La revista pierde a la valenciana Tania Doris, una estrella de escenarios y batallas judiciales
La vedette conocida como la reina del Paral·lel, fallecida a los 74 años, protagonizó una larga batalla judicial por la herencia millonaria de su pareja, Matías Colsada

Tania Doris / L-EMV

La muerte de la valenciana Tania Doris, una de las grandes divas de la revista española y reina indiscutible del Paral·lel barcelonés, cierra una época de lentejuelas, plumas, teatros llenos y vidas marcadas por el sacrificio detrás del brillo. Nacida como Dolores Cano Barón, Doris ha fallecido este miércoles a los 74 años, según confirmaron fuentes próximas a esta vedette, miembro destacada de una estirpe muy valenciana de mujeres que hicieron de la revista, las variedades y el escenario un territorio de soltura moral en tiempos difíciles. Hablamos de artistas como Queta Claver, Emília Aliaga, Conchita Leonardo, Maruja Tomàs, Gina Baró, Licia Calderón o Rosita Amores, la última gran superviviente popular de aquella tradición de artistas que desafiaron la censura, la gravedad, el pudor oficial y la estrechez moral de varias décadas.
Pero antes de ser Tania Doris fue Dolores, una joven valenciana de familia andaluza que estudió baile clásico español y que pronto descubrió que el escenario no regalaba nada. Sus inicios fueron especialmente duros. Quería bailar, pero su altura -cercana al 1,80- le cerró puertas en los ballets convencionales. Aquello que al principio fue un obstáculo acabaría convirtiéndose en una de sus señas de identidad gracias a su presencia escénica poderosa, elegante y magnética.
"No tenía la edad"
Tal como ella misma relataba hace años en una entrevista a El Temps, Dolores estuvo de los 11 a los 14 años años recibiendo clases de danza clásica española en una academia que existía en la gran vía Germanies de València. Estando allí, conoció al que acabaría siendo su descubridor y pareja durante décadas, Matías Colsada. "Él llevaba su compañía al teatro Russafa y me vino a ver porque alguien le habló de mí. Pero cuando les dije los años que tenía, porque como era muy alta parecía que ya era toda una mujer hecha, se dio cuenta de que no tenía la edad y tuvo que esperar unos años. Pero yo a los 16, antes de que Colsada me llamara, ya empecé a trabajar con Toni Leblanc".
En esa misma entrevista, la vedette confesaba que, gracias a su altura y a una trampa, a los 13 años ya había conseguido el carnet de bailarina profesional que no se entregaba hasta los 16. "Recuerdo que hacíamos los exámenes en el teatro Alcázar -explicaba-. Lo que hice fue presentar la partida de nacimiento de mi hermana. Así de fácil".
Así, con apenas 17 años entró en el universo de las “Chicas alegres de Colsada”, descubierta por el empresario Matías Colsada, quien le dio el nombre artístico con el que pasaría a la historia.

Tania Doris / EFE
Entre la popularidad y el declive
Colsada le abrió las puertas del Apolo, pero Tania Doris tuvo que sostener por sí misma una carrera exigente. No fue solo una belleza de cartel ni una figura decorativa de la revista. Cantaba, bailaba, dominaba la pasarela y llenaba teatros en una época en la que el género empezaba a debatirse entre la popularidad heredada y el declive inevitable. En el Paral·lel barcelonés se convirtió en una estrella de largo recorrido, acompañada a menudo por cómicos como Luis Cuenca y Pedro Peña, con quienes formó parte de una de las etapas más recordadas del Apolo.
Su nombre quedó unido a títulos como "¡Esta noche… sí!", "Yo soy la tentación", "Seductora", "La dulce viuda", "Acaríciame", "Venus de fuego", "Deseada" o "Quiere ser mi amante". En 1983 presentó en Madrid "Un reino para Tania", espectáculo que después llevó a México tras una invitación de Mario Moreno “Cantinflas”. También fue homenajeada por el entonces alcalde madrileño Enrique Tierno Galván en el Club Internacional de Prensa. Un año más tarde protagonizó la película musical "Las alegres chicas de Colsada", dirigida por Rafael Gil, y en 1988 estrenó en Madrid "Bésame, Johnny". Entre sus últimos trabajos destacó "Taxi, al Apolo", en 1993.
Durante el franquismo y la Transición, las vedettes fueron, muchas veces, un resquicio de libertad popular. Mientras la censura vigilaba escotes, letras y movimientos, el público llenaba los teatros para ver aquello que no siempre podía decirse de forma abierta. Tania Doris fue una de las mujeres que encarnó esa tensión entre el glamour en escena y la disciplina férrea entre bambalinas.

Tania Doris y Matías Colsada. / L-EMV
El capítulo más amargo
Su retiro, hace más de un cuarto de siglo, fue discreto. Quienes la trataron en los últimos años subrayan precisamente esa distancia del ruido. Sin embargo, el nombre de Tania Doris volvió con fuerza a los medios en 2006, no por una función ni por un homenaje, sino por una larga batalla judicial. Tras la muerte de Matías Colsada en el año 2000, sin testamento, se abrió un conflicto por una herencia millonaria que incluía empresas, fincas, cuentas bancarias y teatros como el Apolo de Barcelona y el Monumental de Madrid. En la disputa aparecieron la viuda legal, dos hijas extramatrimoniales -una de ellas, valenciana- y la propia Tania Doris, que había convivido con el empresario durante décadas.
Ahí comenzó el capítulo más amargo de su vida pública: el de la viuda no reconocida de Colsada. Tania Doris no había pasado por el altar ni tenía un testamento que la protegiera. Había sido su compañera sentimental, una de las grandes fuentes de éxito de sus negocios teatrales y, según defendió, una mujer dedicada durante años a su vida personal y profesional. Pero legalmente quedó inicialmente fuera del reparto principal de la herencia.
2,3 millones
La paradoja era cruel. La mujer que había llenado el Apolo, que había sido rostro y cuerpo de aquel imperio de la revista, que había acompañado a Colsada hasta sus últimos años, tuvo que reclamar ante los tribunales el lugar que la vida le había dado pero los papeles le negaban. La justicia acabó reconociendo sus derechos económicos. En 2014 el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya estimó que su relación estable y su dedicación al empresario debían ser compensadas, y fijó una indemnización de 2,3 millones de euros más intereses.
No fue solo una cuestión de dinero. Para Tania Doris, aquella batalla representó el reconocimiento tardío de una vida compartida. La artista había dedicado su juventud, su belleza, su trabajo y sus cuidados a un hombre que, pese a vivir con ella durante décadas, nunca regularizó del todo aquella situación. El resultado fue una herida prolongada: años de pleitos, de exposición pública y de disputa con una familia legal que, en buena parte, apareció para ella solo después de la muerte de Colsada.
Con Tania Doris desaparece una de las últimas grandes figuras de la revista española y una de las valencianas que conquistaron escenarios más allá de su tierra. Su muerte deja también una sensación de final de época.
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