Fuera de compás
Un dios maldijo la vida del emigrante
Yo, a veces, me avergüenzo de serlo. Español, digo. Y pese a ello no saben ustedes la alegría que me da haber nacido en esta vieja piel de toro y gozar de todos los derechos y libertades que me otorga esa casualidad

Manu Chao, autor de 'Clandestino', en un concierto. / EFE/Domenech Castelló

Se le atribuye al político decimonónico Cánovas del Castillo aquello de que “son españoles los que no pueden ser otra cosa”. Parece ser que el liberal-conservador soltó aquella genialidad durante la redacción de la constitución de 1876 mientras buscaban una manera de definir a los ciudadanos de un estado fallido que, fracasado el intento de regirse por una república, volvían a convertirse en súbditos de un borbón. Yo, a veces, me avergüenzo de serlo. Español, digo. Y pese a ello no saben ustedes la alegría que me da haber nacido en esta vieja piel de toro y gozar de todos los derechos y libertades que me otorga esa casualidad.
Muchos de los inmigrantes que acuden a España en busca de un futuro, de bienestar, de libertad, de oportunidades o, simple y dramáticamente, para salvar su vida, no pueden entretenerse en estas contradicciones. Por eso se me revuelven las tripas cada vez que veo a uno de estos fulanos de la ultraderecha, con careta o sin ella, activando en esa ciudadanía que no puede ser otra cosa que española el odio, el racismo, la xenofobia, el miedo, el egoísmo, la necedad y la avaricia. Y así, se mezclan en conversaciones de bar o parque de bolas conceptos como inmigración, prioridad nacional, terrorismo, delincuencia, reemplazo, choque de civilizaciones o guerra cultural. Y lo que ocurre en realidad es que vivimos en una guerra de ricos contra pobres, pero lo que pasa es que los pobres todavía no nos hemos enterado.
Total, que contra la falta de empatía, canciones. Celtas Cortos resumieron el asunto a la perfección en “El emigrante”, pero con las colas que se formaron con la última regularización me vino a la cabeza Juan Luis Guerra cantando aquello de “Visa para un sueño”. Gente pasando horas interminables para llegar a una ventanilla en la que te den un visado para buscarte la vida en otro país, sorteando trabas burocráticas, pagando sobornos o, llegado el caso, jugándote la vida en una balsa o cayendo en manos de las mafias que trafican con personas en cualquier parte del mundo. Y es que no siempre llegas a la tierra prometida con papeles en la mano. Acabas burlando la ley, escondido, en una terrible situación de aislamiento emocional, social y económico, como cuenta Manu Chao en “Clandestino”.
Muy jodida la vida del emigrante, que no nos engañen los fascistas, que parece que acuden aquí por vicio, como de vacaciones. De Erasmus. Y resulta que casi siempre vienen huyendo del hambre, como el millón y medio de irlandeses que se embarcaron hacia Estados Unidos en el siglo XIX en la canción “Thousands Are Sailing” de los Pogues. Vaya copla magistral, de lo mejor que tienen. Y llegados a puerto tras una travesía espantosa, un nuevo infierno de pobreza y discriminación que vas tragando dolorosamente con la promesa de la igualdad de oportunidades. Suena muy lejano, como en la peli de “Gangs of New York”, pero todavía hemos llegado a tiempo para ver por la tele cacerías de extranjeros, seres humanos en jaulas, niños arrancados de los brazos de sus padres para ser deportados en aterradora soledad y asesinatos a sangre fría. Recuerden que el año empezó calentito, como cuenta Bruce Springsteen en la valiente “Streets of Minneapolis”.
No sé cómo les sentó escucharla a los pinches gringos culeros puñeteros del ICE, pero por si acaso ahí va otra copla: “Frijolero”, de los mejicanos Molotov. La falta de humanidad del régimen del zar Trump es monstruosa pero al final resulta que es la expresión de los deseos de una masa numerosísima de sus votantes, racistas temerosos de Dios, pobres de solemnidad, intelectualmente inanes, que se enfrentan a la realidad con la Biblia y una pistola. Lejos de lo que canta Neil Diamond en la primera canción de “The Jazz Singer”, subrayando los aspectos positivos que la inmigración supuso para su país, los ultras quieren una América para ellos solos, una Europa para los europeos, una España para los españoles, muy españoles, mucho españoles.
El racismo, mezquino y deshumanizado pero tramposamente disfrazado de patriotismo y sentido común, va ganando terreno en consonancia con la deriva ultraconservadora global. Muy mal, fatal. Ya lo decía el Puma, que combinemos los colores. Que un negro con una negra es como noche sin luna, y un blanco con una blanca es como leche y espuma; y que todo negro pelo recio con rubia se ha de casar, para que vengan sus hijos con plumas de pavo real. Y a mí me vale más eso que la diabólicamente enrevesada y rematadamente bíblica “I Pitty The Poor Immigrant” de Bob Dylan, aunque la cante mi adorado Gene Clark. De verdad, qué querría decir ese hombre con aquel galimatías.
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