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Fuera de compás

El rock político y poético de Carolina Otero

"Lilith lo sabe" está impregnado de pesimismo, de inconformismo, de rabia, de enfado y de denuncia. De una poesía seria, de voz en cuello, barbilla alta y puños apretados. De feminismo combativo.

Carolina Otero & The Someone Elses

Carolina Otero & The Someone Elses / L-EMV

Fernando Soriano

Fernando Soriano

València

Hace exactamente tres años les contaba desde esta columna que Carolina Otero And The Someone Elses publicaban “Popalina”, un discazo con sabor a años 90, al rock alternativo de Breeders y Veruca Salt, a pop de guitarras melódicas, a distorsión dulce y luminosa y a voces de sirena que evocaba ensoñaciones psicodélicas con colores de shoegaze. Hace muy pocos días Otero y los suyos detonaban su último artefacto, “Lilith lo sabe”, tanto en plataformas como en una magnífica edición en vinilo que supone el reverso tenebroso de aquella obra que cosechó la admiración de crítica y público.

Hasta en el aspecto exterior del disco ha quedado patente el cambio de rumbo. Aquella colorida carpeta que homenajeaba a revistas de adolescentes como la ‘Super Pop’ ha mutado a una ventana de negrura con dos niñas en el asiento trasero de un coche tapándose los oídos. Una metáfora visual: dos chiquillas que parecen no querer escuchar lo que el futuro les depara en un mundo dominado por el patriarcado machista de aspiraciones totalitarias. Lilith, la primera mujer de Adán, lo supo enseguida y la borraron de la historia. Y el borrado de mujeres no cesa, se ha recrudecido.

Llamo a Carolina y le digo que el elepé está impregnado de pesimismo, pero también de inconformismo, de rabia, de enfado y de denuncia. De una poesía seria, de voz en cuello, barbilla alta y puños apretados. De feminismo combativo. Algunos hombres necesitamos que nos recuerden el marco ideológico y social del asunto. Ella me lo resume en muy pocas palabras: una mujer asesinada a la semana en España, multiplicación de casos de violencia vicaria contra las mujeres y sus hijos e hijas, revictimización en los juzgados de las mujeres que han sufrido agresiones sexuales; normalización, implementación y blanqueo de políticas machistas por parte de partidos políticos, sus votantes (mujeres incluidas) y una gran parte de la juventud.

Otero se marchó de “Popalina” para vivir en lugares más arriesgados. Paisajes de batallas en las que se advierten concomitancias con su reciente obra poética, como “El día que dejamos de ver porno”, libro con el que ganó el XXV Premio ‘València’ de poesía en castellano 2025 otorgado por la Institució Alfons el Magnànim. Y como consecuencia de ese giro de estilo y de esa nueva toma de conciencia en el que ha pasado de hablar del “yo” al “nosotras” ha entregado su mejor disco hasta la fecha. Y será muy difícil de superar, porque ha conseguido que textos, música y concepto respiren al unísono en una comunión espectacular que brinda una experiencia intensa. Que te coge del pescuezo y te obliga a mirar, a reflexionar y a interiorizar.

Habla sobre la condescendencia machirula en “Cara Flan”, enmarañada de guitarras agresivas. Toca el tabú de la satisfacción sexual femenina y el rechazo cultural a hablar de esos temas en “Lilith lo sabe”, tan Queens Of The Stone Age. Incide en que las tramposas formas de amar que nos enseñaron desde el medievo llevan al autoexilio emocional en “Sierva de amor”. En “Corredora de fondo”, un riff explosivo corre parejo a la mujer que atraviesa la noche armada con las llaves de casa, aterrorizada no solo por la perspectiva de una agresión sexual, sino también por el infame papel de la Justicia en los procesos derivados.

Es un álbum envolvente y oscuro, directo, rítmico y palpitante. Para saltar, bailar y gritar. El contenido, producido por el legendario Paco Loco, está vestido con capas de las guitarras crudas y graves de Dani Gurrea, de matrícula de honor en todo el disco por su valentía, su variedad y su riesgo en la experimentación. Si le sumamos las baterías profundas y primitivas de Roberto Timón, el bajo tensionado de Francis Palacios y la voz de Carolina, más natural que en otras ocasiones, la banda valenciana ha cambiado el brillo indie pop por la contundencia cortante y pesada de la asunción de la lucha política. Y sin embargo, continúa habiendo espacio para la luz. En el pop de “Llorona” y en la magnífica “Hombre random”. En la melodía acogedora y familiar que rompe la furia de “Fuego/Set de cortesía”. En “Bla bla man”, otro temazo vibrante, melódico y muscular.

La fogosa versión de “Wuthering Hights” de Kate Bush y una sorprendente pista escondida dedicada a un felino amado cierran un disco que remueve conciencias usando la poesía y la rabia del rock noventero. La banda sonora que vio crecer a una generación que ahora tiene el deber de educar a sus hijos para conseguir un mundo más libre e igualitario.

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