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Calo Carratalá, el pintor que convierte el viaje en memoria y emoción

La Fundación Bancaja expone la obra de Calo Carratalá, quien, con más de tres décadas de trayectoria, refleja en sus lienzos la huella del paisaje y los estados del alma, hasta el 7 de junio

Exposición de Calo Carratalá en la Fundación Bancaja

Celeste Martínez

Amparo Barbeta

Amparo Barbeta

València

Hay artistas que representan paisajes. Y hay otros, más raros, que consiguen que el paisaje termine representándonos a nosotros. En esa segunda estirpe se sitúa Calo Carratalá, uno de las "voces más sólidas", según Rafael Alcón, presidente de la Fundación Bancaja, del paisajismo contemporáneo español, a quien la Fundación Bancaja destina la Sala 5 con la exposición Todo lugar es provisional, una muestra que recorre más de tres décadas de fidelidad a una misma pulsión: mirar el mundo para entenderse a sí mismo.

Presentación de la exposición de Calo Carratalá

Presentación de la exposición de Calo Carratalá / Celeste Martínez

Nacido en Torrent en 1959, Carratalá ha construido una obra sólida, reconocible y profundamente personal. Su pintura no persigue la descripción de la naturaleza, sino "la huella que le deja el paisaje", describía Alcón. De ahí que sus cuadros no sean solo paisajes, sino estados del alma, "lugares de tránsito donde el tiempo parece suspenderse" y donde la emoción se posa con una intensidad serena; una reivindicación de la belleza del mundo que habitamos y una llamada de alerta por la fragilidad", incidía el presidente de la Fundación Bancaja.

Una de los óleos expuestos en la Fundación Bancaja

Una de los óleos expuestos en la Fundación Bancaja / Celeste Martínez

La exposición, comisariada por Marisa Giménez Soler, reúne 37 obras de gran y pequeño formato realizadas entre 2013 y 2026, pertenecientes a tres de sus series principales, presentadasde forma conjunta por primera vez en València, además de incluir piezas creadas expresamente para esta ocasión. El recorrido propone una inmersión en el universo de un pintor que ha hecho del viaje una forma de conocimiento y de la pintura un ejercicio memoria y verdad.

Captar el momento, tomar distancia y plasmarlo

Carratalá pinta desde la distancia, pero también desde la vivencia. Durante décadas ha viajado para adentrarse en geografías remotas y dejar que esas tierras lo atraviesen antes de llevarlas al lienzo. Noruega, el Amazonas de Brasil y Perú, Tanzania o Senegal no aparecen en su obra como meros escenarios exóticos, sino como espacios interiorizados, decantados por la experiencia y rehechos después en el estudio. Él mismo lo resume con una frase reveladora: le gustan “los lugares de tránsito, de tiempo lento, lugares de ausencia, lugares a los que no pertenezco y en los que me encuentro conmigo mismo”. Esa declaración contiene, quizá, la clave de toda su pintura.

Una de las obras expuestas en la Fundación Bancaja

Una de las obras expuestas en la Fundación Bancaja / Celeste Martínez

Su proceso creativo está atravesado por esa dimensión casi espiritual del desplazamiento. Según explicó durante la presentación, sus estancias fuera de España suelen prolongarse en torno a un mes, el tiempo necesario para involucrarse en el paisaje, descubrir localizaciones y convivir con lo inesperado. Después, de regreso al estudio, la experiencia se transforma. Apuntes, bocetos, tablillas, fotografías y memoria sedimentan durante meses hasta convertirse en cuadros que ya no pertenecen del todo al lugar de origen pero son espacios "vividos y sentidos" porque, afirma, lo que le importa es la "sensación".

Ese tránsito del viaje a la obra define la singularidad de Carratalá. En sus lienzos hay una renuncia deliberada al detalle superfluo. El gesto es libre, rápido, conciso; la forma parece emerger y desvanecerse al mismo tiempo. Sus montañas nevadas de Noruega respiran una belleza austera, casi silenciosa; las selvas del Amazonas se vuelven densidad, sombra y misterio; los paisajes africanos laten con verdes intensos, huecos, contornos y resquicios; y los baobabs, trazados con sanguina, adquieren una poderosa dimensión simbólica como emblemas de la colectividad y de la continuidad de las generaciones.

Calo Carratalá, Rafael Alcón y Marisa Giménez

Calo Carratalá, Rafael Alcón y Marisa Giménez / Celeste Martínez

Pero si algo distingue a Calo Carratalá es su capacidad para condensar tradición y contemporaneidad sin estridencias. En su pintura reverberan los paisajistas holandeses del siglo XVII, la poética romántica de Turner, Constable o Caspar David Friedrich, así como el pulso del impresionismo francés y del expresionismo. Sin embargo, esa herencia no pesa: respira. En sus manos, la tradición del paisaje se actualiza desde una sensibilidad ética y ecológica que sitúa la preservación del medio ambiente en el centro de la mirada. No pinta la naturaleza como decorado, sino como presencia vulnerable, como espacio que interpela.

Su biografía ayuda a entender esa coherencia. Licenciado en Bellas Artes por la Facultad de San Carlos de Valencia, obtuvo en 2000 la beca de la Academia de España en Roma, una estancia decisiva que marcó el comienzo de una trayectoria en la que los viajes se convertirían en motor de algunas de sus series más sugerentes. A ello se suman reconocimientos como el Primer Premio Bancaja de Pintura, el Primer Premio del Salón de Otoño de la Real Academia Gallega de Bellas Artes, el Primer Premio del Ateneo Mercantil de Valencia y la Medalla de Oro en la 75 Exposición Internacional de Arte de Valdepeñas. Sin embargo, más allá del currículum, lo que esta exposición pone de relieve es algo menos cuantificable: la fidelidad de Carratalá a una manera de estar en el mundo porque su pintura reivindica la pausa, la observación y el silencio.

Todo lugar es provisional no es solo el título de una exposición. Es también una declaración de principios. Porque en la obra de Carratalá ningún paisaje es definitivo: todos son umbral, recuerdo, tránsito. Todos están atravesados por la conciencia de que la belleza es frágil y de que mirar sigue siendo, todavía, una forma de resistencia. La Fundación Bancaja acoge así no solo una muestra de pintura, sino una invitación a demorarse, a escuchar lo que dicen los territorios lejanos cuando alguien ha sabido convertirlos en emoción compartida. La exposición puede visitarse hasta el 7 de junio.

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