Lo rural, ¡ay lo rural!
El espíritu rural ha dejado de existir porque a nadie le gusta vivir en un sitio donde los servicios públicos son inexistentes, en que el lugar más concurrido y donde más se socializa ya no son los bares sino el ambulatorio (eso en el caso de que lo tengan), en que la vida sigue siendo cada día que pasa más conservadora.

Casco antiguo de Tuéjar. / A.C.

Hace seis años asomó la cabeza un bicho que sembró el pánico como un monstruo de tiempos remotos. Las calles de las ciudades eran como templos tibetanos consagrados al silencio. Las mascotas se convirtieron en la salvación de las cansadas horas del enclaustramiento. Alguien dijo que la desgracia había igualado a los pobres y a los ricos. Que lo que no había conseguido ninguna revolución lo estaba logrando el insignificante pangolín con su briosa, indiscriminada condición de asesino en serie. Pero bastantes ricos, a pesar de que también sufrieron las embestidas del animalucho, se hicieron más ricos (algunos de ellos con negocios sucios en medio de tanta desesperación) y los pobres siguieron igual porque ser más pobres -a pesar de lo que diga el poema de Lope de Vega- era imposible. El bicho seguía siendo un maldito clasista. En ese paisaje desolador, el mundo rural era la salvación. O eso se decía. Un cuento chino que sigue estando de moda.
A dos por tres nos desayunamos con alguna noticia que descubre las maravillas de asentarse en entornos rurales. Como un grupo de rock, el Gobierno de la Diputación de València -PP, Ens Uneix y la manita de Vox- está haciendo giras para que no decaiga la vocación rural entre la gente: ¡qué bueno vivir en los pueblos pequeños! El aire no huele a tubos de escape. La facilidad para el teletrabajo. La bondad y la tópica inocencia de los habitantes del agro. El paraíso de Adán y Eva pero sin el árbol, la culebra y la manzana que los condenó a currar de por vida si no querían morirse de hambre. Lo que la pareja caída en desgracia no sabía era que se iban a morir de hambre igual, que todo eso del árbol, la manzana, la culebra y la mujer pecadora se lo había inventado Dios para que la humanidad las pasara putas, para que hubiera en adelante amos y esclavos, para que el paraíso se convirtiera desde entonces en un sueño inalcanzable.
El mundo rural sigue estando en barbecho permanente. Se lo nombra para que se sepa que existe. Una llamada bíblica para que venga a los pueblos la gente que se agobia en la ciudad, que venga a disfrutar de nuestra benefactora compañía, que sepa que en los pueblos que se están quedando vacíos desde hace más de un siglo tenemos el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura, que los esperaremos con banderitas a la entrada del pueblo como a los americanos el vecindario de Villar del Río en 'Bienvenido Mister Marshall'. Cuentos chinos. La despoblación es imparable. La ciudad sigue siendo el paraíso soñado desde aquella primera expulsión a legionario toque de corneta. El espíritu rural ha dejado de existir porque a nadie le gusta vivir en un sitio donde los servicios públicos son inexistentes, en que el lugar más concurrido y donde más se socializa ya no son los bares sino el ambulatorio (eso en el caso de que lo tengan), en que la vida sigue siendo cada día que pasa más conservadora, como cuando transcurría bajo el palio donde se cobijaban en las procesiones los hechiceros de la tribu. A veces alguien responde a esa llamada y busca refugio en los pueblos medio abandonados. Y qué hacen muchos de esos recién llegados. Hace poco conocí a algunos de ellos en un pueblo no muy lejos del mío.
Habían comprado una pequeñísima casa en las afueras en busca de la placidez absoluta. Lo primero que hicieron fue poner carteles de prohibido acercarse al palmo de tierra que rodeaba la pequeña propiedad. Instalar cámaras como si la rústica vivienda fuera la mansión de Heathcliff en 'Cumbres borrascosas' o la Tara que defenderá con uñas y dientes Scarlett O’Hara en 'Lo que el viento se llevó'. Se estaban pensando levantar una valla para evitar la intromisión de todo tipo de fauna incluida la humana y yo pensé que, visto lo visto, igual la electrificaban para asegurar la definitiva eficacia del aislamiento. Buscar la tranquilidad en los pueblos, si la vida en esos pueblos te importa un pito, aumentará el censo en los ayuntamientos y las festivas estancias vacacionales, pero la despoblación seguirá siendo imparable.

La Peña María, lugar emblemático de Gestalgar. / A.C.
No busquen el paraíso en el mundo rural porque los paraísos no existen. Y lo que menos necesitarían -en el caso de que existieran- son cámaras que protejan el individualismo ferozmente capitalista o vallas airadas contra la vida que fluye a su antojo en la naturaleza. Lo que puede aliviar la maldita despoblación es el compromiso de la gente en la lucha por los derechos que se les niegan a los sitios que no salen en el mapa. Como dijo mi amigo y alcalde de Tuéjar, Carlos Tarazón, en el Foro de Municipalismo organizado por este diario hace unas semanas: lo que sufrimos en nuestros pueblos «no es tanto un problema de despoblación, sino un problema de desequilibrios». El pangolín no llenó de vida el mundo rural como tanto iluso suelto anunciaba. Lo único que puede llenar de vida ese mundo es la seguridad de que vamos a romper el desequilibrio al que aludía el alcalde serrano y de que vamos a tener en los pueblos pequeños lo que tienen de bueno en París o Nueva York. O al menos, para no parecer exagerado, como en la ciudad de València si ganan las elecciones el año que viene Mónica Oltra o Pilar Bernabé. O las dos juntas, que tampoco estaría mal. Bueno, eso es lo que yo pienso, claro está. Aunque otra gente seguro que piensa lo contrario. Pero hasta entonces vamos a pelear juntos, como gato tripa arriba, para sacar a los pueblos pequeños del foso de los tiburones, ¿vale? Pues en marcha…
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