El Cementerio de València guarda un nuevo misterio: las dos 'caras' que inquietan a Rafael Solaz
El historiador Rafael Solaz investiga unas extrañas manchas en forma de rostro y cuerpo infantil aparecidas en el nicho 761 del Cementerio General de València

Fernando Bustamante

Rafael Solaz lleva desde 2008 con el “Museo del Silencio”, las rutas que una vez al mes organiza de forma gratuita por el Cementerio Municipal de València para mostrar sus fúnebres atractivos y visitar a algunos de sus muertos más famosos. Lo que empezó como una iniciativa casi íntima para difundir la memoria histórica del camposanto se ha convertido con el tiempo en una cita muy esperada por curiosos, amantes de la historia local e incluso para los aficionados al misterio. Entre ilustres finados como Vicente Blasco Ibáñez, Joaquín Sorolla, el periodista Félix Azzati, el torero Manuel Granero, Maximiliano Thous, Nino Bravo o Lucrecia Bori, el bibliófilo y erudito Solaz también enseña algunas tumbas más o menos anónimas pero rodeadas de enigmas e historias truculentas que, con el paso de los años, han alimentado la tradición oral del cementerio.
Ahí está, por ejemplo, Teresita, una niña que en su tumba de 1919 tiene una mano de bronce que impide su apertura, como diciendo: ¡Respetadme, no me abráis! O la del nicho 1501, en el que se esconde la necrofílica historia de amor, obsesión y muerte entre Emilia y el actor Vicente García Valero. También mora por ahí Conchita Ramírez, una niña que murió a los ocho años víctima de la meningitis y que fue desenterrada por su madre, quien se la quería llevar a casa en tranvía tapada por una manta. La descubrieron por el olor… Episodios como estos forman parte del imaginario popular que Solaz ha ido recopilando durante años, documentando cada detalle con paciencia de archivero y sensibilidad de narrador.

VALENCIA VLC NICHO 761 DEL CEMENTERIO DE VALENCIA DONDE HAN APARECIDO UNAS MISTERIOSAS CARAS / Eduardo Ripoll
El nicho 761
Ahora, Solaz ha encontrado en el camposanto valenciano otro hecho luctuoso que le ha llenado de inquietud y curiosidad a partes iguales. “Fue Primi Murgui, una participante en la ruta que organicé hace un mes, la que me advirtió de un detalle bastante extraño en un nicho del siglo XIX de la sección primera del cementerio”, explica el historiador. La advertencia, en principio, parecía una simple anécdota, pero la insistencia de la visitante despertó su interés. Solaz cogió una escalera y subió hasta el nicho 761, perteneciente a un tal Vicente Marzo Martínez, difunto que descansaba allí imaginamos que en paz desde mediados del siglo XIX. Y así comprobó que, efectivamente, sobre el cristal que protegía la lápida se adivinaban dos manchas cuyas formas se asemejaban a la cara de una persona adulta y al cuerpo de un niño de corta edad.
“A la grata memoria del difunto Don Vicente Marzo Martínez, su esposa e hijas”, reza la inscripción de la lápida sobre la que han aparecido las manchas antropomórficas. Y bajo este recordatorio, una fecha, la de su muerte, presuntamente acaecida el 14 de abril de 1849. Decimos presuntamente porque, según ha comprobado Solaz en los registros del Cementerio General, la inhumación del cadáver de Don Vicente tuvo lugar el 7 de mayo de 1849, más de tres semanas después del fallecimiento. “Puede ser un error de inscripción, pero es extraño”, señala este estudioso del cementerio valenciano, acostumbrado a detectar pequeñas incoherencias en documentos históricos que, en ocasiones, esconden historias mucho más complejas de lo que parece a simple vista.

Rafael Solaz ante el nicho de Vicente Marzo en el Cementerio General. / Eduardo Ripoll
¿Quién fue Vicente Marzo?
Solaz también ha averiguado que Vicente Marzo Martínez nació el 9 de octubre de 1793 y que fue en vida administrador de los condes de Parcent, una familia noble de notable influencia en la València del siglo XIX. Su padre fue el arquitecto Vicente Marzo, encargado de terminar el palacio de los Condes de Parcent, un edificio señorial que hasta 1965 se levantaba en el espacio hoy ocupado por los jardines de Parcent, a medio camino entre el barrio de Velluters y el del Mercat.
Mientras intenta averiguar el origen de las dos “caras” que han aparecido en el cristal del nicho 761 del Cementerio General de València, sin descartar su origen sobrenatural aunque sin abandonar el rigor documental que caracteriza su trabajo, Solaz continúa recopilando datos que puedan arrojar luz sobre el enigma. No descarta tampoco que las manchas tengan una explicación física o química relacionada con la humedad o el paso del tiempo, aunque reconoce que su forma resulta, cuando menos, inquietante para quien la observa detenidamente.
Entre tanto, el investigador ya prepara el relato que contará al respecto cuando lo añada como la nueva parada del misterio en sus rutas por el “Museo del Silencio”, convencido de que el hallazgo despertará la curiosidad de los visitantes y sumará un nuevo capítulo a la larga lista de historias que convierten al cementerio valenciano en un auténtico archivo de la memoria, la historia y el misterio al aire libre.
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