La Orquesta de València hace historia en el Musikverein de Viena
El público ovaciona a la formación del Palau de la Música tras su debut en mítica Sala Dorada

La Orquesta de València triunfa en Viena / MAX SLOVENCIK

La Orquesta de València ha escrito esta noche una página memorable en su trayectoria al debutar en la Großer Saal del Musikverein de Viena, uno de los escenarios más emblemáticos del mundo sinfónico, en un concierto que ha confirmado la madurez artística alcanzada por la formación valenciana bajo la dirección de su titular, Alexander Liebreich.
El público nutrido de audiencia local, algunos turistas y un importante grupo de valencianos que han viajado hasta la capital austriaca para apoyar y disfrutar de su orquesta, ha ocupado gran parte de la sala principal del Musikverein, espacio referencial para cualquier orquesta, no solo por el peso simbólico que suele atribuírsele, sino también por lo que supone en términos musicales. Aquí, cada detalle queda expuesto ante un aficionado acostumbrado a escuchar a algunos de los mejores músicos y directores del mundo y donde la respuesta del conjunto se percibe con especial nitidez.

La Orquesta de València brilla en Viena / Voro Contreras
Para la formación valenciana, fundada en 1943, la cita vienesa ha sido una oportunidad de presentarse en un escenario tan popular —el mismo que acoge el ya mítico concierto de Año Nuevo— como imponente. Un reto, pero también una ilusión. Las horas previas al concierto han estado marcados por una actividad intensa en la propia sala. Por la mañana, los músicos han trabajado directamente en el escenario del Musikverein, familiarizándose con la acústica y ajustando matices. Esa preparación se ha vivido con visible entusiasmo dentro de la orquesta. Varios de sus integrantes compartían en redes sociales fotografías y comentarios desde el interior de la sala, reflejando la satisfacción por tocar en un espacio que forma parte del imaginario colectivo de cualquier instrumentista y de cualquier aficionado a la música. “Aquí la historia pesa, pero empiezas a tocar y la música fluye sola”, explicaba satisfecho Liebreich minutos después de terminar el concierto.
Un programa con vínculos entre València y Viena
Para su debut vienés, Liebreich ha planteado un programa que ha establecido un diálogo entre València y Viena a través de la música. La obertura de L’arbore di Diana, del valenciano Vicente Martín y Soler —compositor que alcanzó en Viena algunos de sus mayores éxitos— ha abierto la velada con un aire ligero y luminoso que ha ayudado a romper la tensión inicial. Desde los primeros compases se ha percibido una orquesta concentrada, pendiente de cada gesto y decidida a asentarse con seguridad en la acústica de la sala. La música ha fluido con naturalidad y ha permitido que el público entrara poco a poco en el ambiente del concierto.
La Suite n.º 2 de Daphnis et Chloé, de Maurice Ravel, ha llevado la velada hacia un territorio más evocador y sensorial. La música ha ido creciendo de manera casi cinematográfica, como si el sonido se expandiera lentamente por la sala, creando paisajes que parecían desplegarse ante el oyente. Ha habido instantes especialmente sugerentes por la delicadeza con la que surgían los sonidos más suaves y por la manera en que las grandes oleadas orquestales iban ganando intensidad hasta llenar el espacio con una sensación envolvente. Ha sido uno de esos momentos en los que el público parecía escuchar con una atención casi suspendida, dejándose llevar por el clima sonoro que proponía la obra.
Variedad de formatos y un gran cierre sinfónico
El programa ha incluido también la versión para piano a cuatro manos y orquesta del Cuarteto para piano n.º 3 de Johannes Brahms, en arreglo de Richard Dünser, interpretada por el dúo Silver-Garburg. La escritura, concebida originalmente para un formato más íntimo, ha adquirido aquí un carácter más denso, espectacular y, en ocasiones, un tanto gratuito. El diálogo entre los dos pianistas y la orquesta ha mantenido momentos de interés y cierta tensión escénica, alternando pasajes más enérgicos con otros de mayor recogimiento que han aportado contraste al conjunto del concierto.
El cierre ha llegado con “Así habló Zaratustr”, de Richard Strauss, una obra que desde su célebre inicio crea una expectativa casi física en la sala. El arranque, tan reconocible, se ha desplegado con fuerza y amplitud, apoderándose rápidamente del espacio, provocando ese efecto inmediato que hace que el público se incorpore ligeramente en el asiento. A partir de ahí, la música ha avanzado como un relato lleno de contrastes, con momentos de gran tensión seguidos de otros más reflexivos y contenidos. Bajo la dirección precisa y disfrutona del "straussiano" Liebreich, la OV ha mantenido un impulso firme, dejando que cada sección encontrara su lugar sin perder la sensación de conjunto. El maestro bávaro, especialmente en los pasajes más comprometidos, ha conducido con energía y solidez a un final intenso y mágico, dejando en el ambiente una sensación clara de satisfacción por un punto y aparte -en este caso, el de la historia de la orquesta del Palau- colocado en el momento justo.
Tras los últimos acordes, el público, que ha aplaudido con una elegancia acorde al lugar cada una de las piezas del programa, se ha levantado para ovacionar a los músicos valencianos que miraban al siempre iluminado salón dorado del Musikverein con el convencimiento del trabajo bien hecho. Misión cumplida.
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