Crónica
Primal Scream, como sea y donde sea
A los Primal se les va a ver como sea y donde sea. En Viveros o en un parking de la feria de muestras, al sol o a la sombra, sereno como un apóstol o ciego como una rata, tiren de rock o de electrónica, con mayor o menor volumen, con las manos en los bolsillos o agitándolas al cielo como en una misa góspel

Fernando Bustamante

No cabía por la puerta. Hinchado como un pavo, tuve que subir los cuatro pisos hasta mi keli por la escalera porque no entraba en el ascensor. Así de orgulloso llegué a mi cama después de haber visto a Primal Scream en los jardines de Viveros la tarde del sábado. Una banda legendaria responsable de haber variado el rumbo de la historia del rock con dos álbumes magistrales, revolucionarios, excelentes. Y Bobby Gillespie lo sabe. El líder del grupo escocés dio una lección de poderío artístico apoyado por unos músicos tremendos que tiraron de repertorio rocanrolero. A pleno sol, el reverendo Gillespie vertió sobre la grey que le adoraba sus bendiciones en un show con carácter de ceremonia pentecostal. De allí todos salimos mejores personas. Aunque fuera por un ratito.
A los Primal se les va a ver como sea y donde sea. En Viveros o en un parking de la feria de muestras, al sol o a la sombra, sereno como un apóstol o ciego como una rata, tiren de rock o de electrónica, con mayor o menor volumen, con las manos en los bolsillos o agitándolas al cielo como en una misa góspel. Yo el sábado quise ser la raya en el pantalón de Bobby. Tan alto, tan delgado, liderando a esa banda tan potente, tan sabia. Echándose por encima la bandera de Palestina, apoyando a su pueblo, condenando el genocidio.
El sol. Siempre el sol. El de Sorolla. El que abrasa la Alameda. El que se come hasta los estampados de las camisetas. El que enrojecía las mejillas de los hermanos Cartlidge, que no encontraban más refugio que el de sus Rickenbackers. The Molotovs lo combatieron con furia eléctrica, urgencia juvenil y la mejor tradición inglesa punkarra, vertiente mod. El chaval, Matthew, tuvo los santos huevazos de combinar un gabicci con unas bermudas y unos mocasines de antifaz en blanco y negro. En plan Paul Weller cuando el Style Council. Ella, Issey, espectacular, como siempre. Convulsiva, reactiva. Y Harry, el batería, otro fenómeno. Escupían canciones como un dragón escupe fuego. València los quiere y es recíproco. Tienen canciones y más tablas que el HMS Bounty. Música para amotinarse contra las medidas y las manías de un ayuntamiento que navega a la deriva, como un galeón pirata lleno de zombis, con velas negras y ganas de quitarse los festivales de encima. València, ciudad de la música. Qué risa.
El Deleste no molesta a nadie, al contrario: da prestigio a esta ciudad. La edición de este año comenzó con una escena épica como no se recuerda. Billy Nomates contra todos. Ella sola, una leona valiente y rebelde, ejecutando a la perfección una maravillosa sesión de karaoke. Explicaba André Agassi en su biografía “Open” que es fácil llegar a odiar el tenis poque es uno de los deportes psicológicamente más duros que existen, quizá solamente superado por el boxeo. Esa soledad infinita, esa lucha agónica contra un enemigo fijo en los ojos sin nadie con quien compartir el dolor, los errores, el fracaso. El aislamiento mental que supone meterse en un partido de horas es terrorífico y pone a prueba la psique de cualquiera. Salir a abrir un festival en esas condiciones es demostrar una valía tremenda.
La chavala se batió el cobre de maravilla, todo el escenario para ella, un porrón de metros cuadrados de soledad, con las canciones saliendo disparadas de un dispositivo electrónico. Y ella cantando con esa voz tan bonita, tan expresiva, tan divertida. Bailando sola como si no la estuviera mirando nadie, haciendo hablar cada grupo muscular de su delgadez con una soltura que valía tanto para 5.000 asistentes como para los 150 que desafiábamos al feroz sol valenciano. Pop electrónico con ecos de New Order y de Brand New Heavys, estribillos alegres, desenfadados, molones, que coronaban melodías llenas de clase británica.
Mucho menos inteligibles estuvieron los canadienses Holy Fuck. Máquinas que lloran, aparatos que gimen, teclados que rezan machacados por un montón de dedos hiperactivos que desaparecían por momentos absorbidos por una maraña de cables tan espesa como el sonido que proyectaban. Lo mostraba una cámara cenital, esa labor galimática tendiente al caos, de ritmos obviamente bailables, pero también confusos. Lo mismo me recordaban a Frankie Goes To Hollywood, que a las largas introducciones de ciertas canciones de U2, que al canto gregoriano de los monjes de Silos que llevaba tu padre en aquella cinta camino de Benidorm en el Ford Escort. Densidad conceptual de beats distorsionados para bakalas con carrera.
Apparat oficiaron entre tinieblas, humo y minimalismo escénico. Venían a ganar, enseñando desde el principio sus enormes mimbres musicales. Esos que combinan el dramatismo electrónico con la delicada sensibilidad que sacan de mandolinas, guitarras, violín, chelo, bajo y una batería todopoderosa. Música eminentemente cinematográfica para que cada uno se montara su propia película. Había gente que los esperaba fuertemente, probablemente por su aportación a la serie televisiva “Dark”. Personas que han puesto la banda sonora de sus vidas en manos de estos berlineses adictos a la tensión, los pasajes sombríos y los climas inquietantes de colores fríos y tristes. No sé, yo creo que nuestra existencia ya es bastante lamentable como para adobarla con estos condimentos. Ahora, que si toca regodearse se regodea uno y punto.
Del sábado ya les he contado. Después de Primal Scream llegó Anna Calvi. Minúscula en lo material, enorme en lo emocional. Con las tripas en la mano, guitarra, batería y teclas, renunciando al ritmo en pos de La Verdad. Así, en mayúscula. Rock sincero, grande. Con esa voz que hechiza, tan de súper clase, que engancha. Con esos agudos híper sexys. Con esa Telecaster omnipresente, de sonido clásico. Blues ejecutado con una electricidad elegante, dolorosa. Una actuación balsámica tras el incendio escocés, ayudada por el crepúsculo mediterráneo y el descenso de temperatura.
Tras la británica, Los Invaders montaron el fiestón que necesitábamos para volver a tocar tierra. Rock electrónico, vibrante, ultra rítmico, bailable, explosivo. Perfecto para encarar la noche primaveral con ganas y con garantías de éxito en cualquiera de los menesteres que el público tuviera en mente. Un desmadre la mar de vacilón en el que hacer nuevos amigos, meter la pata hasta el corvejón, pegar unos botes, abrazarse a las farolas y enchufarse la mandanguita. Recuerden que estábamos de festival y que venían curvas con Kerala Dust.
Los londinenses facturan una especie de electro blues glamuroso, seco, aterciopelado. Una música de rítmica lenta y grave, a ratos minimalista, a ratos expansiva. Sin embargo, cerraron el sábado con un show mutante, juguetón, intenso y contundente, hecho del material que les comento, pero con un plus de presión y velocidad. Una gozada descubrirlos, un placer y un capricho de esos que solamente se encuentran en el Deleste, ese pequeño gran festival que tantas alegrías brinda por su exquisita programación. Ya les digo, yo es que no cabía por la puerta.
- Un joven mata al psicólogo de su hijo de dos años en València al creer que había abusado del niño
- Un hombre mata a otro a cuchilladas en una reyerta multitudinaria en Aldaia
- El profesorado denuncia que la Conselleria de Educación pretende controlar su horario en julio tras cinco semanas de huelga
- El Palmar llora al presidente de la falla de la Sequiota, fallecido en el accidente de Moixent
- Adiós al Chernóbil de Campanar: 200 toneladas de basura y 10 años de okupación
- Dimite Amparo Orts como alcaldesa de Moncada
- El misterioso 'ser' que ha aparecido en la orilla y apesta la playa del Saler de València
- Ha sido una de las etapas más bonitas de mi vida': Vicent Grimalt dimite tras 11 años de alcalde de Dénia y repite en su discurso las palabras 'estima corazón pálpito' y 'latido