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Del brillo valenciano al apagón de La Habana: la vida excepcional de Jorge Albi

En La Habana, Jorge Albi, figura clave de la modernidad cultural valenciana, ha encontrado un nuevo desafío: sobrevivir a la precariedad económica, la falta de luz y el éxodo de la población

Jorge Albi en "Rojo", el restaurante y "pop club" que ha montado en su casa de La Habana.

Jorge Albi en "Rojo", el restaurante y "pop club" que ha montado en su casa de La Habana. / L-EMV

Voro Contreras

Voro Contreras

València

A veces pasan treinta horas sin electricidad. O más. «Nadie se imagina esto si no lo vive realmente», cuenta Jorge Albi desde La Habana. «La gente habla de apagones en España que duran unas horas, pero aquí estamos hablando de no tener luz en todo el país durante días».

Por ejemplo, en la casa-restaurante de Jorge Albi no hay corriente desde hace tres días. Tampoco en el barrio. La ciudad funciona a medio gas, sostenida por generadores que dependen de una gasolina cada vez más difícil de conseguir. «Sin electricidad no tienes vida ni lo mínimo», resume. «El agua no sube a los edificios, no puedes cocinar, no hay comunicaciones… todo falla».

El laboratorio valenciano

En la Cuba actual, la oscuridad ya no es una anécdota sino una forma de vida. Pero la de Jorge Albi nunca ha sido una vida convencional. Ni en València antes, ni ahora en La Habana. Porque antes de convertirse en un pequeño empresario atrapado en una crisis económica crónica, Jorge Albi fue una de las figuras más visibles de la modernidad cultural valenciana. Uno de esos nombres que ayudaron a definir una época en la que la ciudad parecía vivir acelerada, como si cada noche fuera una promesa.

En la segunda mitad de los años ochenta, València era un laboratorio cultural en ebullición. Radios libres, nuevas salas, grupos emergentes y una juventud deseosa de romper con el pasado construían un ecosistema creativo y musical que hoy forma parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Y en ese paisaje, Jorge Albi fue uno de los accidentes más llamativos.

Desde programas como Los Bailes de Marte o, sobre todo, La Conjura de las Danzas, Albi se convirtió en uno de los principales prescriptores musicales de la ciudad. Su estilo, elegante y apasionado, introdujo en las ondas valencianas sonidos que entonces parecían lejanos: el pop británico, la new wave, el indie que llegaba desde Manchester o Londres.

Jorge Albi en "La conjura de las danzas".

Jorge Albi en "La conjura de las danzas". / L-EMV

La Conjura de las Danzas

En una València que miraba para fuera sin complejos y que encontraba en la música una forma de identidad, “La Conjura de las Danzas” fue mucho más que un programa musical. Fue un espacio de descubrimiento colectivo, un lugar donde se escuchaban discos recién llegados del extranjero y donde las canciones se trataban como pequeñas piezas de arte.

Además, la voz radiofónica de Jorge Albi se hacía carne en BarracaBar, el local del que era propietario y DJ, y en las fiestas del programa devenidos en acontecimientos memorables que se celebraron en Barraca o Arena. En ellas, el público valenciano convivió con nombres que poco después serían fundamentales en la historia del pop independiente: Inspiral Carpets, Happy Mondays, The LA’s The Mock Turtles, James o The Stone Roses. Noches maratonianas en las que cabían conciertos, moda, performance y una obligación de pasarlo bien que muchos recuerdan todavía con nostalgia.

El nombre de Jorge Albi se convirtió en sinónimo de modernidad, de buen gusto musical y de curiosidad permanente. Pero la inquietud nunca le permitió quedarse quieto demasiado tiempo. El siguiente capítulo de su vida se escribió en Madrid, donde fue fichado por una cadena musical de ámbito nacional en la que desarrolló nuevos programas radiofónicos y consolidó su perfil como comunicador cultural.

También se adentró con más intensidad en el mundo empresarial vinculado al ocio nocturno. Locales, conciertos, sesiones como DJ y nuevas aventuras empresariales marcaron aquellos años en los que la música siguió siendo el eje central de su indentidad. Bares y clubes como Déjate Besar o salas como La Riviera, de la que fue programador, se convirtieron en puntos de encuentro de músicos, periodistas y noctámbulos.

Jorge Albi en "Rojo", su restaurante de La Habana.

Jorge Albi en "Rojo", su restaurante de La Habana. / L-EMV

Una nueva vida en Cuba

Toda esa trayectoria acumulada parecía suficiente para justificar una retirada tranquila. Pero la biografía de Jorge Albi nunca ha respondido a esquemas previsibles. Tras su aventura madrileña, lo primero que hizo Albi fue gastar el dinero que había ganado en las discotecas “viviendo y viajando por el mundo: Tahití, Nueva York, Australia...”. Y lo segundo que hizo fue empezar una nueva vida en Cuba.

«Conozco Cuba desde hace casi treinta años», recuerda. El primer viaje fue turístico, pero la isla dejó una huella emocional profunda. «He tenido hasta dos matrimonios aquí, así que fijate». Durante años regresó una y otra vez, manteniendo con el país una relación contradictoria. Amor y frustración. Fascinación y cansancio. “Cuando voy hacia al aeropuerto le digo al taxista que corra porque tengo prisa por salir de aquí. Pero cuando tengo que coger el avión no puedo parar de llorar”.

Al final, Albi decidió dar un paso que muchos considerarían cuanto menos arriesgado: dejarlo todo en España e instalarse definitivamente en La Habana. El contexto político internacional influyó en la decisión. Durante el acercamiento diplomático con Estados Unidos -el llamado deshielo de la era Obama-, en Cuba parecía abrirse una etapa de oportunidades. «Quería vivir esos cambios y aportar mi granito de arena en el sector del ocio y la cultura», explica Albi.

Durante un tiempo, la ilusión pareció justificada. Llegaron conciertos multitudinarios como el de los Rolling Stones en 2016, eventos internacionales como el desfile de Chanel ese mismo año y una cierta apertura económica que alimentó proyectos empresariales y culturales como el suyo. Albi soñó incluso con trasladar su extensa colección de discos para crear una fundación musical en la isla. Pero la realidad terminó imponiéndose.

La burocracia aduanera, la pandemia y el retroceso político frenaron cualquier iniciativa ambiciosa. En lugar de una fundación cultural, Albi levantó un pequeño negocio en su propia casa: el bar-restaurante Rojo, situado en el barrio de Miramar. Hoy ese espacio es su refugio y, a duras penas, su sustento. También su desafío cotidiano.

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Una ciudad "irreconocible"

La crisis económica cubana ha transformado el país hasta hacerlo irreconocible incluso para quienes lo conocieron en tiempos difíciles. «Después de la pandemia hubo un éxodo brutal -lamenta-. Casi dos millones de cubanos han abandonado la isla en pocos años, especialmente jóvenes preparados que buscaban oportunidades fuera”.

El resultado es un país envejecido y sin fuerza laboral. Los salarios medios apenas alcanzan los cinco o diez euros mensuales. Los precios, en cambio, se disparan. «Un cartón de huevos cuesta seis euros», dice Albi. «Un taxi que antes me costaba tres ahora me cuesta quince». La gasolina es un bien escaso y caro. Los generadores eléctricos funcionan solo cuando hay combustible disponible. Los apagones se suceden sin calendario fijo. «Hoy, por ejemplo, todo el barrio está sin luz», explica. «Para un establecimiento como el mío es una mierda: sin electricidad no hay refrigeración ni cocina».

El turismo, principal fuente de ingresos del país, se ha desplomado. Muchos hoteles permanecen cerrados por falta de combustible y mantenimiento. La vida cultural también ha sufrido un colapso evidente. «Los músicos se han ido», resume. «Por la noche la ciudad parece un páramo de zombies».

La frase describe una Habana que ya no responde al imaginario romántico del pasado. La inseguridad ha aumentado y han aparecido nuevas drogas en circulación como una especie de fentanilo local conocido como “el químico”. «Ya no salgo ni a tirar la basura sin fijarme en cada esquina», admite.

La reinvención de Albi

La precariedad afecta también a su negocio. El personal a cargo de Albi cambia constantemente porque los trabajadores emigran o abandonan sus empleos. «Los buenos cocineros y barmans se han ido del país», explica. Sin turistas en el horizonte, reconoce que el único cliente potencial es ese escaso 1 % de ciudadanos cubanos con un poder aquisitivo que nada tiene que envidiar a un europeo de clase alta.

El hombre que ayudó a modernizar culturalmente una ciudad como València vive hoy con apenas unos pocos euros diarios en un país donde todo escasea. Ante ese panorama, Albi ha decidido reinventarse. «Me he inventado un menú degustación para sentirme vivo», cuenta. Cada fin de semana organiza cenas para grupos reducidos donde mezcla gastronomía, música y narración. Una experiencia íntima en la que su pasado como comunicador cultural reaparece de forma natural.

«Utilizo mi faceta de hombre espectáculo para ilusionar a mi equipo y a los clientes». Durante esas noches suenan Bowie, Dylan, Prince o Springsteen. Canciones que marcaron generaciones y que ahora acompañan conversaciones en un pequeño patio habanero iluminado por luces intermitentes.

La música sigue siendo su refugio. También su forma de resistencia. Dentro de pocas semanas comenzará a cobrar su pensión de jubilación española, un acontecimiento que podría estabilizar su economía. A València, por ahora, no tiene previsto volver. «No tengo propiedad ni a donde ir. Solo una exmujer que, si regresara, volvería a casarse conmigo».

Desde València, algunos amigos le siguen escribiendo y le recuerdan aquellas madrugadas en las que la voz y los bailes de Albi brindaban canciones que parecían abrir ventanas a otros mundos. Noches que hoy pertenecen a la memoria colectiva de una ciudad que también ha cambiado.

Mientras tanto, para él, la vida continúa en La Habana entre apagones, colas y escasez. Pero incluso en esa oscuridad, Jorge Albi sigue haciendo lo mismo que hizo siempre: contar historias, poner música y mantener encendida una pequeña luz personal que resiste contra la noche. Quizá por eso, insiste en no mirar atrás. «No me arrepiento de estar aquí». No en vano, y como él mismo se define, Jorge Albi es un ser excepcional (a ratos).

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