Crónica
Vade retro, Satanás
Allí no iba a haber más cuernos que los que cada uno llevara puestos de casa. Y el rabo, lo mismo. Por eso, la gerencia del local donde se iba a celebrar el Coven Blasfemia ofreció a los manifestantes entrar para comprobar que el evento no era ofensivo, pero la propuesta fue rechazada, resultando en la cancelación del acto y la victoria del fanatismo

Rezos ante la sala en la que el pasado miércoles se iba a celebrar el Coven Blasfemia. / Francisco Calabuig

Al final no se celebró la misa negra en el 16 Toneladas. De todas maneras no se iba a celebrar. Nunca estuvo programada. Al menos lo que ustedes entienden por misa negra, sea lo que sea eso. El ‘Coven Blasfemia’ era una actividad cultural compuesta de la presentación de un libro, dos conciertos y un espectáculo con componentes satíricos, feministas y de burlesque a pezón tapado, con algún tanga velado por vestidos de encaje negro y dragqueens. Una puesta en escena inspirada en arquetipos como Lilith, figura mitológica asociada a la rebeldía femenina. Sin sacrificios rituales, hostias negras, cálices llenos de sangre, espadas, crucifijos vueltos del revés, besos en el culo ni invocaciones al maligno. Sí, hombre. A Satanás.
Allí no iba a haber más cuernos que los que cada uno llevara puestos de casa. Y el rabo, lo mismo. Me contaba Satanic Minerva, una de las organizadoras, que el objetivo de la jornada era “fomentar la cultura e informar sobre el satanismo filosófico desde una propuesta muy divertida, dirigida a la mejora de nosotros mismos. Ofrecemos cultura pero también diversión, porque lejos de corrientes modernas que solo buscan el academicismo queremos demostrar que sabemos divertirnos y que podemos reírnos hasta de nosotros mismos”.
En esas estábamos, esperando a Javier Cavanilles, autor de ‘Satanismo. Historia del culto al mal’, cuando apareció un grupo de 20 personas próximas a Comunión Tradicionalista y de ideología carlista, que se arrodilló delante de la puerta de la sala y comenzó a rezar el rosario. Entablé conversación con algunos de ellos. Me explicaron que todo aquel acto era ofensivo para su confesión. Que se trataba de un atentado contra la libertad religiosa, una afrenta a la fe cristiana, y que se sentían avasallados por la elección de la fecha, Miércoles Santo. Que, sin duda, todo ello obedecía a una campaña de acoso detrás de la cual estaban los masones y las organizaciones globalistas. Una señora estaba preocupada especialmente por los pecados de la carne y no le parecía nada bien cómo iban vestidas las protagonistas del espectáculo. Señora, son cabareteras vestidas de cabareteras. Que no, que aquello esclavizaba nuestros sentidos a la lujuria y a otros bajos instintos y que allí dentro se iba a pisotear la cruz y otras animaladas.
El Diccionario de la Real Academia define fanatismo como “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”. Cuando un señor se me acercó a decirme que estaba dispuesto a entregar hasta la última gota de su sangre en defensa de Jesucristo Nuestro Señor y que estaba preparado para el martirio si se diera el caso, yo ya lo tuve claro. Me sonó a Hezbolá. ¿Y si me monto yo una cosita satánica en casa con cuatro o cinco colegas, así por probar?, pregunté. Yo iría al rellano de tu piso a rezar con los brazos en cruz para evitarlo, me contestó una chavala con sus ojos azules anegados en una furiosa determinación. No hay más preguntas, señoría. Fanáticos. De diccionario.
Llegaron más. Siguieron con sus rezos, derechos y de rodillas. Dentro de la sala nos hacíamos cruces. Con perdón. La gerencia salió a mediar, a escucharlos. A proponer soluciones. Les ofreció que entraran para comprobar que aquello no era tan grave ni tan ofensivo, sometiéndose a un proceso de censura previa como no se ha visto en España desde 1978. Que se retiraría lo que les molestara. Y aquellos, que no les hacía falta, aunque una señora ya había intentado entrar a fisgar a hurtadillas durante la preparación del evento. Que ellos ya lo tenían claro. Y que total, sólo estaban rezando, sin molestar a nadie, mostrando mucho respeto.
Mentira, claro. Habían ido a protestar. Estaban haciendo política. Como cuando van a rezar a las puertas de las clínicas abortistas. Coartando la libertad de los demás. Estaban presionando a artistas, público y empresarios para suspender un acto cultural. Habían ido allí a pisotear la libertad de expresión. De manera farisaica y taimada, con su presencia amenazante, habían ido a la puerta del garito a intentar detener algo que no les gustaba. Porque si era solamente para rezar se podían haber quedado en la plaza de la Virgen, donde dicen que había otro grupo de oración. O en alguna parroquia. O en su casa, que Dios escucha las plegarias de todos sus hijos desde cualquier parte, estén donde estén.
Decían que respetaban pero no me lo pareció. Respetar hubiera sido no aparecer por allí, igual que otros no vamos a las puertas de sus iglesias a explicarles que no hay prueba alguna de la existencia de Dios o a recordarles los abusos cometidos por su iglesia a través de los siglos. Que han sido muchísimos y abominables y todavía hoy se producen. Vinieron a pisotear mi derecho como espectador a escuchar otras voces y a adquirir otras visiones, por críticas o impías que les parezcan. Paternalismo, machismo, intolerancia. Valores ultracatólicos. Antidemocráticos.
La gerencia, obedeciendo a criterios empresariales pero también al respeto que reclamaban aquellos cristianos ofendidos, decidió cancelar el evento. Me parece una decisión tan respetable como cualquier otra. Mártires, los justos. Obviamente, hubo un error de promoción. Se publicitó la celebración de una misa negra, algo que nunca estuvo en el programa pero que despertó el morbo o el interés para unos y la alerta para otros. No hay equidistancia posible, si no te gusta no acudas, pero no intentes prohibirlo. De eso va la convivencia. A los ultras le daba lo mismo. Siguieron con sus oraciones durante un rato, enseñaron la bandera de España con el Sagrado Corazón, gritaron “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva la Unidad Católica de España!” y “¡Muera la libertad religiosa!” y se marcharon dejando un pequeño retén para comprobar que se cumplía con la suspensión.
El grueso de la congregación volvió al cabo de un rato diciendo que alguien había colgado en redes sociales que se retomaban las actuaciones. Mentira. Ya eran 50 personas. Entonaron cánticos religiosos. Prisioneros de su pensamiento obtuso y de la intoxicación informativa enseñaban noticias antiguas, del lunes, para justificar su vuelta. Tuits, reels, valía cualquier cosa. Mostraban en sus teléfonos móviles imágenes de los tenderetes de artesanía montados en el interior de la sala. Colgantes de pentagramas estrellados, alguna cabeza de macho cabrío, gorras, camisetas, abalorios de temática gótica y siniestra. Esto se está vendiendo ahí dentro, es satanismo, brujería, una blasfemia intolerable, se escandalizaban, ajenos a que en la mitología rockera esas cuestiones son moneda corriente desde que Robert Johnson vendió su alma al diablo en aquel cruce de caminos. De Black Sabbath, Venom o Mayhem mejor ni hablar si no queremos acabar en la pira de estos nuevos inquisidores.
Un disgusto. Aquella gente desencadenó una situación demencial ajena a toda razón que tuvo unas consecuencias graves para músicos, escritores, periodistas, artistas plásticos, artesanos, camareros y asistentes que solo querían pasar una tarde de poesía, baile, cultura, libros, cachondeo y libertad. Cuestiones que les sientan tan mal como el agua bendita a la niña de El Exorcista. Es el signo de los tiempos, minorías ruidosas rompiendo la convivencia. Pero la realidad es que ellos no quieren convivir. Por cuestiones ideológicas detestan la democracia, las libertades que les procura (entre ellas la de protestar y manifestarse) y los Derechos Humanos. Aspiran a la aniquilación de los enemigos de España. De su España. La única verdadera. Al final, los ultras escamparon. Y los rockeros satánicos comeniños, impíos, lúbricos, exhibicionistas y pecadores, también. Secuestrados, humillados, cancelados, atropellados por el Medievo y el fanatismo. A blasfemar, a casa. Pero en voz bajita, no vaya la chavala aquella a impedirlo rezando con los brazos en cruz en vuestro rellano.
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