La noche en la que Prince incendió Mestalla
El icónico artista de cuya muerte se cumplen hoy 20 años aterrizó el mismo día del concierto en València, ofreció un espectáculo inolvidable (pero poco concurrido) y partió hacia Barcelona sin pernoctar

Prince durante su actuación en Mestalla en julio de 1990. / H. Kalis

El 24 de julio de 1990 no fue una noche cualquiera en València. Fue una de esas fechas que se quedan pegadas a la memoria, aunque el tiempo pase y las cifras no cuadren del todo. Unas 20.000 personas —quizá algunas menos, según recuerdan otros— se reunieron en Mestalla -entonces aún, el Luis Casanova- para ver a Prince. Hoy, cuando se cumplen 20 años de su muerte, aquel concierto se recuerda no por lo que faltó, sino por lo que desbordó: talento, magnetismo y la sensación de estar ante algo irrepetible.
Prince llegó, tocó y se fue. Literalmente. Aterrizó el mismo día, probó sonido por la tarde y, tras el concierto, desapareció en la madrugada rumbo a Barcelona sin hacer noche en la ciudad. Casi un espejismo. Pero antes dejó claro por qué era -y sigue siendo- uno de los artistas más inclasificables y geniales de la historia del rock.
Camerinos naranjas y tuliupanes
El contexto no era menor. Venía con el Nude Tour, una gira con la que rompía con sus espectáculos más barrocos para quedarse, aparentemente, “desnudo”: menos escenografía, menos artificio y más música. Una decisión arriesgada para un artista acostumbrado a convertir cada concierto en una superproducción. En Mestalla, el decorado era sobrio, pero el voltaje, altísimo.
Los camarinos, eso sí, eran otra cosa. El genio de Mineapolis exigió que contarán con un sofá, dos sillones, dos sillas plegables, una mesa de dos metros para el cathering, una mesa de maquillaje, otra pequeña, un espejo de cuerpo entero, y cuatro arreglos de flores frescas. En el cathering: comidas, bebidas, pero nada de alcohol y mucha fruta. La moqueta del suelo debía ser de color naranja y la decoración floral, a base de ramos de tulipanes. Todos los camerinos -chicos, chicas, artista invitado y Prince- tenían que disponer de su juego de pesas y diversos aparatos de gimnasia.
"València, os quiero"
A las diez y media de la noche, tras Ketama, apareció en escena vestido de blanco, con barba de varios días y tacones imposibles. “València, os quiero”. No necesitó más. A partir de ahí, lo que vino fue una descarga sin tregua. Las crónicas hablaron de una “apisonadora”, y no exageraban. Prince no calentó: directamente arrasó.
Kiss, Purple Rain, Alphabet Street, Little Red Corvette… los clásicos caían uno tras otro, mezclados con material más reciente de Batman. Hubo espacio para la sensualidad, para los punteos de guitarra que recordaban a Hendrix y para momentos más íntimos, como ese Nothing Compares 2 U al piano que dejó al estadio en un silencio reverencial antes de volver a levantarlo. Cantaba, bailaba, dirigía, provocaba. Era imposible apartar la mirada.
Y sin embargo, algo no encajaba del todo fuera del escenario. El estadio, demasiado grande; el público, menos numeroso de lo esperado. No hubo lleno. De hecho, el concierto dejó pérdidas a los promotores. Una paradoja: una noche histórica que, en lo económico, no salió.

Entrada del concierto de Prince en Mestalla a la venta en internet. / L-EMV
"Estuvo encantador"
Julio Martí, uno de los responsables de traerlo, lo resumía sin rodeos hace ahora diez años en declaraciones a Levante-EMV. El concierto, reconocía el veterano promotor, “salió adelante con dificultad”. Aun así, su recuerdo está lejos de lo amargo. “Estuvo encantador y la noche fue fantástica”, aseguraba. Martí hablaba de un artista “polifacético y espectacular”, y también de ese contraste extraño entre la magnitud del recinto —“excesivo”, en sus palabras— y la intensidad de lo vivido. Y deja un detalle casi doméstico, de esos que aterrizan los mitos: “Era realmente bajito”. Sobre el escenario, desde luego, no lo parecía.
Quizá ese desajuste entre continente y contenido explica parte de la magia. Porque quienes estuvieron allí recuerdan otra cosa: mecheros encendidos durante Purple Rain, una energía que iba y venía del escenario a las gradas y esa sensación —difícil de explicar— de que algo grande estaba pasando aunque no todo acompañara.
También hay que situarlo en su momento. España aún llegaba tarde a Prince. Mientras arrasaba en Europa, aquí su figura todavía no tenía la dimensión que hoy se le reconoce. Él, además, estaba cambiando: menos teatral, más directo, más músico que nunca. Y Mestalla fue testigo de ese tránsito.
Con los años, aquel concierto ha crecido. Se ha convertido en referencia, en anécdota que se cuenta, en “yo estuve allí”. Durante mucho tiempo fue, además, la última gran actuación internacional en el estadio. Como si, de alguna manera, Prince hubiera cerrado una etapa. Prince no se quedó a dormir. No hizo turismo. No se dejó ver. Pero incendió Mestalla y desapareció. Con eso basta para entrar en nuestra particular leyenda.
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