Los horrores de la guerra
Ucrania, Gaza, Líbano, Irán, Myanmar, Sudán y otros conflictos ocupan horas de tertulias e informativos provocando, en gran medida, la normalización del dolor ajeno o, sencillamente, la anestesia selectiva al conocer según qué cuestiones.

Almorzaba con mi amigo Miguel, taxista, tatuador y mecánico, cuando me preguntó sobre qué iba a escribir este artículo. Sobre la guerra, le respondí. Sobre cuál, dijo. Y se me paró el bocado en medio del pecho. Ucrania, Gaza, Líbano, Irán, Myanmar, Sudán y otros conflictos ocupan horas de tertulias e informativos provocando, en gran medida, la normalización del dolor ajeno o, sencillamente, la anestesia selectiva al conocer según qué cuestiones. Y entre tanta polarización, puestos a señalar la maldad con Israel y Estados Unidos dinamitando el orden internacional, hemos llegado a la conclusión de que Occidente está en manos de un grupo de oligarcas cuyos negocios están relacionados con redes de pederastia y cárteles de narcotráfico.
Especuladores que, para enriquecerse todavía más, modifican a placer las dinámicas económicas mundiales a base de manipular y filtrar información reservada como invasiones, movimientos de tropas y operaciones militares ilegales. Acciones que tienen como resultado el derramamiento masivo de sangre de inocentes y la destrucción del futuro de generaciones enteras de seres humanos en todo el planeta.
Total, que ha sido acabar de almorzar (ya sin hambre y cambiando el cremaet por un tristísimo solo descafeinado con sacarina), acordarme de unas cuantas canciones sobre el asunto que ríete tú de ‘Los Horrores de la Guerra’ de Rubens o el ‘Guernica’ de Picasso y ponerme a escribir esto absolutamente horrorizado. Coplas sobre cuestiones propias del asunto que inducen a la reflexión porque van irremediablemente asociadas a la guerra y a sus devastadoras consecuencias. Visiones del apocalipsis que lo mismo se dan en el barro del campo de batalla, en un hospital o dentro de casa, muy a la vista o veladas por el trauma. Canciones que, lejos de glorificarla, lamentan lo absurdo, maligno y doloroso de su existencia, el racismo, el odio, la brutalidad y la deshumanización.
De los Cuatro Jinetes, los de Vicente Blasco Ibáñez, la Guerra es el peor, porque su actividad siempre acaba trayendo el Hambre, la Peste y la Muerte. La maldita guerra lo modifica todo. Cómo se lo tuvo que ver de magro el mismísimo Lemmy Kilmister para soltar su sempiterno Rickenbacker distorsionado para grabar “1916”, hermosa y sentida canción que cerraba el disco homónimo de 1991 y que trataba sobre la Primera Guerra Mundial, la guerra que iba a acabar con todas las guerras. Un violonchelo sombrío, un teclado fúnebre y una batería marcial acompañan los versos sobre la batalla del Somme, en la que fallecieron 20.000 jóvenes en un solo día. Otra masacre en Flandes, la de Paschendale, inspiró a Iron Maiden para crear una larga pieza de ritmo atronador y tres solos de guitarra marca de la casa. Aquella barbaridad se saldó con 600.000 heridos, muertos y desaparecidos, y quedará ligada para siempre a soldados poetas como Hedd Wyn, Wilfred Owen, Siegfried Sassoon, Francis Ledwige o Robert Graves.
Otro poeta, Horacio, escribió: Cuán dulce y honorable es morir por la patria. Basta con escuchar “Ángel exterminador” de los Ilegales para ponerlo en duda. Que se lo digan a los padres de los soldados que no volverán nunca del frente. A ver qué opinan las esposas y las hijas de los que regresan tullidos como el cabo de “Corporal Clegg”, que se trajo una pata de palo como recuerdo en la primera aproximación de Pink Floyd a un tema al que volverían más veces: el padre de Roger Waters falleció en la Segunda Guerra Mundial. A ver qué responde Milagros, la novia del soldado Adrián, sobre el honroso servicio que es dejarse la piel en otra guerra absurda que nada tenía que ver con ellos. Preguntemos al protagonista de “One”, la de Metallica, qué sacó en claro del combate. No nos contestará porque es un vegetal y yace enterrado en su propio cuerpo inerte, enganchado terroríficamente a la vida por un hilo de consciencia. Johnny, por qué cogiste el fusil.
Pues, como casi siempre, por el cochino parné. Sangre por petróleo, vidas por negocios. Un genocidio por un resort. La misma historia de siempre. Si no, no se explica que “Masters Of War”, la canción que Bob Dylan publicó en 1963, siga tan vigente como el primer día. Les recomiendo que escuchen la versión que aparece en el disco “Real Live” que, aunque si quieren más eléctrica y animada, conserva intacto su mensaje contra la gentuza que se embolsa los billetes que brotan de los cuerpos destrozados de los niños que juegan entre los escombros mientras ven caer los misiles del cielo.
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