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Crítica

Orozco Estrada y la Orquesta Gürzenich de Colonia impactan y brillan en el Palau de la Música

Enorme y bien labrado éxito, con la Sala Iturbi -que rozó el lleno- puesta en pie mientras aplaudía y braveaba el que, por ahora, es uno de los mejores conciertos de la temporada

La solista Christiane Karg (soprano) junto al director Andrés Orozco Estrada.

La solista Christiane Karg (soprano) junto al director Andrés Orozco Estrada. / LIVE MUSIC VALENCIA

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Justo Romero

Justo Romero

València

ORQUESTA GÜZERNICH DE COLONIA.

Programa: Obras de Wagner (Obertura de El Holandés errante), Strauss (Escena final de la ópera Capriccio) y Mahler (Primera sinfonía).

Solista: Christiane Karg (soprano).

Director: Andrés Orozco Estrada. ­

Lu­gar: Palau de la Música.

Entrada: Alrededor de 1.700 espectadores.

Fecha: miércoles, 20 mayo 2026

Impactante y brillante concierto de la Orquesta Gürzenich de Colonia en el Palau de la Música. La formación renana, fundada en 1827 y que figura entre las de mayor abolengo, ha recalado en la temporada del Palau de la Música con un arrasador programa inmerso en la órbita germánica. Desde una incandescente obertura de 'El Holandés errante', a la impactante y joven brillante 'Primera sinfonía' de Mahler, la formación alemana dejó constancia de su calidad bien macerada y puesta al día con atriles en permanente renovación. En medio, entre la tempestad wagneriana y los ecos populares mahlerianos, la reflexión quieta y templada de la escena final de la ópera 'Capriccio', de Strauss. En el podio, dando fe de su alta categoría como maestro, su titular, el colombiano Andrés Orozo Estrada (Medellín, 1977), puso orden, genio y concierto en tan exigente programa.

Tras las grandes reinonas sinfónicas alemanas -Filarmónica de Berlín, Radio de Baviera, Staatskapelle de Dresde y Gewandhaus de Leipzig-, la Gürzenich figura en el pelotón de cabeza junto con la Staatskapelle de Berlín, radios de Fráncfort, Hamburgo, Colonia y pocas más. En València lució su sonoridad opulenta, energía y vibrante vitalidad, cualidades que no restan empaste ni sentido lírico a una cuerda que canta con el 'legato' y ductilidad propios de las mejores orquestas de foso (la Gürzenich, como las orquestas de Dresde, Filarmónica de Viena, Leipzig o de la Comunitat Valenciana, cubren tanto la temporada sinfónica como la lírica).

Esta versatilidad se manifestó con rotundidad en la dramática lectura de la obertura de 'El holandés errante', dicha con sentido operístico y calidad instrumental de primer orden, con unos metales poderosos pero nunca estridentes y una cuerda sedosa que cantó con la efusión lírica de Senta y su famosa balada, cuyo tema fue certeramente cantado y declamado por el corno inglés.

Andrés Orozco Estrada.

Andrés Orozco Estrada. / Live Music Valencia

Luego, tras las tempestades marinas y anímicas de 'El holandés', el sosiego íntimo de la escena final de 'Capriccio', la “ópera sobre la ópera” de Strauss, en la reflexión íntima sobre la música y la palabra que se plantea la Condesa. Fue cantada por la soprano Christiane Karg con candor, refinamiento y hondo sentido straussiano, pero con voz demasiado ligera, demasiado pequeña; ayuna del peso y densidad precisos para atender el empaque vocal que requiere la partitura y la generosa orquestación que vuelca el último Strauss en su mirada “más introspectiva y filosófica”, por utilizar las certeras palabras de Joaquín Guzmán en el bien editado programa de mano. Sobresaliente cum laude al Palau de la Música por la cuidada y ejemplar sobretitulación de los textos.

Como colofón, en la segunda parte, la orquesta se lució y mucho en una implacable 'Primera' de Mahler, en la que el maestro cuajado que es Orozco Estrada volcó temperamento, oficio y virtuosismo. No hubo detalle, entrada o frase que quedara ajena a su gesto meticuloso y preciso, que derrocha talento y dominio. Moldea sonidos y equilibra dinámicas y desarrollos. Desde el pulido pianísimo inicial a la suntuosidad del tempestuoso y agitado final, con la brillantísima y perfecta sección de trompas puesta en pie, la versión delataba el empaque mahleriano de una orquesta que en su día -1905- estrenó, bajo la dirección del propio Mahler, su 'Quinta sinfonía'.

Versión sobresaliente desde todos los ángulos, con la excepción quizá única del solo de contrabajo del comienzo del tercer movimiento, dicho con notabilidad, pero sin la excelencia que marcó el resto de la sinfonía. Enorme y bien labrado éxito, con la Sala Iturbi -que rozó el lleno- puesta en pie mientras aplaudía y braveaba el que, por ahora, es uno de los mejores conciertos de la temporada. ¡No era para menos!

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