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Centenario

Armand Guerra, el virtuoso que proyectó en València la primera película con sonido en España

De nombre original José María Estivalis Cabo, emigró a Alemania donde desarrolló su carrera como director, guionista y productor de cine. Patentó el cine sonoro junto a su hermano y emitió en València el primer vídeo sincronizado con voz que se reprodujo en España, el 2 de mayo de 1926

Armand Guerra en una figuración hecha con IA en París basada en una imagen de archivo y, al lado, los cines Trianón, conocidos después como Lírico, en el Passeig de Russafa de València.

Armand Guerra en una figuración hecha con IA en París basada en una imagen de archivo y, al lado, los cines Trianón, conocidos después como Lírico, en el Passeig de Russafa de València. / Francesc J. Hernández

Amparo Soria

Amparo Soria

València

Lo más apasionante de la historia es que es inabarcable. Las historias y anécdotas se suceden y los nombres propios florecen tirando de hilos y archivo. Así se rescató la historia de José María Estivalis Cabo, que nació en Llíria en 1886 y murió en París en 1939, viviendo entre medias una vida apasionante que le llevó a recorrer decenas de países, aprender idiomas y ser un pionero en la cultura: introdujo en España el cine sonoro cuando proyectó en València la primera película con voz sincronizada, con él mismo detrás de la cámara y el micrófono.

El próximo 2 de mayo se celebrará el centenario de este suceso que cambió el devenir del cine tal como lo conocemos hoy. Fue en el Teatro Lírico (antes Trianon), en el Passeig de Russafa, obra de Goerlich y de cuyo edificio solo queda hoy un recuerdo, el mismo que el de aquella mañana de domingo cuando a las 12:30 horas lo más granado de la sociedad valenciana asistió atónita a la primera película doblada de la historia.

Estivalis fue conocido como Armand Guerra, el seudónimo que usó a lo largo de su vida. De todo ello es buen conocedor su biógrafo, Francesc J. Hernández, quien rescata este pasaje de su carrera por el hito que supuso y que también queda recogido en el libro editado por la Diputación de València, 'José Estivalis (Armand Guerra) o la tenacitat llibertària' (2022). Armand no estuvo solo, sino que le acompañó en la andanza su hermano Vicente, el encargado de patentar en España el cine sonoro como tal.

Tal como recuerda Hernández, Armand era anarquista y políglota, las dos características que le abrieron las puertas de Europa: la primera, porque le introdujo en círculos intelectuales desde donde desarrollar sus diferentes facetas y, la segunda, porque los idiomas le permitieron moverse como pez en el agua antes de la I Guerra Mundial y en el periodo de entreguerras.

Armand Guerra en una foto rescatada recientemente, bajo de una olivera.

Armand Guerra en una foto rescatada recientemente, bajo de una olivera. / Francesc j. Hernández

"Estuvo en los epicentros culturales de Ginebra, de Niza y hasta en El Cairo, donde intentó fundar un periódico sin mmucho éxito", señala el biógrafo, quien destaca que fueron todas esas estancias las que le revelaron un problema transversal: las sociedades europeas de principio de siglo vivían aisladas porque la barrera del idioma era infranqueable, "y ahí se dio cuenta de que el cine podía ser un vehículo transmisor de ideas, por lo que se metió de lleno a hacer películas".

Armand Guerra era un virtuoso. Su familia era original de Llíria pero pronto emigraron a València, donde aconsejado por un cura conocido de la familia, ingresó en un seminario de la calle Alboraia de la capital, donde se formó como tipógrafo, "una profesión considerada de 'clase alta' dentro del mundo obrero". Posiblemente fue en el desarrollo de este oficio cuando entró en contacto con otros idiomas y gracias a su inteligencia, los aprendió, asumió y puso en práctica.

Tras su periplo en diferentes países europeos y en Egipto, la I Guerra Mundial en 1914 le obligó a volver a España. Volvería a salir una vez terminó, y se instaló esta vez en Berlín a trabajar en la Universum Film AG (UFA), el estudio cinematográfico más importante de Alemania, donde se producían películas con presupuestos elevadísimos para la época.

De forma paralela, dos ingenieros daneses, Axel Petersen y Arnold Poulsen, trabajaban desde Copenhague en el desarrollo de un aparato que permitía insertar sonido a las cintas cinematográficas. Consistía en una cinta sobre la que se hacían pequeñas marcas que se sincronizaban con el vídeo, un sistema mecánico, de una tecnología básica, que funcionaba a la perfección.

El propio Guerra dejó por escrito la sensación que le causó cuando se puso en contacto con ellos y conoció de cerca la máquina. "Confieso que me sorprendió muchísimo la sencillez de aquel mecanismo. Y confesaré igualmente que sentí cierta emoción al pensar que no solo aquellos objetivos iban a tomar mis gestos y movimientos (a lo que estoy acostumbrado desde hace dieciocho años casi), sino también mis palabras, el sonido de mi voz y el más leve ruido producido por cualquier circunstancia...".

Guerra trabajó con ellos en Weissensee, una localidad en el centro de Alemania donde se ubicaba el estudio Lixi, que acogería la grabación de un parlamento protagonizado por él mismo. Para ello, se preparó un discurso en castellano, a sabiendas de que lo llevaría a España, ya que Petersen y Poulsen habían comenzado a exportarlo a los países de Europa Central.

Sorpresa al escucharse a sí mismo

En aquel estudio alemán, la grabación quedó cerrada. Se reprodujo en Berlín y Guerra, en su escrito, reconoce que no pudo dormir en toda la noche por la expectación que le generaba verse y escucharse a la vez. "Omito relatar la sensación que produce a sí mismo el oír el propio tono de su voz, al par que verse hablando y gesticulando en la pantalla, todo con una simultaneidad perfectísima. Yo estaba más satisfecho de mí y más contento que un nene pobre con zapatitos nuevos".

Esa misma noche, el rollo de cinta salió hacia València, y los directores de la Electrical Phonofilm decidieron que él mismo tenía que ir a la capital valenciana para presentar el invento. Dos días después, cogió el primer tren que le traería hasta el Mediterráneo.

El evento se organizó en el teatro Lírico, en el centro de la ciudad, en lo que se conoce hoy como el Passeig Russafa pero antes fue Pi i Margall. Los cines también fueron conocidos como los Trianon, construidos por Javier Goerlich y propiedad del Señor Porres. Allí mismo empezó Petersen la instalación del aparato proyector de voces.

A las 12:30 horas del 2 de mayo de 1926, los principales agentes sociales y culturales de la ciudad se dieron cita en estos cines para asistir a un evento sin precedentes. Tal como relata Guerra, "el teatro estaba de bote a bote. Autoridades, aristocracia y lo más distinguido de la sociedad valenciana se habían congregado allí para admirar el invento", recuerda.

Aplausos que interrumpieron la proyección

Entonces, se emitió la película grabada en Alemania. Allí estaba Armand Guerra, en una terraza de un soleado día alemán, dirigiéndose a un público español a viva voz, pero en una pantalla, con un discurso de varios minutos donde se dirigía a ellos y explicaba este nuevo experimento tecnológico; una presentación en toda regla de lo que estaba sucediendo, y explicaba que a partir de ese momento todo iba a cambiar: "La película, pues, ha cesado de ser muda, ya tiene voz. Y esta voz, transmitida aquí por medio de mi modesta actuación, espero hallará un eco favorable en el disintguido público que me escucha y me ve", decía en pantalla.

Además, allí mismo explicaba que el hecho de haber presentado el invento en València es debido a que, "como todo español, siento cierta predilección por mi patria chica, por la hermosa Valencia, perla del Mediterráneo".

Ese primer vídeo fue la presentación oficial del formato, pero le siguieron siete cintas más donde había música, ruidos, escenas callejeras, el paso de un tren en Copenhague, "y cada cual provocó estruendosas ovaciones y exclamaciones de júbilo entre el público", dice Guerra.

Fotogramas de las cintas que se proyectaron aquel 2 de mayo de 1926 en València.

Fotogramas de las cintas que se proyectaron aquel 2 de mayo de 1926 en València. / Francesc J. Hernández

Tal como señala Hernández, algunas de esas películas primigenias todavía se conservan en la filmoteca de Dinamarca. La presentación en València tenía un fin: buscar inversores para crear una nueva empresa cinematográfica que finalmente fue monopolizada por Estados Unidos. "Pero ahí queda para la historia: Armand Guerra fue la primera persona en hablar en una pantalla", dice Hernández.

Un siglo después, aquel mediodía en el Teatro Lírico resuena como algo más que una anécdota, ya que la historia del cine también está escrita desde los márgenes de las grandes epopeyas. Armand Guerra anticipó una revolución tecnológica y entendió, antes que muchos, el poder del cine como lengua universal donde no había fronteras. Su hazaña, eclipsada por la posterior hegemonía de la industria norteamericana, regresa hoy a la primera línea como un acto de justicia histórica y como un recuerdo de que en aquella València de 1926, el cine dejó de ser mudo mucho antes de que el mundo se hubiera preparado para escucharlo.

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