática para ayudarla. Me formó durante 12 años en la gestión de la fundación y, a su muerte en 2012, asumí la responsabilidad de continuar su labor.
¿En qué consiste su trabajo de protección y difusión de la obra de Julio González?
Se basa en tres ejes. Primero, la protección, que implica asegurar que las obras en el mercado sean auténticas mediante certificados de autenticidad; recibimos constantes solicitudes para verificar atribuciones. Segundo, la promoción: Julio González está en 130 instituciones públicas del mundo, y muchas tienen obras en sus reservas que nosotros impulsamos para que sean mostradas al público. Y tercero, la difusión, que busca ofrecer una visión global del artista. En este sentido, estamos finalizando con la Fundación Azcona el catálogo razonado, donde para finales de 2027 habremos identificado entre 5.300 y 5.400 obras. También usamos el entorno digital y las ferias profesionales para llegar a nuevos coleccionistas y a un público más joven.
¿Es complicado hacer llegar al público joven del siglo XXI un artista nacido hace 120 años?
La obra de Julio González es totalmente actual porque él moldeó la historia del arte al inventar la escultura en hierro. Se le conoce como el «artista de la luz» porque utilizaba tres medios: el hierro, el espacio y la luz. Aunque se piense que es un artista antiguo, sus piezas clave en hierro son de entre 1935 y 1940, tienen apenas 80 o 90 años. Como decía Brigitte Leal (ex directora adjunta y responsable de las colecciones del Centre Georges Pompidou de París y comisaria de la exposición «La mujer en la obra de Julio González» en el IVAM) era un observador que plasmaba el mundo con esos materiales, algo que los artistas contemporáneos siguen haciendo hoy en día. Su creatividad sigue siendo mágica e inspiradora.
Hablemos de la relación con el IVAM, la institución que más obras tiene en su colección de Julio González. ¿Cómo es el vínculo actual entre su fundación y el museo?
Desde el año 2000 he tratado con muchos directores. Siempre he mantenido el mismo camino: protección y difusión. Ha habido altibajos, en los que no entraré en detalle. Sin embargo, la relación actual con Blanca de la Torre es rica porque compartimos una visión común: queremos que el IVAM recupere su aura internacional. El IVAM custodia el mayor fondo de Julio González y sus archivos, que mi tía donó para que fuera un centro de investigación. Estamos alineados en el objetivo de posicionar a Julio González como artista global y al IVAM como una organización de envergadura internacional, algo que se refleja en la elección de comisarias internacionales como Briggite Leal. Además, seguimos impulsando el Premio González para promocionar a artistas internacionales
¿Qué ocurrió exactamente para que esa relación no fuera siempre satisfactoria en el pasado?
Una colaboración es, ante todo, una historia de comunicación. En el pasado hubo problemáticas internas en el gobierno valenciano y también problemas internos en la propia dirección de la organización. No quiero entrar en detalles específicos, pero en toda relación hay momentos en los que se está de acuerdo y otros en los que no. Con algunos directores anteriores hubo desacuerdos y nosotros los expresamos claramente. Yo siempre he seguido mi único camino: protección, defensa y promoción. Afortunadamente, esto no tiene nada que ver con la situación actual.
¿Se ha resentido el legado de Julio González por esos vaivenes que ha sufrido el IVAM o por no estar en una ciudad más grande y vinculada a su carrera como Barcelona o París?
En absoluto. Hubo una generosidad inmensa por parte de Roberta, Viviane y Carmen, lo que permitió que existan fondos importantes en el Centro Pompidou de París o en la Fundación Maeght. València ha dado un reconocimiento excepcional al artista, empezando por el nombre del centro en su fachada. Además, las obras están hechas para viajar; basta con ponerlas en un avión o un camión para difundirlas por el mundo. Lo importante es que circulen.
Entonces, ¿estaría su tía Viviane satisfecha con el rumbo actual del legado?
Hace unos años, probablemente lo habría estado menos, porque se había perdido un poco esa visión de internacionalización. Pero hoy, viendo el camino tomado por Blanca de la Torre y la visión de la Generalitat, estoy convencido de que sería muy feliz. Se ha recuperado el objetivo de dar a conocer a González y a València a nivel internacional.
Para la llegada de la obra de Julio González a València fue fundamental la figura de Tomás Llorens. ¿Cómo fue su relación con él?
Trabajé con él durante 20 años y su muerte en 2022 me causó una tristeza infinita. Fue una figura fundamental que permitió crear el proyecto del IVAM Centro Julio González gracias a las donaciones de mi tía. Su gran aportación fue unificar la cronología y la explicación artística de la obra, superando los catálogos fragmentados que existían antes. Él demostró que González no estaba a la sombra de nadie, como quedó patente en la exposición que organizó en Madrid (en la Fundación MAPFRE) sobre los caminos paralelos de Picasso y González. Fue una muestra formidable sobre dos amigos que fueron actores mayores del siglo XX.
¿Mejor una sala en la que vayan rotando las obras de Julio González que una permanente?
Es importante que haya una sala dedicada, pero las temáticas deben cambiar para que el fondo «viva». Se pueden hacer rotaciones basadas en los archivos, como la exposición actual de «González y las mujeres».
¿Y cuál de sus piezas elegiría para la sala permanente de la Colección que prepara el IVAM?
Esa es una tarea que dejo a los profesionales y conservadores del IVAM. Ellos son los expertos en el comisariado; mi rol se limita a la gestión de derechos, protección y difusión.

Philippe Grimminger, responsable de la Fundación Julio González. / Miguel Ángel Montesinos
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