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Fuera de compás

Crónica de sociedad underground

Mis amigos son gente en franco estado de descomposición vertical, presa de una terrible dipsomanía alucinatoria. Peña que disocia muy fuerte y que entrega escenas de un riquísimo valor antropológico.

Imagen promocional de la tercera temporada de Los Bridgerton en Netflix.

Imagen promocional de la tercera temporada de Los Bridgerton en Netflix. / D.I.

Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

Una confesión. Me apasiona la crónica de sociedad como género periodístico. De jovencitos, y todavía ahora, mis amigos se enchufaban el Súperdeporte y yo el Lecturas. Esos magníficos escenarios cambiantes, esas casas, esos vestidos, esos saraos llenos de aristócratas, dentistas y joyeros. Qué fotografías. También me fascina cómo han ido evolucionando los textos desde la asepsia rigurosa y naftalinesca de antaño a una corriente actual que celebra la vida (la de esas personas) de manera natural y desenfadada. En plan pasaba por aquí y miren lo que me encontré. Eso cuando la cronista no se erige en semi protagonista del asunto, en una especie de periodismo gonzo amable pero con su puntito de humor y, en ocasiones, de fina autoparodia. Y entre eso y el enganche que tengo con "Los Bridgerton" y los artículos de Lady Whistledown me he decidido a contarles mis más recientes salidas por el underground valenciano.

Querido y amable lector, la primavera ha llegado a València y el olor a meados que apestaba la ciudad en Fallas ha dado paso al fragante aroma del azahar. Pensaba yo en esto (y en la miel que se elabora con esa blanca flor porque he sido apicultor casi 20 años) de camino al concierto que Polonio ofreció en El Volander el 21 de marzo. Toni Cárdenas y Toni Ferri repasaron canciones antiguas y presentaron algunas nuevas a pelo, acústica y teclado, delante de un par de docenas de entusiastas seguidores en una de sus primeras tomas de contacto con el directo después de un parón de años. La cosa promete, créanme.

Jesús Sáez (Llum, Standby Connection) me explicaba allí mismo con su inteligente clarividencia que a estas alturas de la película la intención última del músico es poder expresarse, que lo escuchen y que lo disfrutemos todos tanto arriba como abajo del escenario. Sin más trascendencia ni ambición. A esa honrada liga pertenecen las bandas Danny Mellow y The Great Travelling Band, que ofrecieron un doble programa en la tarde del domingo 29 de marzo en Black Note. Los primeros están rodando su último elepé, “Expediente Mellow”, powerpop de guitarras feroces, melodías vibrantes y agridulce visión de la madurez. Los segundos nos conquistaron con su noble clasicismo de raíces sesenteras con sabor a beat, garaje y blues. No se los pierdan.

Puestos a confesar, les digo que soy un apasionado del vino. Rodolfo Valiente es, además de un prestigioso bodeguero (Vegalfaro, Pago de los Balagueses, cava Chiquilla) un amante del rock and roll. Por eso ha llevado sus vinos a eventos como el Love To Rock y ciclos como Concerts de Vivers o los sábados de La Pérgola. Desde hace años, Loco Club sirve copas de Rebel.lia y, una vez al año, Rodolfo organiza allí un fiestón con todas las de la ley: el Enorock. Menudo jari el pasado sábado 28, a tope de colorazo, poderío y desinhibición. Se me ocurrió meterme en un pogo de lobas y acabé comiendo melena lisa, rizada y cola de caballo, qué agitación al ritmo de las versiones de Los Roper. Poca broma, además de un capacitado y suculento cantante que despierta pasiones tienen entre sus filas a componentes de Girasoules y La Sede. Sorpresa mayúscula cuando subieron al tablado el insigne Javi Vela (Seguridad Social), el propio Rodolfo al bajo, y Quique Tarrasó (Girasoules, Hearendless) al micro para interpretar “El Predicador”.

De allí me acerqué al Killing Time, garito de moda en Russafa, para encontrarme con los sospechosos habituales de la escena mod valenciana. Inmensa labor la de Dani Herranz, figura de autoridad internacional, que anda promocionando la Shing-A-Ling Northern Soul Allnighter del 25 de abril en el Casino Cirsa. Ambientazo, priva, canapés, musicón y reencuentros con personajes legendarios. Mis amigos. Gente en franco estado de descomposición vertical, presa de una terrible dipsomanía alucinatoria. Peña que disocia muy fuerte y que entrega escenas de un riquísimo valor antropológico. Para colmo, mi esposa perdió un pendiente (cosas de ir en moto con bufanda y casco) y ahí me tenían en cuclillas con la antorcha del móvil encendida, fisgando entre los pies del personal y por debajo de los coches aparcados en la calle, desatando la hilaridad entre mis camaradas y abriendo la puerta a recuerdos de situaciones similares en las que extraviamos carteras, móviles, lentillas, llaves, mandanga, herencias y matrimonios en las más variadas y grotescas circunstancias.

Y así acabó la cosa, de manera anticlimática, como una torrija rematada con sacarina. No apareció, no, y era una pieza única, oro blanco, diseño original. Llevaremos el que nos queda a que lo copie uno de esos joyeros fetén que aparecen en las crónicas de sociedad. Las de verdad, las escritas por las que saben de esto.

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