Música
Diez años sin Prince: el artista genial que todavía hoy no alcanzamos a comprender
El libro ‘Prince. El alquimista púrpura’, de la periodista cultural Montse Frisach, analiza la trayectoria del revolucionario músico de Minneapolis, fallecido el 21 de abril de 2016, un artista tan influyente como enigmático, “cuya excentricidad e imagen ambigua generaron prejuicios”

El cantante y músico estadounidense Prince, actúa durante el espectáculo del descanso de la XLI Super Bowl de fútbol americano, en el Dolphin Stadium de Miami, Florida (EEUU), hoy domingo 4 de febrero de 2007 / TANNEN MAURY
Jordi Bianciotto
Diez años sin Prince, que se cumplen este martes, y todavía no sabemos muy bien dónde encajarlo: icono pop y músico pura sangre ensalzado por rockeros y jazzeros, comercial y vanguardista, sexual y místico, anacoreta sito en Paisley Park y ciudadano con conciencia colectiva. Sus álbumes de los años 80 definieron una era, se adelantaron a tendencias hoy asentadas (esa hibridación pop sobre un sustrato de música negra) y no pierden brillo revisados a la luz de 2026, como saben tantos artistas actuales, caso de Bruno Mars, The Weeknd o Tyler, The Creator.
Con la distancia de esa década transcurrida respecto a aquel 21 de abril de 2016, cuando el autor de álbumes cruciales como ‘Purple rain’ (1984) o ‘Sign o’ the times’ (1987) falleció de una sobredosis accidental de fentanilo, Montse Frisach, periodista cultural y larga admiradora del artista, procede a rastrear e interpretar hechos y claves en su libro ‘Prince. El alquimista púrpura’ (Sílex Ediciones). No es una biografía, sino un ensayo donde el foco se desplaza siguiendo las sucesivas materias calientes: el lenguaje musical, la estética, el activismo social, la tensión entre carnalidad y misticismo, la naturaleza del ‘fam’ (de familia, voz preferida, por la comunidad de simpatizantes de Prince, a la de fan, asociada a ‘fanático’).
Un concierto en televisión
La mueve un ánimo de “reivindicar a un artista que todavía hoy no es comprendido por mucha gente, también en el periodismo, ya que cuando murió hubo señales de cierto desconocimiento”, observa Frisach. “Su excentricidad generó prejuicios, como su imagen y su ambigüedad sexual. También confundieron sus cambios de nombre en los 90 y su bajón de calidad en esa década, aunque en los 2000 remontó”. A ella, el flechazo le llegó en 1988, cuando visionó el concierto que Prince realizó en Dortmund en la gira ‘Lovesexy’ en la retransmisión íntegra que brindó TVE (sí, eran otros tiempos). “Me consta que ahí se enganchó mucha gente en España”.

Montse Frisach, experta en Prince y autora del nuevo libro 'Prince, el alquimista púrpura'. / Pau Gracià
Resulta agudo el capítulo en el que Frisach disecciona composiciones y planos sónicos, haciendo notar la audacia de disonancias, efectos, silencios y soluciones audaces, “sin miedo al riesgo ni al ridículo”. ¿Cómo es posible que temazos que arrasaron en las pistas de baile como ‘When doves cry’ o ‘Kiss’ carecieran de línea de bajo? “Lo suyo era improvisar continuamente, sin bloquearse. Se ha dicho que era un perfeccionista, pero no lo creo, era un exigente. Como me dijo Susan Rogers, su ingeniera de sonido, él tiraba adelante, no esperaba. Un perfeccionista no publica 39 álbumes en 38 años, como él hizo”.
Acordes inventados
Afloran vínculos que pueden sorprender, como el influjo de Joni Mitchell, a quien fue a ver actuar cuando era un adolescente. Muchos años después, ella se acordó de aquel muchacho negro, sentado con la primera fila, cuando Jay Leno la entrevistó en la NBC, en 1995 (“esa noche canté para él”). A Prince le debió fascinar aquella compositora que inventaba acordes de guitarra y volvía locos a sus músicos. “Cuando escuchas a Joni te das cuenta de que Prince chupó mucho de ella, sobre todo en las baladas”. Se hicieron amigos, y él llegó a citarla en una canción, ‘The ballad of Dorothy Parker’.

Prince, en el Palau Sant Jordi el 22 de agosto de 1993. / Elisenda Pons
Prince era “un buscador”, observa Montse Frisach, “tanto en el plano musical como en el personal”. En el libro se muestra contrariada porque, cuando Prince murió, en 2016, y ella estaba de duelo, no paraban de formularle una y otra vez “LA PREGUNTA”, escribe en mayúscula, sobre si era homosexual o bisexual. Pero, más allá de mero morbo, ella observa en esa curiosidad un reflejo del posicionamiento de Prince “en el territorio de la fluidez” (si bien se casó dos veces, ambas con mujeres). En la canción ‘I would die 4 U’ decía: “Soy algo que nunca entenderás”.
Mística y sexualidad
La carga sexual fue muy visible en su primera etapa, en conciertos “de los que la gente salía acalorada: lamía la guitarra, le hacía felaciones..., cosas que luego cogió Madonna”, apunta. Luego vino la transformación, de la materia al espíritu. “En el Palau Sant Jordi, en 1998, se puso muy pesado hablando de Jesús y recuerdo haber gritado: ‘¡calla y toca!’”, ríe Montse Frisach. “Pero se le había muerto un hijo y su matrimonio con Mayte García se acababa”, estima. Larry Graham, su bajista (exSly and the Family Stone), era Testigo de Jahová y para allá se fue Prince. “Hay quien dice que le vio yendo puerta con puerta, como ‘testigo’, buscando adeptos”. Fue una etapa. “Con ‘Musicology’ (2004) volvió a hacer baladas con letras sexuales”.
El Prince maduro cultivó el compromiso social, consciente de su demoledor ascendiente familiar (seis de sus ocho bisabuelos nacieron esclavos) y comprometido con el lema ‘Black lives matter’ en piezas como ‘Baltimore’. Frisach se pregunta qué haría ahora Prince en ese Minneapolis castigado por el ICE. “Creo que habría hecho algo, seguro: un concierto, una canción, recaudar dinero para las familias...”
Este libro representa también cierta reivindicación del fan (o ‘fam’) desde una perspectiva adulta. “Durante muchos años, serlo me avergonzaba un poco, pero ahora ya no. Un amigo me dijo que, en el libro, estoy ‘entre la loca y la notaria’, y me gustó”, ríe. No faltan los apuntes críticos: discos señalados como flojos, excesos de mística, “algunas letras machistas”... Después de todo, el punto de fuga emocional está ahí, y para bien. “El libro refleja algo que no es racional, y por eso lo he hecho, para buscarle la racionalidad”.
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